Hay algo que no reconoce frontera alguna. Está en todas las profesiones y en todas las latitudes. Está en los que comen las papas fritas con ketchup y los que las comen con mayonesa. Está ahí sin importar si vivís tu vida entera en un sólo lugar o si viajás por el mundo sin fecha de regreso. Se trata del ego.

Cada vez más personas salen a carnavalear por el planeta, a llenar de sellos el pasaporte, de países el alma. Y todo bien. Gracias a leer a muchos de ellos aprendí que era posible y no apenas una locura (como me decían tantos). Les debo y agradezco estar ahora escribiendo esto desde un rincón de Asia. Les debo y agradezco mucho. Demasiado. Pero hay un problemita en la comunidad. El ego.

Porque el ego no reconoce frontera alguna, y también está ahí, incluso en algo tan lindo como vivir viajando.

Está ahí. En la crítica a los que no viajan, en sentirse especiales, fuera del sistema, únicos, en creer que todo se trata de no ser cobardes y salir de la zona de confort, en mirar con condescendencia a quienes se alegran por cambiar el auto o encontrar un trabajo en el cual les gustaría jubilarse… Está en competir con otros viajeros a ver quién visitó más países, quién hizo más kilómetros a dedo o vivió experiencias más locales y más intensas, más cualquier cosa salvo esa fea palabrita a la que le huyen como la peste: “turística”.

Crédito: @holamondook

Lo único que genera el ego es angustia, tanto a quienes son ninguneados como a quienes se suben a un pedestal. Por eso se me ocurrieron estos cinco puntos, como cinco cartuchos de dinamita, con los que al menos debilitar a ese monstruo grande. En otros y en mí. Porque el ego no reconoce frontera alguna y también está acá, conmigo. Y no lo quiero. Así que voy a prender la primera mecha…

1.- VIAJAR NO TE HACE MEJOR PERSONA.

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Pareciera que no hace falta aclararlo pero sí. Viajar no necesariamente te vuelve más sensible o más inteligente, ni te transforma en alguien interesante.

Lo dicen. Lo insisten. Viajá que vas a crecer. Viajá que vas a abrir tu cabeza. Viajá que vas a tirarte un arcoíris en vez de un pedo.

Pero no.

Hay muchos bailando casi en pelotas creyéndose conectados con el universo entero pero no con las personas a su alrededor que viven en una cultura en la que no se muestra el cuerpo.

Hay muchísimos jugando a ser exploradores sin reparar en el impacto ambiental de sus aventuras.

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Hay demasiados dándose a sí mismos una palmada en la espalda, felicitándose por haber salido a viajar y creer que por eso viven una vida digna de ser transformada en una película de Hollywood.

Viajar no necesariamente te vuelve mejor persona.

Vi ciudadanos del mundo decir con lentitud y convicción “negros de mierda”. Vi nómadas digitales decir que quienes no viajan pueden resumir un año en unas oraciones mientras que ellos, especiales y únicos y mágicos, necesitarían una novela entera para un sólo día. Vi viajeros necesitando decir que son viajeros y no turistas.

Porque muchos tienen una necesidad de aclarar que no son turistas sino viajeros, nómadas digitales, ciudadanos del mundo. Por más que la persona con la que están hablando es un tipo cuyo único interés es venderles un tour o una señora que apenas chapucea un puñado de palabras de inglés con las que quiere saber si les gusta su país, su comida, su gente y así sonreír satisfecha cuando le dicen que sí.

A mí me pasó.

Me pasa.

Y meto dinamita para que me deje de pasar.

Quizás hablo con alguien y me cuenta que está viajando hace tres meses y por dentro inflo el pecho y pienso todo contento: “Yo, dos años.” O me comparo con viajeros que llevan girando más que yo y me angustio. Pienso que no los voy a alcanzar nunca. O que por ahí mi ruta no es tan radical, tan aventurada. Lo sé. Es una boludez enorme. Pero está ahí.

Por eso, enciendo la mecha y agarro otro cartucho de dinamita…

2.- NO TODOS PUEDEN VIAJAR.

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Sé lo que vas a decir. Hay una campesina pakistaní de 89 años, pobre, analfabeta, que es renga y le falta un ojo y así y todo recorre el mundo caminando. Bueno, rengueando. Seguro hay casos así. Pero seamos sinceros. Deben ser el 1% de los que están viajando. El resto son de clase media, con determinado nivel de educación, sostén familiar y red de amigos, sin gente que dependa de ellos, sin grandes problemas de salud física o mental, sin un color de piel, pasaporte o religión que les cierre puertas.

Un musulmán que llevaba dos años viajando dejó de mirarme a los ojos para contármelo. “La experiencia de viajar haciendo dedo es muy diferente para vos que sos blanco de lo que es para mí,” dijo. “También, es probable que a vos te vean caminando y te inviten a pasar a sus casas, te inviten a la boda de alguien, se saquen una foto juntos. A mí lamentablemente no me pasa eso. Por eso, nunca digas que viajar es esto o esto otro. Hay limitaciones que vos no ves, experiencias distintas. Hay que reconocer los privilegios que cada uno tiene.“

A un amigo malayo Sikh más bueno que Bambi, cuando pasaba por un aeropuerto europeo, le sacaron el turbante, lo llevaron a una habitación aparte y lo desnudaron para revisarlo.

Hace poco en un hostel un canadiense inflaba el pecho cuando dos turistas le preguntaron si él también estaba de vacaciones. “Yo no, yo estoy haciendo un viaje largo. Seis meses, voy por el segundo.”

“Mirá,” contestó la pareja. “Nos cruzamos con otros dos canadienses que también viajaban por un tiempo largo.”

“Es que Canadá queda lejos de acá,” dijo el tipo todavía con el pecho inflado. “No tiene sentido para nosotros venir por quince días o un mes. Entonces nos venimos por medio año, un año.”

Me encanta que haya creído que ese era el motivo.

No que era de un país rico.

Estable.

Sin familiares que dependieran de él para comer.

Un país que le permitía ahorrar.

En una moneda fuerte.

Lo suficientemente fuerte como para tomarse un avión y volar hasta el otro culo del mundo a países donde la gente cobra un 5% de lo que el cobra.

Vivir meses viajando.

Y volver y poder reinsertarse en el mercado laboral.

Mercado laboral en el que, por cierto, existen esas cosas que creemos universales pero no.

Seguridad social.

Jubilación.

Estabilidad.

La otra vez en Vietnam dos hombres se acercaron para hablar y practicar inglés. Contaron que habían estado charlando con unos viajeros europeos. Ellos les dijeron que habían trabajado un año barriendo en un hospital y eso les permitió ahorrar y salir a viajar. Los vietnamitas rieron. “Si nosotros barremos un hospital, un año, dos años, cien años, no nos alcanza. Un buen trabajo, tampoco. Queremos pero… Sería lindo pero…”

¿Yo qué iba a decirles ahí? ¿“Crean en sus sueños”? ¿“Donde ven un “no” hay un “sí” que necesita un empujón”? ¿“Sus mentes están sometidas por el aparato capitalista que los fuerza a quedarse en el molde y trabajar y consumir por el resto de sus vidas, pero yo salí del paradigma, soy libre y especial, síganme que no se van a arrepentir”?

Ego puro.

Tenemos que mirarnos a nosotros mismos y reconocer nuestros privilegios, darnos cuenta de que no todos tenemos las mismas oportunidades, las mismas libertades, las mismas responsabilidades, que no todos empezamos esta vida en el mismo casillero.

Y, todavía más importante, todavía más sencillo, si alguien dice no es no. Es siempre no. Así de sencillo.

3.- VIAJAR NO (NECESARIAMENTE) TE CURA.

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Muchos lo creen, muchos lo publicitan así. Si no sabés qué hacer con tu vida, viajá. Si estás medio bajón, viajá. Si tu gatito se murió, viajá. ¿Ir a terapia? Déjate de romper las pelotas y viajá. Viajá que se te van a ir todos los problemas. Pero dejame decirte algo. Los fantasmas tienen GPS y pueden seguirte muy fácilmente.

El ego tiene esa tendencia a considerarse a uno mismo como el centro del universo, la norma mundial, el parámetro de lo que está bien y está mal. Entonces, si a mí me hizo bien, a vos también. Y si no te pasó, si no mejoraste, bueno, lo hiciste mal, en algo te equivocaste.

Por supuesto que viajar puede ayudarte, desempantanarte, darte justo eso que necesitabas más que respirar. También pueden hacerlo otras cosas. Otras mil cosas. No es la única receta para ser feliz.

No somos muy distintos a esa gente que tanto criticamos. Quizá ellos pregonan sobre CrossFit. Nosotros, sobre viajes. Algunos incluso venden cursos para ser como ellos. No hablo de cursos sobre fotografía, escritura, edición. Sino cursos de cómo ser un viajero, vivir como un nómada digital, un clon.

Hace un año un amigo se separó, renunció al trabajo, quería un cambio en su vida. Le comí la cabeza diciéndole que salga a viajar, lo llené de links, le conté experiencias. Pero no había caso. No se animaba. Ese es el verbo que pensé cuando me di cuenta de que no lo iba a hacer. No se animaba. Como si lo que yo hice fuera la única opción para estar bien y lo único que te retiene es el miedo.

Ojo.

A mí me pasó.

Estaba mal en el trabajo.

Estaba mal con Cecilia, discutiendo seguido, con poco tiempo para encontrarnos como pareja, ella con mucho estrés, yo con mucha angustia.

Estaba mal en la vida.

Pensé que salir a viajar iba a borrar todo eso.

Era un sueño que tenía hace mil años y me parecía tan lleno de aventuras y de todo lo que quería para mi vida.

A Cecilia le pasaba igual.

Y no.

No curó nada.

Algunas angustias se fueron, sí. Pero vinieron otras. Y encima ahora me cuesta más repartir el tiempo que antes entre lo que tengo que hacer y lo que quiero hacer, trabajar, viajar, encerrarme a mirar series, sentirme culpable por estar encerrado mirando series y no viajando.

No hay una única cura.

No impongamos sobre otros lo que creemos que necesitan.

4.- VIAJAR NO ES COMO HOLLYWOOD.

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Viajar tiene sus momentos feos porque, básicamente, vivir tiene sus momentos feos. Dudas, frustraciones, enojos, aburrimiento, angustia, tristeza, nostalgia, crisis existenciales, mosquitos, cagar en lugares incómodos, cagar en lugares incómodos con mosquitos picándote, cagar en lugares incómodos con mosquitos picándote mientras además tenés una crisis existencial. Pero raramente se comparte eso desde un lugar honesto y no desde una pose de viajero intrépido y sufrido frente al cual incluso Indiana Jones se sacaría su sombrero en admiración y diría: “Sos vos el verdadero explorador”.

Viajar y visitar lugares nuevos significa también dejar lo conocido atrás. Y los amigos tienen hijos, que no podés alzar en tus brazos, hay gente que querés que vive momentos lindos y momentos de mierda y en ninguno de los casos estás ahí para darles un abrazo.

Casi no vi a viajeros hablando de eso.

Y cuando lo hacen reciben las mismas exactas respuestas.
“¿De qué te quejás si vivís de vacaciones?”.
“Vos no sabés lo que es pasarla mal acá, en la realidad”.
“¿Si te jode tanto por qué no volvés?”.

Yo también las recibí. Y lo entiendo… Porque yo también las hice.

Critiqué a estrellas de cine, de música, celebridades. Que no saben de qué se quejan, que no saben lo que es trabajar, que bla, bla, bla, básicamente es injusto que ellos estén ahí y yo acá.

Porque de eso se trata. Desde que somos chiquitos nos quieren hacer creer que algún día de nuestras vidas vamos a salir de la oscuridad y el mundo entero nos va a reconocer por lo especiales que somos, que vamos a pasar de patitos feos a cisnes, de pobres a ganar la lotería, que vamos a pasar de ser una mancha más en el cielo a una estrella. Nos lo martillan con noticias sobre el éxito de no sé quién mierda, con entregas de premios que nos deberían chupar un huevo pero los inflan y los promocionan y los vemos y nos decimos qué lindo sería estar ahí, en el escenario, con un Oscar en la mano.

¿O me vas a decir que nunca lo hiciste? ¿Nunca te imaginaste recibiendo un Oscar? ¿Nunca te imaginaste tocando en un recital multitudinario? ¿Nunca te imaginaste tener esa vida que viste en películas?

Entonces andate a la mierda si te quejás.

Porque toda la vida nos estuvieron mostrando que ahí era donde teníamos que estar.

Que ahí se esfumaban todas las angustias.

Que ahí bajo la luz de los reflectores no había oscuridad.

Que ahí al fin iba a ser feliz.

Pasa, lamentablemente, también con los viajes.

Muchos se aprovechan. Ocultan las partes más sucias de la aventura, suben apenas fotos de postal, retocan los colores, borran lo feo. Eligen mostrar sólo la sonrisa y todo es maravilloso y único y mágico y tu pecho se estruja queriendo eso para tu vida.

Es ahí donde te venden el libro, el curso, lo que sea.

Viajar no es Hollywood. Ni siquiera Hollywood es Hollywood. Son todos espejitos de colores.

5.- VIAJAR NO ES EL ÚNICO CAMINO A LA FELICIDAD.

Es simple. Hay gente que no quiere, gente a la que no le interesa, gente que preferiría hacer otra cosa. Y está perfecto.

Muchos viajeros dicen que los que no viajan se conforman, se quedan en el molde, viven en comodidad, mientras que ellos (los viajeros) son intrépidos que hacen piruetas sobre la cuerda floja de lo imprevisible.

Ego.

Muchos viajeros dicen que se distancian de sus amigos porque ellos están ahora llenos de intereses y aventuras y magia y sus amigos hablan del partido del domingo, lo caro que están las cosas o cambiar el auto.

Ego.

Muchos viajeros dicen con un ejemplo u otro, palabras más, palabras menos, que son mejores que los que no son viajeros.

Ego.

Cada uno tiene su propio horizonte, cada uno tiene su propia ruta. Y lo que cada cual elija está bien.

Ese es el último cartucho de dinamita. No somos el centro de nada, no somos la medida de nada, el norte de nada.

¿Sabés qué?

Te pido perdón. Me doy cuenta ahora de que no escribí un artículo.

Te metí en el medio de una carta. Una carta a mí yo del pasado. No cualquier momento del pasado, no. Uno muy particular.

Estuve muchos años tipeando numeritos sin sentido en una oficina y eso me degollaba cualquier alegría. Veía a mi vida pasar, la sentía escaparse de mis dedos. Y, como tantas veces, una noche fantaseé.

Esta vez no fue con ganar el Oscar ni tocar en un recital multitudinario. Fue con recorrer al mundo en un velero. No sé de dónde salió la idea pero ahí estaba. Yo no sabía navegar, ni en pedo tenía el dinero para comprar uno ni de juguete.

Googleé, vi gente que lo estaba haciendo, seguí sus blogs. Se lo conté a amigos, me dijeron que estaba loco. Pero yo quería hacerlo. No. Necesitaba hacerlo. Necesitaba hacerlo para ser feliz.

En un momento en un blog un pibe cuenta que lo contratan para cruzar el Atlántico como tripulación en un velero más grande. Y sube un video. Muestra al mar, muestra a la gente a bordo. Eran un puñado de personas, de distintas nacionalidades, distintas profesiones, que por distintas circunstancias de la vida se encontraron trabajando ahí, en un mismo barco.

Los miraba saludar a cámara y presentarse con una sonrisa ancha en sus caras rodeados por cielo y mar y mi pecho se estrujaba.

Fue ahí cuando pasó.

Sí, me dije que quería eso para mi vida. Pero fue algo más. Una frasecita enorme. La dije sin pensarla. Casi en un susurro. “Hay tantas formas de ser feliz.”

Ahí quisiera enviar este texto, esta carta. Precisamente ahí.

Porque después me olvidé, me pisotearon con el ego y me vendieron espejitos de colores una y otra y otra vez, haciéndome creer que había una sola manera, su manera. Y no es así.

Hay tantas formas de ser feliz.

Tantas que incluso algunos no buscan ser felices y eso también está bien. Por ahí algunos quieren estar conformes, tranquilos, lo que sea.

Tenemos una sola vida como para pasarla comprando espejitos de colores y siguiendo a la zanahoria que otros pusieron frente a nuestros ojos.

Necesito tu ayuda.

Necesito tu ayuda para que esa frasecita corra libre.

Necesito tu ayuda para seguir demoliendo al ego.

Porque, después de todo, el ego no reconoce frontera alguna y también está ahí, con vos. No te dejes vender mierda, no le impongas tu fórmula a otros. Y sé feliz. De la forma que se te cante.

Crédito: @holamondook