Foto: Roberto Ornelas Orozco

1. Llega temprano a todos lados.

Hay facetas de nuestra personalidad que nos pueden sorprender y no hay mejor sorpresa que descubrir que tienes la capacidad de ser puntual. Sin el tráfico y las distancias monumentales de la capital chilanga, llegar temprano comenzará a ser un evento más ordinario y menos metafísico. Es una especie de jet lag inverso que puedes prolongar todo lo posible con esfuerzo y dedicación.  

 

2. Descubre la verdadera longitud de un día.

Sabemos que el tiempo es relativo, pero la diferencia de apreciación entre un día chilango y un día en cualquier otro lado raya en lo ridículo. Mientras que la ciudad te obligaba a cargar el lunch en tópers y a enchinarte la pestaña al ritmo de la falta de amortiguadores de tu pesero de confianza, tu nueva vida te permite salir a comer, ir a tu casa a ver si ya se secó la ropa, sacar al perro, tomarte un cafecito y regresar a tus labores con toda tranquilidad.

 

3. Deja de decir “provincia”.   

La palabra siempre estará en tu cabeza, pero ya no la sueltas a la menor provocación. No te queda claro si el hecho de identificarte como provinciano te da derecho a decirle provincianos a los demás y empiezas a usar categorías genéricas que sólo tú entiendes como “el interior” o “fuera de la ciudad”.

 

4. Se sorprende por cosas que deberían ser de lo más comunes.

Que te despierte el canto de los pajaritos en lugar de la grabación de los tamales oaxaqueños es algo que no tiene precio.

5. Le cae el veinte de lo cabrón que está el tráfico chilango.

Para ti el tráfico real involucra apagar el motor del coche, ver como vendedores ambulantes se instalan entre los carriles de las avenidas y el concierto de bocinas que acompaña todo esto. Tal vez te resulte sorprendente… pero eso no es normal. Pasar varias horas de tu día tras el volante se convertirá en un recuerdo distante que querrás olvidar lo más pronto posible.  

 

6. Se la pasa viendo el cielo.

Cuando un chilango dice que el cielo está estrellado es porque puede ver más de cinco estrellas al mismo tiempo. Es lógico que cuando nos vamos a ciudades más pequeñas nos la pasemos haciendo comentarios sobre lo maravilloso que se ve el cielo… ¡Todo el tiempo! Dennos chance, ya nos acostumbraremos.  

 

7. Entiende lo que es el frío…

O lo que es el calor, para el caso. Estamos acostumbrados a quejarnos del clima sin saber lo que es sufrirla de verdad, así que cualquier cambio nos ayudará a comprender que la vida puede existir por debajo de los diez grados y por encima de los veinticinco.

 

8. Se despierta sin mocos en la nariz.

Los chilangos somos indicadores ambulantes de la cantidad de partículas suspendidas que hay en el ambiente. Un aumento en la cantidad de mocos matutinos y el ardor de ojos son señales claras de que estamos a punto de entrar a fase uno de contingencia. Una vez fuera de la gran mancha urbana, te darás cuenta de que lo que tenías no era ninguna alergia.  

 

9. Le rinde más el dinero. 

Tal vez al principio estabas renuente a rentar una casa de dos pisos en lugar de otro departamento de cincuenta metros cuadrados, pero pronto te diste cuenta de la realidad: vivir en la Ciudad de México es increíblemente caro. Y si a la renta le agregamos la diferencia de costo en servicios y lo barato de la comida en restaurantes y mercados, queda claro que, a pesar de que el camión cuesta veinte pesos, te será más fácil ahorrar para tus próximas vacaciones.   

 

10. Se desespera con los servicios.

Cuesta trabajo bajarle tantas rayitas al estrés de un momento a otro. En la Ciudad de México estamos acostumbrados a que todo sea rápido (excepto ir de un lugar a otro, claro está) y la tranquilidad con la que distintos prestadores de servicios actúan en ciudades pequeñas nos puede llegar a desesperar. Amigos chilangos: no se alebresten… ¿a dónde quieren llegar con tanta prisa?