Photo: Sigfrid Lundberg

1. Te vamos a contar todo sobre nuestra vida.

Es un hecho que muchas veces vas a sentirte atrapado en tu trabajo, es un espacio tan reducido que no hay donde esconderse. Vas a tener que escuchar la historia de vida completa de cada cliente, desde su nacimiento hasta la actualidad. Y por supuesto vas a tener que responder con los comentarios apropiados.

Cuando un tipo de 47 años te pide que leas (todos) los mensajes de texto de su ex y descifres lo que ella quiso decir realmente en cada uno, no vas a tener más opción que complacerlo. Y como se trata de un cliente regular y has visto cómo su relación de pareja se fue deteriorando en los últimos seis meses, vas a poder interpretar los mensajes de su ex con bastante exactitud.

Cuando se te acerca un hipster, cerveza PBR en mano, y te cuenta agrandado que el amigo de su amigo vio a los Neutral Milk Hotel en los 90, vas a tener que mostrarte muy impresionado. Y no va resultarte nada fácil.

Las amas de casa van a desfilar en sus noches “de amigas”, pidiendo martinis y buscando alguien con quien dar rienda suelta a sus confesiones. Las citas concretadas en línea van a sentarse tímidamente en un rincón, un ojo puesto en la puerta, esperando la llegada de esa persona a la que solo conocen de Internetlandia.

Vas a conocer a una gran variedad de personajes y vas a escuchar una y otra vez el mismo millón de historias. Y como no hay donde esconderse, vas a tener que actuar un personaje también.

2. Los clientes queremos conocerte mejor.

De vez en cuando un cliente nuevo va preguntarte de dónde eres. Los vas a impresionar respondiendo “soy de un pueblito de Maine que está sobre el Río Penobsco, a dos horas de acá”.

Y de pronto el tipo te mira, inclinando la cabeza a un costado mientra deja caer los hombros, y pasas a ser -en su imaginación- una frágil niña campesina que creció ordeñando cabras.

Y a ti te parece que es una señal inequívoca de que vas a recibir una buena propina. Pero no, sólo el 15 por ciento de rigor esta vez.

3. Todos queremos recibir un trato especial.

Todos pensamos que somos la excepción a la regla. “Son nada más que las seis y cuarto, ¿no podríamos usar los precios del happy hour?”. No. “El tercer trago lo paga la casa, ¿no?”. No. “Dale, me olvidé mi identificación el bar, ¿no podrías servirme un trago?”. No, no y no.

Es un negocio. Y punto.

4. Nunca queremos parecer turistas.

Te garantizo que al menos una vez en cada turno de trabajo, vas a encontrarte con un turista que se recuesta en el bar y te pregunta entre el secreto y la complicidad “¿Cuál es lugar favorito de los lugareños?

Te van a dar ganas de decirle: “¿mi lugar favorito? Mi cama a las dos de la mañana, después de comerme una fuente entera de nachos”.

Pero en cambio vas a pasarle info sobre los mejores lugares de tu ciudad. Esos mismos que le recomendaste anoche a esa parejita que venía de Ohio.

Pero por una vez podrías sugerirles a los turistas visitar ese bolichón en la calle Commercial, donde tu tío Steve ha estado sentado tomando cerveza desde 1981, y hay karaoke todas las noches y el lugar entero está iluminado por una sola bombita.

5. Le tenemos miedo a lo nuevo.

“¿Cómo es el pescado frito con chips?”. Es pescado frito, gente. Con papas fritas. La verdad, no creo que sea malo. Pero en nuestro menú tenemos costillas asadas con salsa de kimchi y pacanas ¿y aún así quieres el abadejo frito?

6. Todos estamos buscando un escape.

Esto no va a ser evidente por lo que te cuenten tus clientes, sino por la cantidad de tragos que consuman. “Voy a tomar un solo”, te dice el techista que acaba de terminar su día de trabajo, “mañana tengo otro día pesado”.

Siete cervezas más tarde, todavía está en el bar, que cerró hace una hora, y ya te describió a todas las chicas con las que salió en la secundaria.

7. Queremos que nos sirvan.

Son esos pequeños detalles, el golpeteo en el vaso, los ojos sorprendidos cuando les decís que no hay vino moscatel. Al fin y al cabo, vamos a los restaurantes para que nos sirvan.

El sábado a la noche,visitamos nuestro paraíso personal, donde un hada nos da cubiertos limpios después de cada bocado, todo el mundo se ríe de nuestros chistes, ese bourbon sobre el que leímos en Internet fluye libremente y logramos impresionar a todo el bar cuando lo pedimos.

8. A veces sólo queremos echar un vistazo.

No siempre queremos socializar. A veces todo lo que queremos hacer es sentarnos en la punta de la barra, jugar a algo y tomar una copa de Pinot Grigio en soledad. No es mucho pedir, la verdad.

De hecho, como bartender, vas a darles la bienvenida a estos personajes. Esos que hasta se ruborizan cuando te piden qué es lo quieren tomar. Porque a veces, hasta preguntar duele. Tu trabajo es ser supersocial y esos raros momentos en los que no tienes que entretener a alguien son un respiro muy apreciado.

9. No somos matemáticos.

“Pobrecita, te estás rompiendo el culo por esta gente”, te dice una mujer detrás de su Coors Light. “Bueno, al fin alguien reconoce que trabajo muy duro”. Lo que vas a descubrir después es que ese comentario era en realidad tu propina. Una propina verbal. Justo lo que te hace falta.

Cuando estás mezclando cuatro tragos al mismo tiempo, a apenas unos centímetros de esta mujer, escuchas como le muestra su cuenta de 70 dólares al marido y le pide un consejo matemático para calcular la propina. “Ocho cincuenta”, le responde él. Vas a necesitar toda tu fuerza de voluntad para no preguntarles, cocteleras en mano “A ver, ¿cómo es que llegaste a esa cifra?”

Vas a tener que acostumbrarte, porque te va a pasar seguido. Y esta gente puede convertirse en parte de la clientela habitual del bar.

10. Somos gente amigable.

Vamos a sentarnos a un bar porque queremos relajarnos, rodearnos de caras familiares y escaparnos de la rutina. Se siente bien que alguien te sirva “lo de siempre” y que te saluden por tu nombre. Como bartender, vas a aprender la importancia de estos detalles y va a hacerte feliz hacer sentir cómodos a tus clientes.

Habrá veces en las que vas a querer romper una botella contra el mostrador y amenazar a alguien, pero la mayoría del tiempo tu trabajo va a ser relajado. La gente sigue yendo al bar porque sos divertido, los haces reir y disfrutan sinceramente de tu compañía. La gente es buena y te van a tratar bien la mayoría del tiempo.

Y cuando te toque estar del otro lado de la barra, vas a saber cómo tratar bien a tu bartender.