Crédito: Javi

 

1. Hará que te sientas como la persona más grosera del mundo.

Lo primero que hará al cruzar tu puerta será saludarte con un abrazo como si fueras lo más importante en su mundo, te agradecerá por cualquier detalle, te ayudará en todo lo que le permitas e insistirá en ayudarte en lo que no, hasta que logre hacer su santa voluntad. Cuando se retire, se despedirá de ti con más agradecimientos y reiterará que ahora su casa está a tu entera disposición… y lo dice en serio.    

 

2. Siempre dicen que se van, pero nunca se van.

Si lo invitaste para pasar la velada, comenzará a despedirse por ahí de las dos de la mañana. Ojo, esta primera despedida es sólo el preámbulo de una serie de intentos por prolongar la reunión hasta que haya algo decente para desayunar a la redonda. Si le sigues la plática, las despedidas continuarán indefinidamente hasta que alguno de los dos sucumba al sueño (probablemente tú). Ahora que si lo invitaste a quedarse unos días en tu casa, esto se puede prolongar ad infinitum.   

 

3. Exigirá la permanencia prolongada alrededor de la mesa. 

La sobremesa extendida es un dulce suplicio. Sabes que tienes cosas pendientes por hacer, pero el güiri güiri y el cafecito se pueden convertir en una barrera infranqueable y tu huésped mexicano lo sabe. Si no tienes cuidado, la línea entre la comida y la cena se irá desvaneciendo y los cafecitos le irán dando paso a los tequilitas y, ahí sí, tus planes ya valieron completamente madres.

 

4. Va a avivar tu deseo de conocer México.

Porque una vez que empiece con las anécdotas de sus experiencias y viajes por México, no podrás hacer nada para callarlo. Te va a contar de cuando fue a ver a las mariposas monarca, de como todos andan encuerados en Zipol, de lo chingón que es ver a la selección en el Azteca, de que los chiles en nogada son más buenos en Puebla y de las nieves de los güeros en el puerto de Veracruz. Esta sobrecarga de información y el estado de semi trance en el que seguramente te encontrarás despuès de la plática puede provocar la compra no planeada de un viaje sencillo a México… ¡Allá tú!

 

5. Te va a demostrar que tienes la casa hecha un asco.

Ten en cuenta que el individuo en cuestión se sentirá en deuda contigo si lo dejas ocupar tu casa por un periodo prolongado y una de las formas en las que saldará su cuenta será dándole una manita de gato. Pronto armará un cóctel conjuntando el poder del Fabuloso, el Pinol y el Cloralex y te demostrará que tu casa estaba hecha una piltrafa aun cuando, según tú, acababas de hacer limpieza profunda.

 

6. Se va a acabar todos tus limones.

¿Sabes cómo desaparecer dos kilos de limón en un instante? Un mexicano tiene más de veinte soluciones para este problema y todas ellas le parecen lo más natural del mundo. Desde preparar un par de litros de agua fresca, hasta cortar toda tu reserva del cítrico para ponerla como centro de mesa para lo que se ofrezca… Sea cual sea su solución, acabará quejándose de que tus limones estaban todos secos y llenos de semillas, no como los que se dan en el patio de la casa de su tía, ¡esos sí son limones, chingao!

 

7. Echará a perder tus cervezas… y de paso se acabará tus condimentos. 

Un mexicano siempre hará gala de su conocimiento coctelero enfocado en la extraña (y a veces absurda) empresa de mejorar la chela. Si se lo permites, utilizará las cervezas de tu refrigerador para hacer las combinaciones más extrañas que se han visto de este lado del Río Bravo. En el proceso, hará uso de todas tus salsas, chiles, condimentos y, por supuesto, de todos tus limones. Obvio, aguardará pacientemente a que pruebes el menjurge y emitas tu juicio. Ojo, si no es de aprobación absoluta, cabe la posibilidad de que lo intente de nuevo con distintos ingredientes.

 

8. Te dirá que no sabes cocinar y te enseñará la forma “adecuada” de preparar tus recetas más añoradas.

Y normalmente la mejora será a fuerza de chiles, cilantro, cebolla y limón. Y, por supuesto, todo sabría mejor si estuviera envuelto en una tortilla recién hechecita o recién calentada en un comal hecho y derecho, nada de microondas.    

 

9. Te va a involucrar en todas sus festividades. 

Que si hay que poner el altar de muertos, que si es septiembre y hay que preparar pozole, que si el grito, que si la piñata para la posada, que si te salió el niño y ya te tocaron los tamales… Con tanta tradición y fiesta, pronto te empezarás a cuestionar si todo esto tiene fundamento o si se lo está sacando de la manga para embaucarte y mantenerte al servicio de sus caprichos… Por asombroso que parezca, todo esto está tan fundamentado como la redondez de la Tierra.   

 

10. Te puedes acostumbrar a la buena vida.

Si después del choque cultural que implica tener un mexicano metido en tu casa, puedes regresar a una vida donde las salsas, el guacamole y el agua de limón no son elementos fundamentales para la subsistencia humana… algo no está funcionando del todo bien contigo. Una orden de pastor con todo para este joven, a ver si reacciona.