1. A recibir el afecto y la atención de desconocidos

Una de las particularidades de la gente del norte es que somos muy reservados cuando no conocemos a alguien. No es que nos caigan mal los desconocidos, pero preferimos conducirnos con cautela. En contraste, la mayoría de las personas de la Ciudad de México me han tratado de lujo sin conocerme: en la calle, en fiestas, en el trabajo… Al principio puede resultar un poco raro, pero es bonito que el viene viene me abra la puerta del coche o que la señora del tianguis me regale una jícara en la compra de mis verduras. Por mi parte, solo me resta aprender a retribuir esa atención.

 

2. A modular mi tono de voz y a neutralizar mi vocabulario

Los norteños hablamos y hablamos fuerte. Pero no, no estoy enojada, sólo elevo mi tono de voz cuando la conversación se pone interesante; además, tengo un acento bastante peculiar. En conjunto, todo esto me hace sonar como el texano rico de los Simpson.

Viviendo en la ciudad aprendí a regular mi volumen y entonación. Sé que con mis amigos chilangos cercanos no hay problema, pero los que no me conocen podrían sacarse de onda un poco. Y entre tanto ir y venir de norte a centro, he preferido adoptar un lenguaje un poco más neutral, haciendo un balance entre los modismos utilizados en ambas regiones. No me gusta que me vean raro cuando pido una soda en la taquería, o unos winis en el súper.

3. A conocer nuevos festejos y tradiciones

No, no somos tan gringos como todos piensan, pero nuestras fiestas si son una mezcolanza cultural. Podemos armar un fiestón con cheves, carne asada y norteño solo porque es miércoles y, como chica transfronteriza, me ha tocado festejar Halloween, Acción de Gracias y hasta el día de la independencia estadounidense. Alejarme de la frontera también ha implicado rodearme de todas esas tradiciones típicas de México. Aún me parece curioso que el día de la independencia de México se festeje como si fuera año nuevo, que en vísperas navideñas pidan posada y que mezan al Niño Dios en Navidad.

4. No todos los chilangos son ventajosos

Este es uno de los prejuicios más establecidos sobre los chilangos en el norte del país y es algo que no me canso de desmentir con mis paisanos de Baja California. En la capital he tenido la fortuna de encontrarme con personas que se han portado de manera increíble conmigo y estoy más que contenta con la red de amigos que he formado durante mis cuatro años viviendo aquí. Por eso, amigos y familia del norte: gracias por enseñarme a ser aguerrida, franca y ocurrente; amigos chilangos: gracias por enseñarme a comportarme en sociedad, a ser más práctica, más relajada durante las convivencias sociales y a pensar dos veces las cosas antes de decir una barbaridad.

5. A flexibilizar mi percepción del tiempo

He adquirido la maravillosa capacidad de adaptarme a esquemas temporales muy distintos. En la Ciudad de México estoy preparada para aguantar dos horas en el tráfico sin chistar, mientras que en Ensenada o Tijuana, treinta minutos de traslado de un punto a otro me parecen una barbaridad. Sólo hay que recordar cambiarse el chip entre un lugar y otro para no andar llegando tarde —o muy temprano— a todos lados.

6. A ser mucho más tolerante

En el noroeste del país estamos acostumbrados a que las cosas sean de cierta manera y con pocas variaciones. Uno siempre sabe qué esperar. Por otro lado, la Ciudad de México es diversa, caótica y llena de sorpresas. Un simple viaje en el transporte público puede ser toda una odisea, por lo que es necesario ejercitar la tolerancia y la paciencia a fin de poder convivir en espacios públicos en santa paz. Vivir aquí me ha enseñado a ser un poco más receptiva con lo que venga.

7. A alburear

La mayoría de los norteños decimos todo sin rodeos, así que los albures no son tan comunes en nuestro hablar. Aprender a alburear es algo que no me ha costado tanto trabajo. Yo creo que lo traigo en la sangre y además me he rodeado de buenos maestros, pero aún soy una novata ávida de aprendizaje, así que se aceptan sugerencias.

8. A ser más respetuosa con la privacidad del prójimo

A pesar de la cautela inicial de los norteños, cuando incrementa el trato también incrementa la confianza. Es común que tus conocidos te aconsejen y opinen sobre cualquier situación de tu vida sin que lo pidas; también estaremos al tanto de tus logros y tus infortunios. No te preocupes, en pueblo chico nunca estarás sólo. Vivir aquí me ha enseñado a contener mis ganas de dar consejos como madre sobreprotectora… excepto con mis amigos cercanos, ellos saben qué esperar de mí.

9. A darle cabida al bello ritual de la sobremesa

Porque los norteños comemos y nos vamos, después habrá tiempo para platicar; acá es necesario reservar espacio para la convivencia post desayuno, comida y cena, para poder platicar, tomar un café, comer postre y lo que sea que se presente. Esto se puede prolongar hasta horas, así que he tenido que aprender a tomarme las cosas de manera más relajada y disfrutar el tiempo dedicado a los amigos durante estos peculiares momentos.

10. A abrazar mis raíces

La mayoría de mis amigos chilangos encuentran interesantes mis costumbres bajacalifornianas y algunas veces las aprovechan para echarme carrilla (pero no me importa, porque es equitativo). Ver mis costumbres desde ha hecho que me sienta orgullosa de la música norteña, de la variedad de platillos elaborados con mariscos, de las carnes asadas, los tacos gigantes y, por supuesto, de mi acento. Me he auto atribuido el título de una de las embajadoras de Baja California en Ciudad de México.