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Te burlás de cualquiera que haya estudiado en una universidad privada.

Quizá podés reconocer que algunas carreras están más o menos bien armadas en algunas privadas (desde ya ninguna de las carreras que vos consideras “serias”, pero cada uno…). También es cierto que te gustaría un poco más de práctica en el programa de tu carrera y que muchas privadas ofrecen eso. Por supuesto que también te importa “recibirte rápido”. Pero ninguna de esas “ventajas” de ciertas privadas es suficiente para que abandones la UBA (los que lo hacen: ¡traidores!). Por algunas de las cosas que enumeramos a continuación (y otras que quedaron afuera para que la lista no sea larguísima), la experiencia de estudiar en la UBA te parece incomparable, imbatible.

 

Sabés reconocer automáticamente lo que es una materia o un examen “filtro”.

Antes de arrancar, si querés estudiar en la UBA tenés que hacer un curso de ingreso: un año de cursada que, más que 6 materias, consiste en una suerte de entrenamiento básico pero intenso en aquello que podríamos llamar “vida universitaria”. El CBC (ciclo básico común) es un gran filtro que recibe a estudiantes de secundaria recién saliditos del horno y los ubica en su nuevo rol como estudiantes universitarios de la UBA. De manera similar, a lo largo de la carrera, existen distintas instancias “filtro”. Se trata de exámenes, comisiones o incluso materias que, entre sus funciones, incluyen algo así como “forzar a aquellos que no tienen muchas ganas de seguir o no son lo suficientemente inteligentes, despiertos, responsables, perseverantes, etc., a que abandonen”. Si superás estas pruebas, ahí sí podés considerarte estudiante de la UBA.

 

La presunción de que una clase se da en un aula te parece graciosa, incluso un poco conservadora.

En la UBA, la relación directa clase-aula no funciona de manera tan lineal como en las universidades privadas. Una clase puede ocurrir en un aula y extenderse hasta el pasillo, puede ocurrir en el pasillo directamente, en el pasillo y parte de la escalera, en el bar, en la calle, en el parque…Los límites son difusos y las circunstancias que afectan las clases son muchas y muy variadas. Por eso es bueno ser flexibles, tener amplitud mental. Después de todo, ¿qué es el espacio “aula” si no una construcción social?

 

No existe ninguna posición corporal en la cual no puedas escribir apuntes.

Sentado en un pupitre, en una silla, en una mesa, ¡en el asfalto!, parado detrás de una multitud, contra la pared, contra nada, con calor, con frío, con goteras…Las condiciones de estudio en la UBA son, digámoslo, algo hostiles. Muchas clases están superpobladas, muchos edificios se caen a pedazos, los materiales faltan o son viejos o están rotos. Esto hace que el estudiante de la UBA deba fortalecer su cuerpo y su mente para adaptarse a este entorno. ¿Quejarse? ¿Protestar? No, señor. Esta es la UBA. Y si le molesta, váyase a una privada.

 

Sos especialista en trabar pupitres flojos con papelitos doblados.

Esta es una destreza que lleva algún tiempo aprender, pero todos los que hemos estudiado en la UBA sabemos que encontrar un pupitre que no esté flojo, es decir, cuya mesita tolere el peso de un cuaderno, es como ganarse la lotería. Lo más habitual es encontrar pupitres con la mesa falseada (los que todavía tienen mesa). Y aquí es donde entra en acción el papelito doblado entre la mesita y el caño que la sujeta. Y chau picho.

 

Para vos, las interrupciones son parte de las conversaciones.

Durante el tiempo que hayas estado estudiando en la UBA, fuiste entrenado para mantener la concentración en clases que son interrumpidas en lapsos regulares por militantes universitarios con distintos anuncios o convocatorias. Después de años de estar expuesto a esa dinámica, te convertiste en un especialista en recuperar el hilo de una conversación luego de las digresiones.

 

¿Recitales? ¿Subte en hora pico? Ninguna aglomeración de personas que empujan hacia el mismo lugar te impresiona: compraste apuntes en la UBA.

El debut en el local de apuntes es una suerte de bautismo para los estudiantes de la UBA. La primera prueba consiste en ubicar en cuál de los dos, tres, cuatro locales de apuntes está el que necesitamos. Una vez hecho eso, a sacar número y esperar, esperar, empujar, encontrarse a alguien, salir a charlar o fumar un cigarrillo, volver, hasta finalmente dar con aquel que, intentando hablar por encima de la canción de rock setentoso que suena a todo volumen, intente ayudarnos.

 

Tomarte una cerveza con un/a profesor/a después de una clase no te parece nada del otro mundo.

Lo que al principio de la carrera todavía son relaciones distantes entre profesores fríos y alumnos inexpertos, con el tiempo encuentra matices bastante más divertidos. La confianza del estudiante que hace tiempo transita los pasillos de la facultad, la diferencia de edad que empieza a achicarse cada vez más y la participación en la vida académica hacen que los encuentros con los profesores excedan, muchas veces, el momento de la clase. Y así, un día te encontrás en un bar compartiendo una cerveza entre varios profes y alumnos, o sentado/a en grupo en un sillón de alguna casa fumando un porro con quien era tu profesor/a hace unos años. Le pasó a una amiga…

 

Si entrás a una universidad y ves las paredes vacías, sin carteles ni escrituras, pensás que te confundiste y entraste a un hospital.

Una facultad de la UBA en la que uno pueda caminar erguido, sin tener que esquivar los afiches que cuelgan por el pasillo, o en la que uno pueda apoyarse en una pared vacía, sin pintadas ni carteles, no merece ser llamada facultad de la UBA. La política debe respirarse, oírse, y sobre todo verse y palparse.

 

“Un auto que acelera en primera”.

Aceleras un poco, se traba, frena de golpe, vuelve a arrancar, toma velocidad, frena de golpe, y así… Estudiar una carrera en la UBA es como una espiral de aceleración y desaceleración constantes. Por ejemplo, puede suceder que hacia el final de un cuatrimestre, las cosas empiecen a precipitarse y los tiempos se acorten súbitamente: de repente, hay 2 semanas para leer 3.000 páginas. El estudiante entra en un frenesí que le permite llegar al día del examen preparado y destruido. Pero ese día llega a la facultad para rendir y se da cuenta de que hay cientos de estudiantes antes que él y tiene una espera de ocho, nueve, diez horas por delante. El mismo patrón se repite en incontables ocasiones. Lo que en otro contexto podría parecer arbitrario, inaceptable, incluso irrespetuoso, en la UBA es apenas un poquito de dificultad. Volvemos a lo mismo: ¿La querés fácil? Ya sabés lo que tenés que hacer.

 

Aceptás y, sobre todo valorás, el hecho de que estudiar sea un esfuerzo.

Los que estudiamos en la UBA podemos protestar por la burocracia universitaria, reclamar por las pésimas condiciones edilicias y la falta de materiales, repudiar a los profesores maltratadores y defender a los maltratados (ad honorem, en muchos casos). Pero también reconocemos el punto en el que el reclamo por causas justas se convierte en la queja de aquel que quiere que la educación le sea servida en bandeja. Y ahí decimos “No, suficiente”. La educación no es un combo de McDonald’s. Conocemos la historia de la UBA, su tradición militante, la complejidad que la atraviesa, y agradecemos tener una universidad pública, gratuita y de prestigio, algo que en muchos otros países no existe. En ese sentido, las dificultades nos parecen rastros de esa historia, huellas que imprimen la experiencia de estudiar allí y que nos hacen defenderla a pesar de todo.