Mérida, “nacida a los pies de la cordillera andina venezolana” Foto por Espasa.

Carolina Lozada describe Mérida, donde “el tiempo es apacible,” y “quien ande apurado deberá buscar otros rincones.”

UNA CIUDAD ES más que sus kilómetros cuadrados, aun más que el número de habitantes que contenga.

Una ciudad también es sus mitos; sus crímenes; la constatación de aciertos y desatinos; el cúmulo de intimidades; sus lánguidas rutinas; los desgastados epitafios sembrados en los inevitables cementerios.

Una ciudad es, además, el tiempo que la transcurre, que la hace vieja, un niño que la transita y que ella luego devuelve con bastón y joroba.

La que habito es una ciudad pequeña, a veces brumosa, nacida a los pies de la cordillera andina venezolana: se llama Mérida, y al igual que el resto de las urbes también tiene sus fantasmas, algunos gastados frontispicios, héroes y villanos, séptimos y octavos pisos.

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Pero lo mejor de ella son las montañas que la cercan, como muros verdes y sin lamentos que la anclan a un ritmo sosegado. En Mérida el tiempo es apacible, quien ande apurado deberá buscar otros rincones. Quienes la habitamos sabemos que los horizontes siempre están cuesta arriba, detrás de esas moles monstruosas que se imponen con su aferrada omnipresencia de degradaciones verdes, terracotas y grises.

A todos los habitantes nos corresponde un pedazo de paisaje, no importa el punto cardinal en el que nos ubiquemos, en generosidad la naturaleza no escatima. A mí me toca parte del Toro, una de las cumbres que, junto al Bolívar, Humboldt, Bonpland, el Espejo y el León, forma parte de la cadena natural que encierra la ciudad. Al Toro lo veo desde el edificio donde vivo, él está acostado, caído, a veces bañado en nieve, como si se tratara de sangre inmortal, milenaria. El Toro rendido en un duelo mítico y titánico. Así es esta ciudad, fundada un tanto en la leyenda, muy dada a reinventar su realidad, a nombrarla de otra manera. En las cumbres, las águilas esparcieron un poco de nieve—cuentan—sin importarles que estuviéramos en pleno trópico. Creerlo no cuesta, la naturaleza nos lo hace fácil, uno puede aceptar los encantamientos.

Más allá de las creencias y encantamientos, Mérida es un quedarse quieto a esperar que escampe la acostumbrada lluvia de la tarde, y ver cómo poco a poco la neblina va vistiendo las montañas a razón de las 6 o un piquito más. Las montañas envueltas en niebla, todas ellas haciéndose oscuridad y misterio. Mérida es un arrimarse a la mesa de la cocina con una taza de cidrón, mientras las viejas preparan las arepas de trigo y el olor se les escapa por las ventanas.

Mérida es católica, rezandera, a veces demasiado; tiene tantas iglesias regadas en sus calles que el demonio debe sortearlas para poder ser un ciudadano más de este lugar.

Mérida son las calles empinadas, recorridas todos los días por los jóvenes rostros de una ciudad universitaria negada a envejecer. Mérida son las casas de tejas y largos pasillos protegidos por el Sagrado Corazón de Jesús, puesto en los dinteles, heredado de abuela en abuela. Mérida es católica, rezandera, a veces demasiado; tiene tantas iglesias regadas en sus calles que el demonio debe sortearlas para poder ser un ciudadano más de este lugar. Sin embargo, a pesar de su arraigo conservador y católico, esta pequeña población también es alucinógena. Ella nos ha acostumbrando a que la clásica fórmula de sexo, drogas y rock and roll haga sincretismo con las fiestas sagradas, en una particular comunión de tradición y ruptura.

A veces salgo de la ciudad, y cuando la reencuentro—después de recorrer elevadas y sinuosas carreteras y algunos páramos escarpados—, me recibe con su tiempo intacto, con el viento frío que me sacude el cuerpo buscando alejar el aire de otros lugares por los que podría abandonarla.

Las ciudades se valen de sus propios sortilegios para retener a sus habitantes; Mérida hace de la naturaleza su mejor pócima. He ahí su brujería.