Crédito: randypeterson

1. Los ex-compañeros… y la foto de perfil.

Decidí entrar en Facebook: me costó, fueron demasiados pasos, pero lo logré. Y de pronto, una “solicitud de amistad”. ¿Quién es este que me pide ser su amigo? Miro la foto y obviamente mi memoria falla y no sé quién es. Reviso el nombre y pienso, me suena… ¿quién carajo es este tipo casi pelado? No, ¡no me acuerdo de esta mina tampoco! ¿En qué año fue mi compañera? Entonces, abandono la tecnología, tomo el teléfono y le pregunto al único amigo que conservo de la escuela secundaria si se acuerda de un tal Juan Pérez. El proceso se repite y de a poco reconozco algunas caras, recuerdo algunos nombres, gano en confianza y suspendo el turno con el neurólogo que había pedido cuando me agarró el ataque de amnesia. De pronto tengo como 20 amigos, casi todos de la secundaria. ¡Magia!

 

2. Las bolitas y la pelota de goma.

Jugar a las bolitas era todo un deporte: se preparaban las canchas en la vereda ausente de un terreno baldío. Con mis amigos armábamos pequeños torneos de varios participantes o competencias mano a mano. El que perdía pagaba con una bolita o más, de las comunes o de las japonesas (que eran mucho más lindas). A veces el premio era “el tarro de bolitas del perdedor”, a todo o nada.

Si me aburría tenía las figuritas, los soldaditos o la pelota. Hacía la tarea del cole y después iba corriendo a la esquina para ver quién estaba y descubrir a mi contrincante de turno. Mucho fútbol, pasión de multitudes, siempre y cuando no se pinchara la pelota de goma contra un alambrado, ahí se cancelaba el partido hasta nuevo aviso, hasta que alguien consiguiera una nueva.

 

3. La novia y el noviazgo.

En aquel tiempo uno era un trabajador, un “laburante del corazón”. Todo llevaba mucho tiempo: conquistarla, conocer a los padres, después empezar a ir a la casa los martes, jueves y sábados. Si, en el oeste del conurbano y por aquellos tiempos se prefijaban los días y ya. ¡Qué quilombo se armaba si me borraba un jueves! Si llegaba tarde un sábado, me puteaba; y si llegaba temprano, también se enojaba porque no estaba arreglada. Imposible. Los padres, las formalidades, las ma-ni-tos… ¡quédate quieto! Ni hablemos de sexo…

 

4. La televisión y las revistas…. ¡en blanco y negro!

Canales satelitales de dibujitos animados, de series para chicos, de películas para chicos, de música para chicos, programas especiales para chicos, mucho, mucho para chicos. Nunca me quedará del todo claro cómo se compara esto con haber crecido mirando Bonanza, El Gran Chaparral, El Hombre del Rifle, el Zorro, Batman, Tarzán, Los Tres Chiflados… im-per-di-bles. O leyendo a Patoruzú con Isidoro Cañones, a Upa con Isidorito Cañones, a Sandokan -El Tigre de la Malasia- o a los bolsilibros contando historias apasionantes del lejano oeste (western) americano. Recórcholis, ¡qué suspenso!

 

5. La radio: tango y algo más (mucho más).

La música era tan importante en nuestras vidas. Cuando era chico, en casa escuchaban programas radiales de tango, obvio. ¡Ojo! Tango de salón, “no el de Piazzolla que no es tango” según recitaba mi viejo. Pero por la radio también sonaban los Beatles, los Rolling, y en el medio se mezclaban Julio Iglesias, Palito Ortega, Sandro, Elvis Presley, Los Chalchaleros y Don Atahualpa (por Dios, que combinación). Algunos recuerdos de jazz y música de bandas como la de Glenn Miller de la post guerra, por qué no, hacían un cocktail tremendo.

Después todo fue cambiando: Los Gatos, el Flaco Spinetta, Sui Generis, Deep Purple, Pink Floyd, y tantos, tantos más. Un gran cambio bienvenido… a mis oídos y a mi corazón.

 

6. Las rotiserías y el vino Crespi.

Tomen nota: sushi, comida china, tailandesa, peruana, mexicana, colombiana, vegetariana, hindú, 45 sabores en empanadas, 30 sabores de pizza, o delivery de la comida que elijas del restaurante que elijas, directamente a tu casa. Para acompañar… Malbec, Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot, Chardonnay, Torrontés, espumantes y Cosecha Tardía para las chicas, de una cantidad interminable de bodegas.

De cuando era joven, solo me acuerdo del pollo al spiedo. Había que ir a la rotisería del barrio, esperar el pollito que daba vueltas y volver a casa rápido para que no se enfríe. Podía comprar también una ensalada rusa o empanadas de carne, alguna que otra cosa más y basta. Lo acompañábamos con un vino Crespi blanco, un Toro tinto o un Uvita rosado, en botella de litro o como alternativa el vino en damajuana, un Parrales de Chilecito con soda, bastante soda, siempre. Solos eran casi casi intomables.

 

7. Los grabadores y la FM por las noches.

Ahora hay MP3, YouTube, APPs de música en el celu, Spotify… todo, absolutamente todo ahí y con un sonido excepcional.

Por aquellos tiempos escuchar música no era fácil, estaba la radio AM, la FM y los Long Play o LP -pero tenía que comprarlos, si tenía plata, por supuesto-. De pronto aparecieron unos aparatos importados que me permitían insertar un cassette, apretar “record” y listo. De noche me convertía en un DJ: locutoras de voz sensual anunciaban el próximo tema, momento en el que aprovechaba para la grabación presionando la tecla mágica. ¡Cómo puteaba si en el medio del proceso la locutora hablaba para venderme un producto o explicarme la evolución del tiempo! La grabación quedaba trunca, arruinada, ojalá la pasen la semana que viene.

 

8. El teléfono… negro… ¡de bakelita!

Para comunicarme, me encontraba con mis amigos para charlar en el cole o en el club, porque no tenía teléfono, casi nadie tenía. Si conocías a una chica en vacaciones que no era de tus pagos, chau, solo te quedaban las cartas por correo postal.

Más de 10 años después de terminar la secundaria vino el plan Megatel que propuso Alfonsín y algunos “ligamos”, previo pago, el aparato que habíamos esperado por más de 10 años y hasta 20 también… Si sabré yo apreciar las nuevas formas de “Comunicación”: cuando mi hija decidió nacer en un feriado nacional, tuve que caminar varias cuadras en la madrugada para avisarle por teléfono a la partera que la bebé estaba impaciente por conocer el mundo.

 

9. Los libros y los resúmenes a mano.

En la secundaria y también en la Facultad, en tiempos de dictadura o de democracias vapuleadas, para estudiar todo era libros, biblioteca, apuntes y algunos folletos hechos por imprenta Offset o litografía. Viejos libros de Historia, Matemática o Geografía que se prestaban o vendían de una año para el otro. Recién aparecieron las fotocopias al promediar mi carrera universitaria. Hojas y hojas de resúmenes a mano, que hasta cayos en los dedos nos salían.

 

10. La calculadora y las cuentas a mano.

En la secundaria nunca usé una calculadora. Que el mundo se entere: ¡nunca! En la Facultad de Ciencias Económicas la cosa se complicó y me prestaron una calculadora para un parcial, con pilas AA, cuyo visor era de lucecitas. Recuerdo que algunos compañeros tiraban cables para enchufar su calculadora a un toma corriente.

De pronto nació un aparato exótico, la PC con diskette, que revolucionó todo. De los textos y planillas manuales o en máquinas de escribir (tac… tac… tac-tac) pasamos al Lotus y al Excel. Antes, los gráficos para las presentaciones de Directorio los hacía un dibujante con papelitos transparentes de colores. Después vino el Plotter (esos lapicitos que iban y venían y me hacían un gráfico de colores en una transparencia). ¿Y ahora? Ahora es joda: me estreso si el gráfico no me carga toda la paleta de 16.000 colores, me falla la conexión a Internet o no encuentro la letra Verdana.

 

11. Los profesores dinosaurios.

Después de Facebook y WhatsApp, me reencuentro con mis ex-compañeros al mejor estilo argentino: tomando vino y comiendo empanadas. Ellos me recuerdan a la profesora de Historia que no nos quería y nos aplazaba, o al bueno de Biología, o al capo de Matemáticas, o a la histérica de Instrucción Cívica que yo ya no recordaba o a la Profe de “estenografía y caligrafía”. Dinosaurios del sistema educativo. Qué miedo pensar que ahora los dinosaurios podemos ser nosotros.

Además, recordamos a la novia que no fue o al amigo que se fue, al gil de 3roA o la linda de 4toB y al viaje de egresados. Volvemos a brindar por el pasado, por el tiempo transcurrido, por el presente, por los cincuenta y pico, y por la “experiencia”. Si, esa “experiencia” que ahora todos tenemos no sabemos muy bien para qué y por bajar unos kilos. Chin chin, ¡por muchos más recuerdos! ¡Salud!