Foto: Michell Zappa

1. Se pasa todo el viaje de ida murmurando Adiós ríos, adiós fontes

O quizá no todo el viaje, solo desde que se sube en el medio de transporte elegido hasta poco después de dejar Galicia atrás. El viaje de vuelta es para O tren de Andrés do Barro, claro, especialmente si viajamos en tren. (¿Hay algo más bonito que entrar en Galicia en tren por Ourense? Está ahí, ahí con el momento en el que el avión inicia el aterrizaje sobre la ría de Vigo).

2. Los días se le hacen cortos

A no ser que nos dirijamos a veranos nórdicos, el sol siempre nos sorprende poniéndose antes de tiempo. «¿Son ya las…?», pensamos mirando el reloj. Y descubrimos que no son ya, sino todavía.

3. Se le seca la piel

Descubre con horror al llegar a lugares como el centro peninsular o de Europa que de pronto la piel se escama y pica. ¿Qué ocurre? ¿Qué le ha pasado a esa hidratación natural de la que siempre se había sentido tan orgulloso y que casualmente coincidía con los inviernos de verdad? No era natural. Bienvenidos al mundo de la crema hidratante.

4. Aprende, por las malas, que el cielo no es igual en todas partes

Vale, puede que en Galicia combinásemos nuestro profundo conocimiento del cielo con visitas horarias a las webs de Meteogalicia y Windguru (en la costa), pero era muy raro que la lluvia nos pillase desprevenidos. El cielo del resto del mundo es distinto: miramos, concluimos que no va a llover y 15 minutos después estamos empapados.

5. Se encuentra con otros gallegos

Lo mejor es aceptarlo cuanto antes: en pleno siglo XXI es imposible que un gallego vaya a un lugar del planeta en el que no haya ya algún representante de la terriña. Nos reconoceremos por el acento, por ciertas expresiones inequívocas («tengo viajado mucho») o por detalles como el sospechoso nombre del bar del remoto pueblo en el que estamos.

6. Descubre con sorpresa que hay lugares en los que 18ºC son lo mismo en verano que en invierno

¡La sensación térmica es un fenómeno gallego!

7. A veces utiliza los tiempos compuestos

De forma puntual y bastante aleatoria, pero de pronto se encuentra diciendo «he ido» sin que le suene mal del todo, cambia a «fui» y tampoco le convence y entra en una especie de crisis de identidad. Lo peor es cuando es otro gallego el que le hace notar que ha usado un tiempo compuesto; no tardará mucho en comprar un billete para pasar una temporada en casa.

8. Recibe cajas llenas de chorizo, jamón, grelos y licor café

Esto solo pasa si pasa temporadas en el mismo lugar, aunque se sabe de madres gallegas que han conseguido hacer llegar su kit para que el niño (de 26 años) no se muera de hambre a hostels tailandeses.

9. Le entra antojo de pulpo á feira

O de un caldito de cocido, una buena empanada, unos pimientos de Padrón, unas filloas, unos percebes… Los suspiros pueden ser infinitos y las comidas de la primera semana que está de vuelta en Galicia, legendarias.

10. No entiende por qué nadie entiende el Carnaval

En Carnaval te disfrazas. Disfrazarse no significa bailar samba en ropa interior brillante. En Carnaval comes filloas y orejas y sales a la calle aunque llueva y haga frío. Y, sobre todo, en Carnaval te disfrazas, maldita sea.

11. Siente una especie vacío en el estómago y concluye que no es hambre, sino morriña

Y desea estar en ese tren que le lleva pola beira do Miño.