Crédito: Theresa Martell

Escribís tus sueños desde los 10 años.

Y no solo eso: hacés interpretaciones de las que estás bastante orgulloso/a. Una amiga puede estar contándote que soñó que su ex bailaba un tango con una nena de 5 años y para vos va a ser incomprensible que ella no entienda A QUIÉN REPRESENTA ESA NENA.

No, no estudiaste en profundidad el método de interpretación de los sueños de Freud, pero no importa. La forma que tenemos quienes fuimos criados/as por madres psicólogas no es la de un terapeuta, sino la de alguien que fue encontrándose con ese saber de forma fragmentada, espolvoreada en la sopa, y lo absorbió sin racionalizarlo.

 

Ninguna confusión en el habla te parece casual.

Tu gato está arañando el sillón. Le pegás un grito pero, en lugar de llamarlo por su nombre, lo llamás por el nombre de tu hermano. ¡¿Qué acabás de decir?! Automáticamente te tapás la boca y mirás alrededor. Hacés contacto visual con el gato, por suerte no le va a contar a nadie.

Lo que para cualquier otra persona sería solo una equivocación, algo gracioso incluso, para vos es la evidencia de algo mucho más grave. Aunque no sabés exactamente qué es, está ahí, como una alarma infernal.

 

“Superyo”, “inconsciente” y “proyección” (entre taaaantas otras) forman parte de tu vocabulario cotidiano.

No sabés bien cuándo aprendiste el significado de estos términos, pero los conocés, los entendés y los aplicás para conversar sobre casi cualquier cosa. Para vos, es imposible hablar de culpa, estrés o frustración, sin hablar de superyo. Tampoco podés pasar por alto que todo lo que te molesta de los demás es una proyección, en algún nivel, de vos misma/o.

 

El cuerpo te habla.

Cuando eras chico y te dolía la garganta, tu mamá te revisaba y, antes de llamar al médico, te preguntaba: ¿Hay algo que te esté angustiando o molestando? Eso que te hacía doler no podía ser un simple virus. Y así creciste, preguntándote siempre, antes de tomar un remedio, si en realidad seguías enojada con tal persona o si el examen de la semana que viene quizá te estaba poniendo un poco nerviosa.

Esto te hizo desarrollar una suerte de superpoder: detectar negadores o negadoras a kilómetros de distancia. ¡No los soportás! Sí, puede ser que seas un poco intolerante, pero es todo culpa de tu mamá, se sabe.

 

Si querés llorar, llorás.

El llanto sirve para todo: uno puede llorar de alegría, de bronca, de tristeza, de miedo… ¡Es hermoso llorar! Nos encanta. Nada más liberador que comenzar una charla incómoda o difícil llorando un buen rato antes de empezar a hablar. Libera la garganta.

Al principio las personas se asustan, te preguntan qué pasó, quién se murió, pero después de un par de veces, cuando ven que tu respuesta siempre es “listo, ya está, te decía…”, empiezan a acostumbrarse. Luego, en cuanto ven que se te humedecen los ojos, sonríen y se toman un cafecito hasta que se te pase.

 

Miles de veces te dijeron que “pensás mucho” y que “no te enrosques”.

También, muchas veces te habrán dicho que “hablás raro” o “preguntás de más”. Sos así, con lo bueno y lo malo que tiene eso. Con el paso de los años, quizá empieces a relativizar eso de que hay que escarbar en todas las heridas, hacer todas las preguntas, develar todos los miedos e inseguridades. Sobre todo cuando esas heridas, miedos e inseguridades no son tuyos, sino de los otros.

 

Vivís en un mundo de signos.

Todo puede significar otra cosa. Alguien te comenta que está con insomnio, o que siempre llega tarde a todos lados, o que cada tanto pierde el apetito. Vos decís que sí con la cabeza mientras por dentro pensás en todas las preguntas que le harías. Y eso te encanta y es un poco molesto al mismo tiempo. También somos así de insoportables con nosotros mismos: ¿Me olvidé de poner el despertador? Mmmm…

 

Develás mecanismos con la misma obsesión que otros juegan al sudoku.

A vos que no te vengan con casualidades. Las conductas de las personas son el resultado de una relación causa-efecto, es OBVIO. Todo viene de algún lugar. Y te encanta descubrir la raíz de los comportamientos. Adorás los patrones. Y, desde ya, sabés que encontrarlos es la clave para resolverlos, ¿no?

 

¡Expresás todo! No tolerás que haya cosas no dichas.

La madre psicóloga es muy del “¿querés que hablemos?”. Sí, a ella no le interesa que los problemas pasen desapercibidos. Ella necesita hablar, que le cuentes lo que sentís, contarte lo que ella siente. Desde la primera infancia te acostumbró a poner en palabras tus emociones.

Durante la adolescencia, es probable que te haya molestado su insistencia: no querías hablar y no querías que te pregunten nada. Pero al crecer, te das cuenta de que esa facilidad es una herramienta escasa y muy valiosa. Entonces, empezás a agradecerle que te haya enseñado a decir lo que sentís.

 

Ante el planteo de “estudiar psicología”, tu respuesta es: Ni locx.

La psicología te interesa, te gusta, hiciste terapia mil veces y, en lo profundo de tu corazón, creés que serías muy buen profesional. Sin embargo, descartaste psicología apenas empezaste a pensar en una carrera. ¿Por qué? Muy sencillo: no podés hacer lo mismo que hace tu mamá, tenés que “encontrar tu propia individualidad”, tu propio deseo. Y ese deseo NO PUEDE COINCIDIR con el de ella. Jamás. ¿Rebeldía? Para nada. Salud mental.