Foto: Michael Gil

1. Pasar horas atascados en las carreteras.

Mira que lo sabemos, pero año tras año pasa lo mismo: las principales carreteras españolas se atascan en la llamada “operación salida”. Coches y más coches forman la primera procesión de Semana Santa cuando todos nos empeñamos en salir de viaje el mismo día a la misma hora con destino a la casa del pueblo o algún hotelito en la costa.

2. Quejarnos del tiempo.

No falla, es raro el año que en España no llueve en Semana Santa. Y los meteorólogos avisan con tiempo, pero como la esperanza es lo último que se pierde nosotros seguimos yéndonos de viaje y dando por hecho que hará bueno. Cualquiera diría que lo hacemos solo para luego protestar por la mala suerte que hemos tenido con el tiempo…

3. Ver películas religiosas antiguas.

Parece imposible no hacerlo cuando en todos los canales de la televisión emiten películas como Los Diez Mandamientos, Ben Hur o Quo Vadis. Nos las sabemos de memoria, pero es que son perfectas para dar una cabezada después de comer.

4. Comer torrijas.

Pan, leche, azúcar y canela. ¡Las torrijas nos hacen casi más ilusión que las vacaciones! Nuestras madres, abuelas o tías siempre tendrán en casa una bandeja llena de ellas esperando la visita de la familia. Y si no las hacen, pues nos vamos a una pastelería a por ellas, porque tenemos que comerlas sí o sí.

5. No comer carne los viernes.

El precepto dice que durante la cuaresma no hay que consumir carnes rojas ningún día, pero como país carnívoro que somos hemos adaptado la costumbre a nuestros gustos y nos sentimos igualmente devotos manteniéndonos lejos de ella solo un día a la semana: el viernes. El pescado y los potajes son los reyes de la mesa ese día, que tampoco está mal.

6. Irnos de procesiones (o huir de ellas).

Olvidada la procesión de la carretera, muchos pasarán los días de Semana Santa en alguna ciudad cuyas calles se llenen de gente (cuanta más, mejor, porque más importante será lo que allí pase), de encapuchados y de imágenes religiosas. Entre los asistentes hay devotos y curiosos atraídos por el espectáculo, y después están los que dan la vuelta y huyen si se topan con una por casualidad.

7. (No) ayunar.

No se trata de pasar hambre, sino de dejar de comer aquello que nos gusta o hacer determinados sacrificios. Pero para qué engañarnos, hay un dicho que dice “el ayuno termina en el desayuno” al que no le falta razón…

8. Cantar saetas (en el sur).

Algo muy andaluz que da una nota distintiva a las procesiones andaluzas es ese momento en que una imagen de Jesucristo o la Virgen pasa bajo un balcón y un devoto se arranca a cantar una de esas sentidas canciones que todo el mundo escucha con atención para acabar aplaudiendo al cantante y lanzando flores a la Virgen acompañadas del grito de “guapa, guapa”. ¡Sale en el telediario seguro!

9. Salir de vinos.

Fiesta, amigos, vacaciones… cóctel perfecto para olvidarse de ayunos obligados y salir de vinos por las calles de cualquier localidad. No hay mejor forma de esperar a la siguiente procesión que picando algo con una copa en la mano. ¿Será por eso que en todas las ciudades hay una procesión de los borrachos?

10. Volver a la oficina quemados.

Y no quemados por regresar al trabajo -que también -, sino quemados porque con el ansia de demostrar que hemos estado en la playa y nos ha hecho buen tiempo nos tumbamos en bañador al primer rayo de sol sin ponernos protector solar.

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