1. A salir en pantalón corto y que nadie me diga nada

Lamentablemente, en la Ciudad de México las mujeres seguimos condenadas a escuchar lo que opina el sexo opuesto de nuestra apariencia. Estas opiniones pueden emitirse en forma de siseos viborezcos, susurros entre los que se alcanza a distinguir la palabra «mamacita» o propuestas desvergonzadas que salen a gritos desde un coche en movimiento y de las que una tiende a escapar a toda prisa. Estos «piropos» llueven cuando una lleva pantalón de chándal (o «pants», como les llamamos en México) o uniforme de trabajo, así que se imaginarán lo que un pantalón corto o una falda puede suscitar. Y se imaginarán lo raro que ha sido usar la ropa que mejor me parece sin tener que cambiarme de acera cada dos por tres…

2. A que «tortilla» signifique huevo con papa y no tortilla de maíz

3. A tomar agua del grifo (o «de la llave», como nosotros decimos)

Esta es una de las primeras lecciones que recuerdo haber recibido de mis padres: «y después de lavarte los dientes, escupes el agua. ¡Nunca tomes agua de la llave!». El agua «potable» en México sólo lo es relativamente, y tomarla te garantiza que unos días después tendrás dolor de cabeza, náuseas y problemas de estómago… ¡tienes bichos! No te preocupes, que las medicinas para los bichos y las lombrices están en los anaqueles más accesibles de la farmacia: a los mexicanos nos recomiendan desparasitarnos una vez al año. Al menos.

Para mí, llenar el vaso del grifo o abrir la boca bajo la ducha se sigue sintiendo como una travesura infantil que disfruto enormemente. Lo mismo con que solo sea necesario enjuagar las fresas antes de comerlas y no dejarlas flotando por diez minutos con unas gotas de desinfectante para asegurarnos de que no tengan cisticercos.

4. A que la lima sea el limón y el limón sea la lima

¿Dónde estuvo el error en la traducción? Para nosotros, el limón es el verde, que puede tener o no tener semilla, pero es siempre verde, con el que se hace el agüita de limón que tomamos con todas las comidas, el que echamos sobre los tacos porque el limón «corta la grasa», el que se exprime en una buena sopa de verduras, en totopos, patatitas, zanahorias, pepinos, cerveza… Es cosa de todos los días. La lima, en cambio, es una fruta gourmet. Es amarilla, más grande y dulzona, y sólo sirve para tomar agua de lima, cosa que es muy elegante y «de temporada»….

5. A que el desayuno sea solamente una tostada (que no es lo mismo que una tostada mexicana, además)

En vez de los desayunos mexicanos, que empiezan con ese mismo pan tostado con mantequilla y mermelada, pero continúan con jugo de naranja, huevos revueltos con jitomate, cebolla y chile verde con un par de tortillas y una porción de frijoles refritos, y una concha para remojar en el café con leche. O chilaquiles con medio pollo deshebrado encima. O, después de una borrachera, un pozole o un ceviche de camarón bien picante.

6. A que el café «normal» sea diminuto y el café grande apenas pequeñito

La mayoría de mexicanos, cuando nos dejan enfrente un café en España por primera vez, lo miramos como si se tratara de una confusión. No, no pedí un espreso. Quiero un café. Ya sabes. Un tarro de café. Y sí, aprecio mucho la galletita o el pedazo de pastelito esponjoso que me trajiste con este espreso, pero ya me lo acabé, ¿me lo rellenas? ¿No hay relleno gratis? ¿Ni uno solo? Humm…

7. A que la gente no me toque el claxon (o «pite la bocina») cuando cruzo por el paso peatonal

Y no tener que correr. Se podría decir que los pasos de peatones son en México una invención moderna a la que todavía no nos acostumbramos y, además, una mera sugerencia. Los conductores pueden detenerse. O no. Uno tiene que intentar hacer contacto visual con ellos antes de arriesgar la vida, y detectar si acelerarán desde muy atrás, indicándote que no tienen tiempo para que tú, peatón inferior, los hagas frenar, o si bajarán la velocidad y te harán un gesto con la mano: «órale, pásale, pero rápido». Entonces toca cruzar rebosantes de gratitud y corriendo, porque si no, te tocan el claxon. O sea: «ya te dejé pasar, lo mínimo que me debes es correr. Empuja esa carriola con más ánimo, arrastra a esos niños, carga a tu perro y usted, señora mayor que camina lento, tendrá que esperar al próximo benefactor». Aquí la gente frena antes de que uno llegue al paso peatonal. Nadie me ha pitado la bocina jamás, y eso que mi perro tiene la costumbre de hacer sus gracias siempre en las líneas blancas. A los conductores les toca esperar a que el señorito termine y a que yo, con sonrisa apenada, saque una bolsita…

8. A tener un DESHUMIDIFICADOR

(Esto quizá sea por estar en Galicia, lo sé). La verdad, la primera vez que oí de este aparato, creí que se trataba de un error. ¿Quién querría quitarle humedad al ambiente? En la Ciudad de México lo que tenemos es humidificadores, porque la resequedad le causa tos a los niños y hace que las narices nos sangren como de rutina. Ah, ¿y tener un medidor de humedad en la casa? Jamás se me habría ocurrido. Y ahora tengo dos.

9. A la puntualidad

Para un chilango (nativo de la Ciudad de México), llegar quince minutos tarde es llegar perfectamente a tiempo. Si serán veinte, ya envías un mensaje para avisar que «hay muchísimo tráfico», que siempre es verdad, y si resulta que estás saliendo de tu casa a la hora en la que habías quedado de llegar a tu cita: «me cerraron la calle, ya sabes», o «no sé, parece que un accidente en Viaducto o algo así» hará que la media hora que hiciste esperar a tu interlocutor esté perfectamente justificada. Las pocas citas que he hecho en España ya estaban mirando su reloj cuando yo venía llegando tres minutos tarde. ¡Tres! Bueno, eran cinco. ¿O diez?

10. A que las cafeterías y los bares sean básicamente la misma cosa

La mejor explicación que me han dado al respecto tiene que ver con la licencia para vender alcohol. Pero en las cafeterías también lo venden, ¿no? Sí. Y en los bares también hay café. Sí. ¿Hay más comida en las cafeterías que en los bares? No necesariamente. ¿Entonces? En México las cafeterías tienen comida y café y los bares tienen alcohol y botanas. A la cafetería vas a comer con tu familia; al bar no entran los niños y sólo hay cacahuates. Las cafeterías cierran a las once de la noche; los bares abren a las nueve.

11. A las diferencias entre tapas, pinchos, raciones, platos…

Ya es hora de que un experto haga una infografía para explicar la jerarquía y que los demás entendamos cuándo nos llegará un platito diminuto de ensaladilla y cuándo un bowl para tres personas. En México hay «una orden de» y punto.

12. A que la gente «coja» todo, desde una botella de agua hasta un camión…

Me sigue dando risita nerviosa.