1. El calor.

En Guayaquil se sobrevive a punta de sombra, ventilador, aire acondicionado, bebidas heladas y Menticol. El calor de la ciudad es tan salvaje, que la arquitectura colonial guayaquileña está hecha para el flujo de aire y para dar sombra. Todo vehículo guayaco moderno tiene el termostato calibrado para hacer cagar de frío hasta a los duendes de Papá Noel. Punto a favor, ninguna chela se servirá caliente.

 

2. A los vigilantes de tránsito.

Entiendo que las cosas están mejorando… pero si ves un taco de vehículos que no avanzan, un concierto de bocinas y estás aguantando al calor infernal antes descrito, ten la seguridad de que adelante hay un buitre panzón alfa ejerciendo a cabalidad su fina labor de crear caos vehicular.

Crédito: AgenciaAndes

 

3. A nuestros vecinos del Perú.

Este es un tema irracional con todos los Ecuatorianos, culpa de un tratado limítrofe pésimamente negociado, de cuadernos con el país bien dibujado que quedaron obsoletos, y de una que otra guerrita por ahí. Tal vez a los guayacos nos gusta más rayar a los peruanos porque somos molestosos (si hasta les decimos «peruchos»). Además, como en algún momento de la historia también quisieron tomarse Guayaquil y no pudieron, supongo que es como el bullying de sacarles pica. A pesar de esto, Perú es un gran país, con comida rica y gente herm… oh. Ehh, con buena caligrafía.

 

4. A los quiteños más que a otros serranos.

Sorry, pero es algo que nos dicen desde chiquitos: «La plata se hace en Guayaquil, y se malgasta en Quito». No es el frío, ni la comida, ni los acentos, ni los chistes agrios, ni la falta de frontalidad, ni la centralización política, ni los cuerpos con formas divertidas. Son el maquillaje, las chompas de cuero y las botas. Sí, las botas.

 

5. La inseguridad.

Si se llegan a encontrar con un guayaco, echen esta idea al aire: «Qué seguro que me siento en Guayaquil». Empezará una cascada interminable de historias locas de robos, hurtos, secuestros, precauciones, pérdidas materiales, asaltos, y cómo hasta un payaso te puede sorprender con un arma de fuego. Hay múltiples formas de quejarse de la inseguridad en Guayaquil, y nos sabemos todas y cada una de ellas.

 

6. La comida que quiere imitar a la de la costa.

Si eres guayaco y has pasado por ésto, entiendes mi frustración:

– Oye, creo que a mi ceviche no le pusieron pescado…

– Ah, es que es cevichocho, lleva granos. Está rico.

– ¡QUÉ! CH*CH*, NO ME HABLES HUEV—

Esto es duro. No sé qué clase de mente subnormal aprueba la existencia de un ceviche de mariscos sin mariscos, pero es una razón muy válida para que todo guayaco (o costeño en general) se sienta en la libertad de maldecir a todas las posibles almas responsables de servir semerenda aberración. Pro tip: Si un guayaco decide no comer un plato costeño, es porque a) es alérgico y se puede morir, o b) has insultado su alma y está llorando o enardecido por dentro. Es tu sano, justo y necesario deber ofrendar su paladar reivindicándote con comida de verdad.

 

7. Digerir las comidas más tóxicas.

A pesar de odiarlo, la verdad es que no hay nada que un guayaco pueda vencer mejor que una intoxicación alimentaria. Estamos acostumbrados a comer rico, pero dependiendo de su procedencia, esa comida puede ser una bomba atómica para tu sistema digestivo. Son gajes del oficio, o parte de la calibración. Si te graduaste de comer en las huecas de Guayaquil sin efectos secundarios, ten la seguridad de que estás listo para enfrentarte a las comidas más nocivas de la tierra.

 

8. Que vayas a una farra y te cierren temprano.

Esto es algo que todo guayaco odia de fábrica. Vencer la pereza de salir, ir de paseo, llegar a un horario considerablemente normal, y una hora después… el bar cierra porque la ley dice que solo se vende hasta las 2am. Si llevas a un guayaco de farra, asegúrate de tener qué hacer después de que ese bar cierre. La farra en la costa es hasta que estar despierto duela.

 

9. Los manes que piden plata.

Como los siguientes interesantísimos y típicos casos de la ciudad:

– La «viuda», hombre con teatro de señora escandalosa con dos globos en el pecho y dos en el trasero.

– El señor mayor bien vestido que pide plata, y se enoja si le das una manzana.

– El cuida-carros que no te cuida el carro, pero sopla a pedirte plata cuando prendes el motor.

– La señora que envía a sus hijos a limpiar parabrisas mientras los espera sentada en la sombrita.

– El payaso que vende chocolatina para reinventar su vida luego de salir de la cárcel.

– Los gogoteros que se sientan al lado tuyo y te piden plata mientras te miran el reloj y los zapatos.

 

10. La Caña, el Quitapenas, el Tóxico Seco, o el Pedrito Coco.

Porque si hay algo que odias, es ese trago veneno de mala muerte «nunca más hp», que te dio ese chuchaqui que ni el encebollado te pudo curar. De todas maneras, está y estará entre tus mejores borracheras.

 

11. Que te digan que Guayaquil no es un buen destino turístico.

Ésta si es la caja de Pandora de las cosas que un guayaco va a odiar. ¡¿Cómo que la ciudad es de tránsito?! Prepara tu débil espíritu para un bofetazo vivencial de todas y cada una de las cosas que Guayaquil y sus alrededores tiene para visitar, todas las experiencias que él mismo te va a llevar a vivir bajo sol infernal, nubes de insectos, o lluvia torrencial, y todos los platos de comida típica guayaca que te va a forzar a devorar durante los días que te queden. No habrá descanso hasta que salgas de su ciudad. Los guayacos tenemos la furia a flor de piel, pero si le dices a un guayaco que Guayaquil no vale la pena, te puedo jurar por todo lo sacrosanto, que te va a hacer cambiar de opinión… por la pica, o por la fuerza.