Crédito: Eneas De Troya

1. Al puesto de la esquina…

No importa dónde vivas o dónde te hospedes, a un par de cuadras habrá un puesto que es famoso por vender el mejor lo-que-sea del rumbo. Una vez que le agarres confianza a sus tacos, jugos, tamales, ceviches, ensaladas de fruta o cualquiera que sea su negocio, difícilmente podrás dejarlo atrás.

 

2. Y también al museo de la esquina.

La Ciudad de México ostenta orgullosamente el título de la ciudad con más museos en el mundo, con alrededor de ciento cincuenta recintos dedicados a todo tipo de temas, desde los más mainstream hasta los más bizarros. Nada más con salir del metro Bellas Artes te encuentras a menos de quinientos metros de más de diez museos. Y no sólo presumimos cantidad, tenemos museos tan originales regados por las calles como el Museo de la Luz, el Museo del Juguete Antiguo o el Museo del Tequila y el Mezcal. Si buscabas variedad de opciones, no puedes esperar mucho más que esto.

 

3. A recorrer la ciudad en una bici rentada.

El programa EcoBici tiene ya algunos años promoviendo el uso de la bicicleta en las colonias más céntricas de la ciudad. No sólamente es una forma de desplazarse de manera eficiente en distancias medias y cortas, también es la mejor forma de turistear y hacer rendir las horas de un día libre por la ciudad. Utilizando EcoBici también te puedes unir a los ciclotones masivos que se organizan el último domingo de cada mes. La contratación del servicio es sencilla y muy barata.

 

4. A las gorditas de nata.

¡Las auténticas de maíz cacahuazintle! Las gorditas de nata en el comal constituyen uno de los olores más comunes y atractivos de las plazas públicas y parques de la ciudad. Fueron uno de los primeros alimentos en conquistar el mercado de las vías rápidas colapsadas por el tráfico de media tarde. Quién no ha buscado entre la morralla cuando el hambre aprieta en el coche y un letrerito verde neón anuncia: “Gorditas de nata a diez pesos. Prepare su cuota”.

 

5. A chacharear por tianguis y bazares.

Nunca más vas a querer ir al súper después de sumergirte en el universo de lonas multicolores de un mercado sobre ruedas. Aquí encuentras de todo: desde costales de naranja de la buena, hierbas medicinales, tehuacanes preparados y tacos de carnitas, hasta la máscara que usó el Santo en la filmación de “El Santo contra Capulina” o figuras de acción que salieron de circulación en 1982. Que tan surrealista quieres que sea tu día de compras depende exclusivamente de ti.

 

6. A la vista de los volcanes.

El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl son los dos picos que rematan el oriente de la ciudad. A veces nevados, a veces con fumarola, pero siempre imponentes y envueltos en tradición. Su ausencia durante los días de partículas suspendidas hace que valoremos más esos momentos en los que se asoman después de una noche de tormenta o durante esos días de octubre en los que todo se ve más clarito.

 

7. A la arquitectura del Centro Histórico.

Palacios de la época virreinal y otros más modernos conviven con la concurrencia que asiste a las calles del primer cuadro de la ciudad con todo su barullo. Saca la cámara, apunta en cualquier dirección y verás cómo en todas tus fotos aparece un edificio con alguna historia o algún detalle digno de compartir. La mayoría de estos edificios albergan distintos tipos de comercios, desde las tradicionales cantinas hasta cafés, restaurantes, galerías y museos; y los que no son comercios, son iglesias, o sea que fácilmente puedes entrar a comparar la arquitectura de los pasillos y patios con la de sus fachadas.

 

8. Al Sistema de Transporte Colectivo Metro.

Ahí viene el metro, que grandote, rapidote y segurote… Por más que nos encante quejarnos de nuestra elegante limosina naranja, el metro de la ciudad ofrece una relación calidad precio que ningún otro transporte de pasajeros en todo el país es capaz de ofrecer. Disfrútenlo plenamente tratando de evitar horas pico y recordando que a veces frena de golpe nada más porque sí.

 

9. A dar caminatas domingueras por las plazas y calles de los barrios de la ciudad.

Coyoacán, San Ángel, el Centro de Tlalpan, Santa María la Ribera, los parques de la Condesa, la Roma, Chapultepec, el Centro y mil otros lugares tienen todo el potencial para una de las actividades favoritas del mexicano: salir a dar la vuelta. Inténtenlo, agárrenle el gusto y vuélvanse adictos a la convivencia en los espacios públicos.

 

10. A las tortas de chilaquil.

Cuando hablamos de tortas mañaneras en la ciudad, podemos distinguir dos escuelas bien establecidas: los que apoyan la guajolota y los que apuestan por los chilaquiles. Aquí me inclino ante el ejemplo menos popular y, en mi humilde opinión, mucho más efectivo que la famosa torta de tamal. Pocos desayunos son tan buenos como los chilaquiles, qué mejor que ponerlos para llevar y darles ese toque extra atascado que sólo un bolillo bien calientito les puede dar.

 

11. A los tacos después de la fiesta.

La ciudad no sólo cuenta con la mejor y más diversa comida callejera del mundo, sino que buena parte de esa diversidad gastronómica atiende veinticuatro horas en locales selectos. Las miles de variedades de tacos, los caldos de gallina, las tortas gigantes y otras tantas delicias, exponen su verdadero potencial a altas horas de la madrugada. Esta adicción no es exclusiva de los chilangos, estoy convencido de que México merece la medalla de oro en lo que a comida post fiesta se refiere.

 

12. Al característico escándalo callejero de la Ciudad.

¿Cómo se escucha la ciudad? Es difícil definirlo en palabras, pero se escucha fuerte y su sonido es muy característico. La mezcla se compone de músicos callejeros, la omnipresente mentada de madre vía claxon, la música de las bocinas tronadas de un camión, gente gritando «súbale súbale» o «pásele, qué va a llevar», el ocasional avión volando demasiado bajo, el organillero de fondo y el zumbido de un metro que va pasando escuchado desde un respiradero en la calle. Hablamos mucho de la contaminación auditiva y de los niveles de ruido que tenemos que soportar, pero nada más nos mudamos a una ciudad más silenciosa e inmediatamente nos aqueja el Síndrome del Jamaicón.

 

13. ¡Al mejor clima del mundo!

A los chilangos nos encanta quejarnos del clima. Nuestros consejos para el visitante primerizo a la ciudad podrían espantar a muchos, pero una vez que te das cuenta que la diferencia entre “hace un chingo de frío” y “hace un chingo de calor” no son más de quince grados centígrados, entenderás lo evidente: nos quejamos del clima cada vez que este no es absolutamente perfecto. Aquí nunca hace demasiado frío, ni demasiado calor, nunca hay demasiada humedad y nunca está demasiado seco. Independientemente de la época del año, puedes salir a la calle con la misma vestimenta de siempre sin sufrir demasiados apuros. Eso sí, un paraguas en la bolsa nunca está de más.