1. A aflojar la cédula.

En Guayaquil, tu cédula es una tarjeta de acceso universal. Si no la has renovado recientemente, tu cédula ha sido más manoseada que tubo de buseta, y probablemente la has empeñado hasta para la chancleta de la cerveza.

 

2. A regatear.

Si has visitado la Bahía, sabes dónde comprar ropa, dónde arreglar tu celular, y lo mejor, dónde comprar películas baratas. Pero pagar poco por algo que no se ha estrenado ni el cine no es suficiente: sabes regatear como guayaco de verdad:

– ¿Cuánto cuesta eso, amiga?
– 10 dólares, joven.
– Le doy 3…
– A 5 se lo dejo, no más.
– 4.
– Bueno, ya, lleve.

 

3. A manejar en zig zag.

Como toda urbe, Guayaquil colapsa a las seis de la tarde. Pero a diferencia de toda urbe, las calles de Guayaquil se convierten en una escena de acción de Rápido y Furioso con carriles de Metrovía. Yo no creo que La Roca pueda manejar en Guayaquil. Su triple cambio de carril y su rebase de la luz roja dejan mucho que desear.

 

4. A los piropos.

Guayaquil, aunque no lo crean, tiene una genética particular. El ritual de conquista guayaco es como ningún otro. Los guayacos (y guayacas) por naturaleza son conquistadores, valientes y frontales. Todo guayaco, sea por la dieta basada en seco con jugo de naranjilla, o por varios factores climáticos, ha desarrollado una glándula a un costado de las cuerdas vocales que segrega algo llamado “verborrea”, que domina al derecho y al revés. Nadie, pero nadie, se salva de la labia de un guayaco que agarró confianza, y nunca falta algún piropo en la calle que se eleva sobre el acoso para sacarte una carcajada a todo pulmón.

 

5. A cortar la fila.

Hacer fila es un deporte nacional que el guayaco sabe ganar. Como todo deporte, tiene sus reglas. Si tienes un amigo en la fila, corta la fila. Si no sabes dónde empieza o termina la fila, crea tu fila y corta la fila. Si no hay fila, haz fila y corta la fila. Si vienes en grupo, cada uno corta su fila. Si alguien rompe las reglas de la fila, cabréate y corta la fila. Básico.

6. A pitar en la luz verde.

Ni el fantasma de Mozart podría imaginar el hermoso concierto que es el tráfico de Guayaquil. Mi profesora de manejo me contó una vez que para hacer desquiciar a un busetero que se te cruce, es tu deber contar hasta diez para arrancar en una luz verde. Inténtalo: tú ganarás.

 

7. A la música de Puerto Limpio.

Si vives en Guayaquil, sabes que no hay peor apuro que recolectar toda la basura de tu casa al ritmo de la cancioncita de Puerto Limpio. Y luego la sacas, y el camión ya pasó tu cuadra. Esa canción, que sé que estás escuchando al leer esto, es una adicción más. Hazla tu ringtone.

 

8. ¡A comer en la calle!

Porque no importa en qué sector de la ciudad estés o a qué hora de la madrugada te dé hambre: siempre habrá un hueco de confianza que te ofrece encebollado, pasteles, ceviches, bolones, tostadas, batidos, pan de yuca, o la delicia de tu preferencia. ¿Encebollado en la madrugada? Listo. ¿Hamburguesas de carreta a la medianoche? Listo. ¿Pasteles y jugo mientras caminas por la calle? También.

 

9. A dominguear.

Sea a un centro comercial o a un punto turístico, el guayaco sale a comer los domingos. Pasear por Malecón 2000, el Parque Histórico, el recorrido de la Isla Santay, Las Peñas, e incluso el peloteo… son solo excelentes excusas para pasar un día increíble. Sabes que, en el fondo, la salida termina al sentarse en un lugar cómodo a comer rico, y si el dueño te acolita, aplacar el cansancio con una(s) chela(s).

 

10. A “arreglar”.

Aunque los tiempos están cambiando, no puedes negar haber presenciado el pase de un billete bajo la licencia. Si has estado en un choque, o ante la amenaza de que tu carro se vaya al vórtice de perdición conocido como el canchón de la Comisión de Tránsito, sabes lo que significa un “arreglemos”.

 

11. Al Chifa.

¿Sabían que el chaulafán es un plato típico de Ecuador? Una razón más para pegarte esa deliciosa montaña de arroz frito con salsa de soya y animales de dudosa especie en tu chifa de confianza. ¡Provecho!

 

12. ¡Al estilo de vida del Guayaco!

Nada le gana a ser guayaco y al orgullo que esto representa. Tenemos el acento más certero del país, porque no tenemos acento. Tenemos la independencia de haber empezado una independencia. Tenemos la libertad de estar en una playa tomando sol, o de ir a la sierra a disfrutar de patrimonios de la humanidad en menos de tres horas de viaje. Tenemos un río enorme y atardeceres increíbles. Tenemos un verano que dura todo el año. Y tenemos las cualidades de liderazgo y rebeldía de diez Steve Jobs. La mejor adicción de un guayaco, es saber que eres parte de Guayaquil. ¿Para qué pedir más?