Mi relación con la Patagonia comenzó en 2006, en un viaje por tierra desde Buenos Aires guiado por mi suegro Adalberto. Como alguien que ha explorado la región desde que era un niño en Neuquén -en una época en la que andar por la Cordillera significaba hacerlo a caballo-, Adalberto pudo darme una perspectiva única de las culturas, los pueblos, los ríos y la fauna del Sur. Este viaje iniciático me causó una fortísima impresión. Por un lado, estaba la demoledora presencia del terreno. Y por el otro, el hecho de que más allá de cuán profundo fuera ese terreno en el que te encontrabas, siempre había gente que lo habitaba. Había paisanos (la manera no despectiva de llamar a los campesinos), en sus ranchos aislados. Y estaban los refugieros (engargados de los refugios de la montaña), con sus ovejas y los cartelitos de “Queso de campo y pan casero”. Y los pobladores originarios, los Mapuche, viviendo en casas autosuficientes (algunas con energía eólica), en la profundidad de las tierras de los parques nacionales.

Lo que aprendí es que, lejos de estar vacía, la Patagonia era una tierra habitada. Y esto me inspiró, porque en los Estados Unidos asociamos “naturaleza” con parques nacionales y áreas protegidas, con lugares para visitar pero no para vivir.

Mis viajes por la región me dieron una idea de las posibilidades que teníamos si con mi familia decidíamos mudarnos a la Patagonia. Finalmente, en 2009, cuando nuestra primera hija tenía dos años, decidimos lanzarnos a la aventura y mudarnos a un pueblito de Río Negro, El Bolsón.

Las siguientes imágenes y descripciones dan cuenta de algunas de las lecciones más importantes que aprendí en la Patagonia.

1

La mayoría de nosotros nunca ha visto agua de la manera en que ha sido creada/debe ser

Como alguien que practica kayak desde hace muchos años, simplemente no podía dejar de maravillarme ante el agua de la Patagonia. El agua del Río Azul, “nuestro” río en El Bolsón, es potable. Cuando tienes sed, simplemente llenas tu botella de agua y la tomas. Y esta es la realidad en muchas partes de la Patagonia. El color del agua, su claridad y su pureza me deslumbraron y me entristecieron al mismo tiempo, ya que no pude dejar de pensar en el gran impacto que han sufrido y siguen sufriendo la mayoría de las fuentes de agua del mundo. De hecho, en la actualidad, hay proyectos de construcción de centrales hidroeléctricas en la Patagonia que amenazan con destruir preciosos ecosistemas. Foto: Vera and Jean-Christophe

2

Los gauchos pueden sobrevivir aún si todo lo demás desaparece.

A pesar de que se ha modernizado su manera de vivir y trabajar, como ha pasado con todos los “gauchos” del mundo -como los cowboys en los Estados Unidos-, los gauchos de la Patagonia han mantenido muchas costumbres de la vida tradicional. Foto: Vince Alongi

3

Patagonia está realmente lejos.

La mayoría de la gente no se da cuenta de cuán al Sur está la Patagonia. En Argentina se la llama simplemente “El Sur” y su ubicación tan austral es el hábitat perfecto los pingüinos de Magallanes, lobos y elefantes marinos y otros mamíferos y pájaros que protagonizan migraciones épicas todos los años. Foto: Luis Alejandro Bernal Romero

4

La mayoría de los refugios en los Estados Unidos podrían aprender una lección de los patagónicos.

Este es el refugio del Cerro Piltriquitrón, en El Bolsón. Como casi todos los refugios de la Patagonia, el pueblo más cercano tal vez se encuentre a un día entero de viaje a caballo y, sin embargo, hay gente que los habita todo el año. Los “refugieros” atienden a los visitantes, en lo que es un híbrido buenísimo entre la hospitalidad argentina con las casas de huéspedes de los Alpes y una pizca de cocina europea. De alguna manera, esto se ha perdido en los Estados Unidos. Encontrarte con platos hechos con cordero fresco, trucha, carne y verduras locales, cerveza artesanal y pizza casera después de haber pasado todo el día caminando en la montaña, es como entrar al Paraíso. Foto: Natalie

5

Algunas rutas redefinen tu idea de “vacío”.

Aunque la Ruta 40, que va por las provincias de Chubut y Santa Cruz, sea la más icónica, hay docenas de caminos (generalmente de ripio), que tienen el mismo efecto: te sientes pequeñito ante tamaños paisajes. En nuestro primer viaje por la Patagonia Atlántica, manejé por una ruta costera durante horas sin cruzarme con nada más que guanacos y liebres. Foto: Gisella Giardino

6

Jugar en la nieve puede ser épico.

Si bien las montañas de la Patagonia no son muy altas y el clima es más cálido que en otras partes del mundo (lo que se traduce en nieve más livianita y menos granulada), es el lugar donde más he disfrutado de hacer snowboard. Todo “está por hacerse”. Foto: Alex Grechman

7

“Todavía por hacer”

Hay una expresión en castellano, que algo está “todavía por hacerse”. Y así está la Patagonia, un paisaje nuevo y con muy poca población, a diferencia de la mayoría de los Estados Unidos y Europa. Lo que significa que hay muchos lugares que explorar y aventuras por hacer por primera vez. Es emocionante. Foto: Ed Butta

8

Puedes observar pájaros volar desde un horizonte a otro sin que batan sus alas.

En la Patagonia vive el Cóndor de los Andes. No sólo su tamaño es espectacular (los cóndores de la Patagonia están entre las aves de mayor envergadura, llegando a medir 3 metros desde la punta de un ala a la otra), sino la manera en que planea por largo tiempo sin batir sus alas, en las columnas termales producidas por las empinadas crestas de las montañas patagónicas. Una vez estaba haciendo snowboard en La Hoya, en Esquel, cuando vi un cóndor solitario que flotaba a unos 30 metros sobre la pista, planeando en forma paralela a las aerosillas, subiendo casi sin moverse sobre los esquiadores ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Qué razón tenía para estar sobre una pista de esquí? ¿Acaso habría algo de comida? Parecía como si estuviera educándonos, mostrándonos cómo es un “flow” de verdad. Mucha gente notó a este cóndor, lo miraban parados sobre la pista. Fue un momento extraño, de una serenidad casi indescriptible, pero a la vez perfectamente posible en la Patagonia. Foto: Guido da Rozze