Crédito: Andres Galeano

 

1. Aprendí a sustituir los buenos días, tardes y noches por un simple hola.

A los mexicanos nos enseñan a saludar siempre a las personas que se encuentran a nuestro alrededor basando nuestro saludo en las horas del día. Por la mañana damos los buenos días, después de las doce las buenas tardes y ya que cae el sol comenzamos con las buenas noches. Es una buena forma de hacer plática casual y de fijar nuestra rutina diaria… pero en Chile sólo se dice “hola”, sin importar la hora y sin importar a quién va dirigido el saludo. Sólo hola y ya.

 

2. Aprendí que hay vida después de los tacos.

Adiós tacos, ¡hola completos! Al principio fue difícil acostumbrarme, pero con el tiempo me di cuenta de que los hot dogs son un perfecto sustituto de los tacos después del carrete… digo, de la fiesta.

 

3. Me olvidé de que todos hablamos español y comencé a hablar en chileno.

Me acostumbré a decirle ají al chile, palta al aguacate, frutilla a la fresa, zapallo a la calabaza, choclo al elote, porotos a los frijoles y pepas a las semillas… pero decirle fajitas a los tacos, ¡No, eso nunca! Aunque confieso que dos o tres veces me eché unos tacos con mucho choclo y mayo.

 

4. Reemplacé las tortillas por las marraquetas.

Para adquirir tortillas de maíz en Chile hay de dos sopas: o las compras de contrabando o te conformas con las de harina que son carísimas. Así fue como decidí explorar las variedades de pan que ofrece este país y en mi búsqueda me topé con el bolillo chileno: ¡las marraquetas! Buenas, bonitas, baratas y las puedes acompañar con todo lo que se te ocurra.

 

5. Entendí que hay cosas que te delatan como mexicano en todo el mundo.

Antes de salir de mi país tenía la creencia que responder “mande” cuando no escuchas adecuadamente lo que alguien dice, era algo común a todos los países de habla hispana. Sin embargo, al llegar a Chile me di cuenta de la verdad: México es el único lugar que lo utiliza y al utilizarlo…¡todos te identifican como mexicano! Si quiero que los chilenos me entiendan, tengo que olvidarme de mis buenas costumbres y contestar con un simple “¿qué?” 

 

6. Me olvide del “¿bueno?” para contestar el teléfono.

Ahora contesto con el más universal -y mucho más comprensible- “aló”.

 

7. ¿Un tequilita? No, gracias… ¡mejor un vinito!

Mientras en México tomar vino es considerado algo muy chic, estando en el extranjero uno quiere hacer las veces de José Alfredo y resaltar sus raíces tomando unos tragos de tequila. Pero ¡oh sorpresa!, el vino en Chile es de tan bajo costo y de tan buena calidad que resulta más cómodo tomarse unas copitas de destilado de uva a unas de destilado de agave de dudosa procedencia.

 

8. Aprendí a vivir con menos limón… pero con harta mayonesa.

El limón es fundamental para enfatizar los sabores de la diversidad culinaria en México: limón a los tacos, limón a las papitas, limón a la fruta, limón a esto, a lo otro y a aquello. Es fácil acostumbrarse a la eterna presencia del limón en la mesa, pero en Chile las cosas cambian. El cítrico se ausenta y en su lugar llega un aliado inesperado: la mayonesa. Es algo así como el “aderezo nacional” y se lo ponen ¡A TODO! Si no quieres pagar cantidades descomunales por unos cuantos limones, empezarás a cultivar tu relación con la mayonesa.  

 

9. Olvidé lo que significa la tiendita de la esquina.

La tiendita o el Oxxo nunca nos fallan ante cualquier antojo. Muchos están abiertos las veinticuatro horas y hay por lo menos uno en las cuadras que rodean cualquier domicilio mexicano. En Chile, las tienditas son sustituidas por las botillerías… a las cuales acudí un par de veces para preparar la previa; sin embargo, estos locales son escasos y los supermercados cierran sus puertas desde las ocho de la noche. Así aprendes que el antojo es más fuerte cuando no hay forma de saciarlo, ¡ni modo!

 

10. Dejé de usar el transporte público de forma anárquica.

En México, cualquier esquina u hora funciona para abordar el transporte público. En Chile, las rutas, horarios y paraderos del transporte público están muy bien organizados. No puedes bajarte ni abordar en cualquier lado ni en cualquier horario, mucho menos pagar en efectivo… para eso existen las tarjetas BIP.