Crédito: Eneas de Troya

1. El microbús sobreproducido.

Todo chilango puede contar sus experiencias con respecto a los artilugios que ensalzan a las unidades de transporte público que circulan por la ciudad. La personalización va desde tubos de neón rosa, hasta stickers en inglés que no tienen el menor sentido, pero que se portan con orgullo. Personalmente, la unidad más extravagante con que me he topado, es un micro de la ruta que va de Metro Zapata a Copilco. Este micro cuenta con la mayor colección de peluches, stickers y parafernalia de Taz (el demonio de Tazmania de los Looney Tunes) que haya visto jamás. El chofer de esta misma unidad lleva a su iguana mascota en el hombro mientras conduce.

 

2. La sección de hierbas del Mercado de Sonora.

Es bien sabido que los mexicanos le entramos con enjundia al trato con fuerzas sobrenaturales. Puestos de hierbas y veladoras mágicas en los mercados y las limpias de banqueta alrededor de la Catedral son testigos de esta afición, pero si de verdad quieren medir el calibre que juega la superstición en la sociedad mexicana, dense una vuelta por el Mercado de Sonora, donde se hacen amarres, limpias, sanaciones y hasta se consigue el famosísimo pez diablo.

 

3. Los leones de restaurante. 

Pasen a ver al león”, frase emblemática que en la Ciudad de México se extiende por encima de las connotaciones más predecibles. Y es que no pasa un año sin que las autoridades rescaten un león vivo (sí, un genuino Panthera leo) de algún restaurante o alguna casa de la ciudad. ¿De dónde sacan tanto león? No lo sé, pero las historias de leones urbanos, especialmente en restaurantes, no escasean por estos lares.

 

4. El culto a la Santa Muerte.

Por varios rincones de la ciudad se encuentran esparcidos altares multicolores con la famosa figura de la muerte, con guadaña y todo. El culto a este personaje no está avalado por ninguna iglesia; sin embargo, sus seguidores son los más devotos y confían plenamente en la protección que les brinda este tétrico personaje. Los altares más importantes están en los barrios más bravos de la Ciudad de México.

 

5. El andador Alhóndiga y otros tianguis de especialidad.

Tenemos una buena dosis de tianguis extraños en la ciudad, pero pocos generan un espacio tan singular como el que se encuentra en la calle de Alhóndiga, en pleno barrio de la Merced. Un mercado dedicado totalmente a la venta de artículos de belleza que también funciona como una estética callejera gigante. Ver gente tatuándose las cejas o peinándose para la fiesta en plena vía pública, y en esas cantidades, es algo digno de ser admirado.

 

6. La llamada constante de los tamales y el fierro viejo.

No importa en qué rincón de la urbe te escondas, seguro que escuchas los mismos pregones varias veces al día. Más allá de la justificación para este tipo de promociones, uno se pregunta: ¿Por qué la mujer del fierro viejo habla como si le faltara el aire?, ¿no había alguien con mejor dicción al momento de la grabación?, ¿por qué no hicieron otra toma? Ahora todos estamos acostumbrados y se nos hacen muy normales sus gritos de alma en pena, pero los exhorto a recordar su reacción la primera vez que escucharon el famoso “Se cooompran…”

 

7. Los concheros y la arquitectura europea.

Uno de los edificios más imponentes del Centro Histórico es sin duda el que alberga al Museo Nacional del Arte. Construído por el arquitecto italiano Silvio Contri a principios del siglo XX, este edificio de toques europeos fue todo un símbolo de modernidad y progreso. Al admirar su fachada, uno podría pensar que está en la capital italiana… excepto por las nubes de copal que se levantan en medio de un círculo de danzantes que, coronados por grandes penachos, representan un baile sincrético muy mexicano. Para rematar, todo este contraste ocurre bajo la sombra de una monumental estatua de Carlos IV de España.

 

8. Los pachucos de la Ciudadela.

La Plaza del Danzón es un lugar perdido en el tiempo que sorprende a todos los paseantes que por una u otra razón acaban en este rincón del Centro Histórico. Todos los sábados, personajes ataviados con la indumentaria más anacrónica que se puedan imaginar se reúnen a los alrededores de la Ciudadela para mostrar sus mejores pasos a ritmo de danzón. En este lugar se le rinde culto al baile y a épocas pasadas.

 

9. El Patrick Miller y otros centros nocturnos afines.

Una bodega en medio de la colonia Roma se transforma todos los viernes por la noche en el lugar donde los amantes del high energy se reúnen a competir por el dominio de la pista de baile. El Patrick tiene la extraña habilidad de juntar a la fauna más extraña de la ciudad y sus alrededores, sin importar credo, ideología o clase social. La Zona Rosa es otra opción si andan en busca de una experiencia bizarra a altas horas de la noche. Dense una vuelta a ver qué encuentran.

 

10. El Metro.

Música en vivo, performances masoquistas, arrimones consensuados, desfiles de estatuas de San Judas, ex presidiarios en busca de una nueva oportunidad, artículos de moda y de novedad que no se pueden encontrar en ningún otro lado, manchas de humedad en las que se vuelca el fervor guadalupano… nuestro sistema de transporte colectivo es un verdadero laboratorio de experiencias surrealistas. ¿Quién lo va a negar?