Foto: T.J. Lentz

1. Te desconcierta que cualquier desconocido te llama amigo.

Y no puedes evitar contestar con una mirada de confusión preguntándote a ti mismo “¿Amigo de quién chingados? ¿Y estos igualados?” Dos meses después, vas a tu tierra de visita y en los tacos te sorprendes a ti mismo pidiendo tres de asada “con todo, amigo”. Y el taquero te voltea a ver con cara de qué te fumaste. Se llama karma.

 

2. Sientes que la gente te trata con pincitas.

Los tapatíos son gente amable y atenta; pero hay algo que no te termina de cuadrar con respecto a su trato. No sabes si son demasiados por favores o más que muchas gracias. La realidad es que después de un par de años te acostumbras y hasta te gusta que te hablen con dulzura.

 

3. Descubres que hay más tipos de cerveza.

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Para el calor de tu tierra la cerveza debe ser clara, ligera, refrescante, así te ha gustado toda la vida y no has sentido que necesitas más. Hasta que pruebas una Stout espumosa, una Pale Ale, o alguna de las muchas variedades de importación que llegan a la Perla Tapatía. Te dejas maravillar por el mundo nuevo de posibilidades que se abre frente a tus ojos cada que vas a alguna cervecería especializada en Chapu o Provi.

 

4. Cuando quisiste pagar el parquímetro, te confundieron con indigente.

Porque si le preguntas a alguien si trae FERIA, se imaginan muchas cosas excepto que estás tratando de cambiar un billete por monedas.

 

5. La peor desilusión: cuando tras una noche de fiesta te paraste en la madrugada a calmar el hambre con un buen “dogo”.

Hay tacos muy buenos en Guadalajara y variedad de antojitos ni se diga, pero los hot dogs… para el paladar norteño acostumbrado a la explosión barroca de sabores sobre un pan esponjoso y de panadería,  una salchicha insípida con tres pedazos de tomate en un triste pan industrial no se puede llamar hot dog, ni mucho menos merece que te pares a las cuatro de la mañana en plena calle para comprar uno de esos.

 

6. Pierdes tus superpoderes de adaptación al clima desértico.

Cuando vivías en tu ciudad norteña, el calor en verano podía llegar casi a los 50ºC y tú dominabas la estrategia para mantenerte fresco como lechuga durante toda la jornada. Baño riguroso antes de salir, una buena dosis de perfume y vámonos recio. En el peor de los casos no hay calor que un bote de cerveza bien helado no pueda derrotar… Hasta que experimentaste el delicioso y paradisíaco clima de Guadalajara. Y te bastaron dos meses disfrutando sus templadas temperaturas para olvidarte de lo que era sobrevivir en el desierto. Ahora evitas visitar tu tierra en verano, y si lo haces, te resignas a sudar como nunca lo hiciste cuando eras local y a bañarte tres veces en un día.

 

7. Te abruma caminar por el hermoso centro de Guadalajara en hora pico.

Porque el repegón y el contacto piel con piel con desconocidos que intentan cruzar una calle es algo que no vas a experimentar ni en Hermosillo, ni en Culiacán, ni en ninguna ciudad del norte de México.

 

8. Vives tu primera experiencia cercana a la muerte por ahogamiento durante la temporada de lluvias.

El que a partir de junio el calor tapatío se extinga y de paso a un clima fresco, húmedo y agradable, tiene una razón y una consecuencia: las lluvias torrenciales de Guadalajara. Y si consideramos que la infraestructura no es la mejor y las tuberías están regularmente atascadas con basura, el mejor consejo que te puedo dar es que evites a TODA COSTA, la zona de Plaza del Sol, Naciones Unidas y Lázaro Cárdenas en temporada de lluvias. Un momento disfrutas del sol brillando sobre ti, pero al siguiente tienes un ciclón cayendo sobre tu cabeza y convirtiendo nuestra amada Perla Tapatía en una enorme alberca pública donde se rifan coches inundados que acaban en pérdida total y hasta el eventual ahogado. No, no estoy exagerando.  

 

9. Te crees lo que te dicen.

Cuando alguien acepta una invitación a alguna pachanga, cuando quedas con alguien de hacer tal o cual plan, la sonrisa ligera y complaciente no te dice nada… ¡hasta que te quedan mal! Por lo general, a los tapatíos no se les da muy bien hablar al chile, y eso puede que te genere conflicto al principio, pero después de un tiempo aprenderás a leer sus expresiones y a saber cuando lo que dicen lo dicen de verdad o por evitar ser confrontativos. Por supuesto que hay sus excepciones, y yo me casé con una. El tapatío más norteño y francote que me hubiera podido encontrar.

 

10. Te fías del tequila.

Recién llegado y en la primera fiesta, ves como tus amigos tapatíos se toman el tequila como si fuera cerveza, y bueno, si ellos pueden, ¿por qué tú no? Como resultado, un par de horas después acabas echando las tripas en el piso de la fiesta, con un tremendo blackout que te evitará la vergüenza de acordarte de todas las pendejadas que dijiste o hiciste esa noche… y una cruda que recordarás toda tu vida.