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1. Cambie la vitamina t por jamón serrano y bocatas.

Como buena mexicana estaba acostumbrada a llenar de cariño y calorías la comida. En España tuve que sustituir la garnacha por la bocata o lo que es lo mismo, un pan seco con jamón, sin intermedios. Claramente esto no tiene comparación con nuestras tortas de la esquina dotadas de sus buenos frijoles, mayonesa, chile y acompañadas del siempre fiel Boing de guayaba… Ni modo, ¡es lo que hay!

 

2. Entendí que no todo es eufemismo.

Hay muchas cosas a las que los mexicanos no llamamos por su nombre. Aunque se rían, al igual que a muchos paisanos, la palabra caca me resulta inapropiada. En México decimos popo, chichis y pompis, y eso de enfrentarse a un país que dice tetas y culo a diestra y siniestra puede ser todo un choque cultural. Dicen que a todo se acostumbra uno, pero yo sigo sin ser fan de este español tan directo.  

 

3. Quité la dependencia de las tienditas de mi vida.

Me olvide del 7 eleven, del Oxxo y de las farmacias 24/7. Aprendí a planear a futuro y a contar con todas las provisiones necesarias para sobrevivir antes de las 10 de la noche. Después de esa hora… difícilmente alguien se apiadará de ti o de tus antojos.

 

4. Expulsé el doble sentido de mi cabeza.

¿De qué otra forma iba a coger un taxi sin que sonara como una gran hazaña?

 

5. Aprendí que existe un mundo más allá del limón.

Se acabaron los días de bañar en limón toda la comida. En España despilfarrar limón es como tirar dinero por la calle. ¿Quién diría que una jarra de agua de limón podría ser visto como un símbolo de poder económico? ¡No cualquiera es tan pudiente!

 

6. Me olvidé de las palabras mágicas de toda sana convivencia.

Los mexicanos somos muy cursis y los buenos modales son el pan nuestro de cada día. Al mesero o camarero se le habla de usted, nada de “me pones una caña”. Una vez que cruzas el charco, frases del día a día como “lo molesto con…” o un simple “disculpe…” se volverán incomprensibles y te harán quedar como bicho raro. Es un trato medio apache que sigo sin entender completamente.

 

7. Cambié mi concepción de una “cita formal”.

En México se dice que es de caballerosque pasen por ti, que te regalen flores, que te lleven serenata, te abran la puerta del coche y te regresen sana y salva a casa. Todos estos elementos son comunes en las primeras citas… ¡pero no en España! Espero que no me lo tomen a mal mis amigos españoles, pero eso de fijar una hora, lugar y hacer esperar a una mujer como técnica de conquista… ¡Óigame, no!

 

8. Entendí que saludar con un sólo beso no es suficiente.

¿Por qué conformarse con un cachete cuando puedes plantar un beso en los dos? En más de una ocasión, la fuerza de la costumbre hizo que dejara a algún español esperando el segundo beso, pero con el tiempo aprendí y dominé esta nueva forma de saludar.

 

9. ¿Un tequilita? No… mejor un tinto de verano.

El tequila por aquí es caro, malo y muchas veces inexistente. Entre los gustos que vinieron a sustituir al destilado de agave destaca el tinto de verano, que junto con las cañas de cerveza y otros vinos, resultan ser la opción más económica y lo que siempre está en promoción.

 

10. ¡Dejé de usar barras de jabón!

Reemplacé esa deliciosa sensación de tallarte con una buena barra de jabón por el práctico gel de baño… aunque siempre he tenido la sensación de que con el gel no te limpias del todo bien.

 

11. Dejé de salir repleta de bolsas de supermercado.

Una de las formas que tienen los españoles de hacer conciencia sobre del medio ambiente es cobrándote cada bolsa de plástico que ocupes para tus compras. Lo mejor es llevar tu propio carrito a todos lados.

 

12. Aprendí a no juzgar un lugar por su apariencia

Regla de oro cuando de tapas se trata: entre más servilletas haya en el piso, mejor es el lugar. ¡Que no les digan, que no les cuenten!