Crédito: Rulo Luna Ramos

11 cosas que a todos los chilangos nos encanta odiar

by Rulo Luna Ramos 23 Oct 2015

La alarma sísimica

Claro, sabemos que algún día nos puede salvar la vida… pero sus potenciales virtudes aún no se equiparan con los sustos que sus sonidos apocalípticos nos han sacado. ¿No podían usar un timbre un poquito más amigable?, ¿algo que no pareciera como que estamos a punto de ser bombardeados o invadidos por fuerzas extraterrestres? Un bolillo pa’l susto es la recomendación de todas las abuelitas ante este tipo de situaciones.

 

Los microbuses y camiones del Estado de México

El famosísimo chimeco, ese cuyos amortiguadores han visto mejores días, ese que trae los últimos éxitos del Komander a todo volumen en las bocinas más tronadas de la ciudad, ese que va manejando un güey que no aparenta tener más de dieciséis años, ese que dice “no sirve la puerta, jale el cordón”… Claro que odiamos también al transporte público de la ciudad, pero los chimecos tienen una relación especial con nuestra bilis.

 

El inicio de una mega obra pública justo enfrente de tu casa

Saber que harás el doble o el triple de tiempo en llegar a tu casa durante los próximos tres años y que al terminar el deprimido de Mixcoac, el parque vehicular de la ciudad habrá aumentado tanto que no notarás el menor beneficio… es un sentimiento de frustración que sólo los chilangos entendemos.

 

Los viernes de quincena por la tarde

Todo aquel que haya pasado tres horas en Tlalpan para llegar al sur de la ciudad sabe lo que es la verdadera desesperación y el sufrimiento. Los viernes de quincena son un infierno de coches, vendedores de papitas y ganas de hacer pipí que durarán por horas. Pero se querían ir a Cuerna, ¿verdad?

 

La fiesta de la iglesia de atrás de tu casa

Todo empieza con un cohetón solitario a la mitad de la noche. A partir de ahí, el caos comienza su escalada con cierres de calles, juegos mecánicos ocupando tu lugar de estacionamiento y un montón de gente que transforma la tranquilidad de tu hogar en un fiestón callejero. Dependiendo de la magnitud del evento, esto puede durar un par de días o toda una semana; durante todo este tiempo perderás un poco de agudeza auditiva gracias a la contínua orquesta de cohetes tronando a metros de tu lugar de descanso. Claro que la feria está padre y siempre hay un puesto con esas micheladas gigantes que son tan buenas.

 

Agosto, septiembre y sus inundaciones

Todo chilango que se respete ha quedado varado, al menos en una ocasión, debido a una inundación. Si no se inunda el Peri, se inunda el Metro, aunque también se puede inundar toda tu colonia y quedar como zona de desastre por semanas. Todos los años, una vez al año, sabemos que pasará lo inevitable… ¡pero construir una ciudad sobre un lago era una idea tan original!

 

El poli moviéndole al semáforo

Sales de tu casa y te encuentras con un tráfico sobrenatural, la gente se baja del transporte público y sigue a su destino a pie, todos sufren, los niños festejan porque no llegarán a la escuela. Horas después llegas al núcleo del problema: un poli en pleno ejercicio proactivo que decidió tomar el problema del tráfico en sus manos. Tantas mentadas de madre deben tener algún efecto en la estabilidad emocional del interpelado… tal vez empiece generar caos de forma voluntaria.

 

Entrar a la estación Zócalo y descubrir que se te olvidó tu tarjeta del metro

Es la hora de salida del universo Godínez, llueve a cántaros y sólo hay una ventanilla de boletos abierta. Te encabronas más al ver que hay tres personas detrás de la ventanilla que claramente podrían atender al público, pero están en tareas de importancia que requieren toda su atención, dígase echar el chisme y la garnacha. Consideras que tu tiempo es más valioso y consideras salir de inmediato de ese hormiguero humano y tomar un taxi… pero estás en el centro de la ciudad y esa no es una opción.

 

Los viene viene y todos sus artilugios

En especial ese que se adueña de la calle en la que vives con botes de cemento y garrafones de agua puerca. No sólo ha intentado cobrarte por estacionar tu carro frente a tu propia casa, también ha promovido tu entrada como lugar de estacionamiento. Compartes el odio a los franeleros con los valets, los parquímetros y, sobre todo, con la combinación franelero más parquímetro. ¡Eso sí es una mentada de madre!

 

Los baches

En específico ese bache que está esperando con ansias el inicio de la temporada de lluvias para volverse abrir, ese que ya te tronó una o dos llantas… y que espera con ansias que regreses a visitarlo.

 

Las filas para entrar al museo

Todos hablan de la Ciudad de México y su oferta cultural, pero pocos mencionan el desmadre en el que se puede convertir una exhibición de renombre en algún museo. El problema es que somos muchos y la cantidad de gente que se puede volcar a un museo en específico raya en lo ridículo. Asistir a una exposición de primera calidad implica: levantarte extremadamente temprano, saber que vas a perder casi todo el día en filas y aceptar la posibilidad de que se acaben los boletos antes de que llegues a la entrada. ¿Vale la pena atravesar por todo esto para ver las obras de Miguel Ángel en Bellas Artes? Yo creo que sí.

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