Imagen: Alejandro De La Cruz

En algún momento acabarás excesivamente caracterizado.

Si eres extranjero y estás en México durante las fiestas patrias, ¡no te salvarás de esto! Todo comienza con un sello tricolor en la mejilla y de ahí escalará rápidamente a un bigote postizo, trenzas y un sombrero gigante con el típico “¡Viva México, cabrones!”. Probablemente también acabes bañado en confeti, serpentinas, cerveza y esa espuma en aerosol que a la gente tanto le encanta.

 

Te preguntas cuántas banderas per cápita puede haber.

¡Es verdad que es impresionante! Las puertas de las casas, las ventanas, los carros, los edificios gubernamentales… ¡todo se cubre de banderas! En estas fechas incluso aparece por las calles un vendedor ambulante con un carrito que sólo vende banderas.

 

Vas a terminar los festejos con un zumbido en tus oídos.

Y tu capacidad auditiva reducida…No hay rincón habitado de México que no termine oliendo a pólvora quemada el 16 de septiembre por la mañana. A los mexicanos nos encanta tronar cohetes y mientras más escandalosos mejor. Es una costumbre peligrosa, pero es más seguro que la antigua práctica de salir a disparar balazos al aire (práctica que incluso mi abuelo llevaba a cabo).

 

Terminas odiando las matracas y las trompetas.

Mientras más se acerca el 16 de septiembre, los decibeles producidos por estos artefactos en lugares públicos empiezan a escalar peligrosamente. Probablemente al principio también te pareció gracioso y hasta compraste tu propia matraca, pero aceptémoslo, el sonido de este “instrumento” podría estar catalogado como una forma de tortura.

 

Te sientes invadido por la parafernalia con motivos patrióticos.

A las cero horas del primero de septiembre, el ejército de vendedores ambulantes mexicanos pone a la venta su mercadería tricolor. Piñatas para el espejo retrovisor, trenzas con moño para las que no tienen suficiente cabello y pintas conmemorativas para los cristales de tu coche que nunca, nunca, podrás quitar completamente.

 

No sabes por qué no hay nadie en la calle el 16 de septiembre.

Si no participaste de los festejos del quince o llegaste justo al otro día, te encontrarás en medio de una ciudad fantasma. El panorama puede desorientar a muchos: un montón de basura, nada de tráfico, negocios cerrados y ese típico olor a pirotecnia. Señales claras de una ciudad con resaca.

 

En algún momento terminarás en una feria.

No importa si es la feria del pueblo o una de esas ferias improvisadas que se instalan alrededor de las plazas públicas en las ciudades. Además de ser una nueva oportunidad para atascarse de comida y antojitos, también podrás probar tu destreza en juegos de canicas y dardos o tu suerte en una partida de lotería. Independientemente de lo que escojas, el premio siempre será una alcancía con forma de perrito.

 

Te escandaliza la cantidad de luces que iluminan las plazas de las ciudades.

En toda ciudad de México se da un despliegue patriótico en forma de foquitos que forman banderas y otras figuras alusivas a los festejos. En años recientes el gobierno se ha moderado en esta práctica e incluso usan foquitos ahorradores, pero en sus buenas épocas se usaban foquitos incandescentes de cien watts para cubrir todo edificio susceptible de ser cubierto e iluminar todas las avenidas y calles principales. Era un espectáculo nada sustentable, pero digno de verse.

 

Te sorprendes con la verdadera diversidad culinaria mexicana.

Seguramente no sabías que teníamos tantos platillos típicos. Pozole, pambazos, enchiladas, tostadas, chiles en nogada, nopalitos, chiles rellenos, esquites, tamales y mole…Y septiembre es el mes perfecto para probarlos todos. Los puedes acompañar con una agua fresca de limón con chía, jamaica, horchata o tamarindo. Y ¿qué tal un mezcalito, un tequila o un café de olla para el desempance? Y de postre… ¡un arroz con leche!

 

Acabarás gritando ¡Viva México!

No importa si estás en un bar, en casa de amigos o en una plaza pública… acabarás contagiado de la euforia y gritando a todo pulmón “¡Viva México!”.