Imagen: Flavio Rucci

Se tira toda la carne al asador.

Los argentinos -ricos y pobres- tiramos la casa por la ventana cuando se trata de celebrar una boda. Aunque tengamos que usar los ahorros de toda la vida o pedir plata prestada, celebramos en abundancia. Si hay miseria, que no se note.

Ese engendro aburrido que es el vals.

Le decimos «vals» porque suena Strauss, pero el vals de las bodas argentinas se baila más como una fusión entre la chacarera y el valsecito. Y es culpa de los hombres que, definitivamente, no lo pueden bailar.

La banda está borracha.

La bebida fluye hasta que la novia termina nadando en la pileta con el vestido puesto y el novio está flirteando con la odalisca que contrataron para hacer un show. Los mozos se tambalean y dejan caer las bandejas al piso, los fotógrafos sacan fotos de gente sin cabeza y los consuegros -que pagaron la fiesta- siguen charlando como si nada (tan entonados están).

Superproducción

Las chicas nos tiramos el ropero encima. La novia se esfuerza para poder hacerse el vestido a medida y las invitadas les pedimos prestados ropa y accesorios a diferentes amigas hasta lograr el atuendo deseado. Al final, los zapatos terminan tirados debajo de la mesa, los peinados desarmados por el baile y el maquillaje corrido por la transpiración. Pero no importa, toda la preparación valió la pena por esa primera media hora en la que todas parecíamos las chicas de Sex and the City.

Bailar hasta que se te ampollen los pies.

Se baila de todo y hasta alguna milonga para complacer al abuelo. Y si no bailás, sos «el amargo que solo vino para morfar».

Del ridículo sí se vuelve (y del carnaval carioca también).

Se reparten sombreros, guirnaldas, pitos y matracas, bigotes, tetas y culos falsos y, por supuesto, ¡maracas! Los tíos sesentones son los primeros en salir a la pista. Se abrazan, saltan y cantan con mirada pícara: «Somos los piratas, toda una vida fiel al gato y a las trampas» . En el medio del tumulto, aprovechan para meter mano a algún culo o teta (no de los falsos).

No te podés negar a participar del trencito.

Es un clásico del carnaval carioca. Los invitados, eufóricos y transpirados, se tironean de la ropa, mientras pasean en trencito por todo el salón cantando Y se viene el tutá tutá. No importa que estés descansando un rato, alguien va a arrastrarte del brazo y vas a tener que participar te guste o no.

¿Por qué nos dejamos manosear por el novio?.

Las solteras caminamos bajo la luz del reflector, sumisas al ritmo de «Puedes dejarte el sombrero puesto», subimos la piernita a una silla y dejamos que el recién casado nos ponga una liga. Aunque el novio tenga que levantarnos el pantalón o la minifalda que llevamos deje ver la más de la cuenta, no nos podemos negar: Los tíos quieren ver carne.

«¡El próximo casamiento es el mío!»

La vergüenza y humillación que sentiste con la liga se disipa por completo más tarde, cuando la novia tira el ramo y, a los empujones, codazos y sopapos, te alzás victoriosa con el trofeo.

Los chicos celebran a la par de los grandes.

Excepto por el alcohol, claro. La abuela se enoja, «cómo van a andar corriendo así, esto no es un potrero». Los padres los hacen sentar, pero entre la charla, las copas y el baile, a los cinco minutos vuelven al desmadre y bailan y se divierten como sus padres. Los nenes terminan durmiendo en una camita improvisada con dos sillas, tapados con un chal.

La fiesta termina después del desayuno.

Pizza con cervezas, lomitos y café con leche con medialunas. Cuando finalmente se prenden las luces del salón, afuera hace rato que es de día. Los invitados se llevan los souvenirs que prepararon los novios y algún otro «recuerdito» que toman por su cuenta -una copa (llena), un centro de mesa, un mantel, una viandita con las sobras envuelta en una servilleta- . Zapatos en mano, tapado al hombro, niños en brazos y la voz ronca de tanto cantar.