Foto: Julio Bernardovich

1. Que me empacasen la compra en el supermercado.

Una característica de los supermercados panameños es la figura del “empacador”, una persona que a cambio de alguna propina guarda la compra en bolsas y luego la lleva al auto o acompaña a los clientes a tomar un taxi. En España esto no existe, así es que me tocó cambiar el chip y aprender a preparar mis propias bolsas. ¿Lo más complicado del proceso? Descubrir el truco para abrir las bolsas plásticas.

2. Preguntar a los taxistas si me podían llevar.

En Panamá los taxistas tienen la terrible costumbre de bajarte del taxi si tu destino no está en su ruta, así es que los panameños estamos acostumbrados a que, antes de subir, debemos preguntar si nos pueden llevar y acordar la tarifa de dicha carrera. Aún recuerdo la cara de signo de interrogación que se le quedó al primer taxista español al que le compartí mi destino antes de subirme a su vehículo.

3. Pasé de desayunar bisté picado y tortillas a bollos con Cola Cao.

En Panamá la primera comida del día suele ser salada. Es cierto que no siempre tenía tiempo para preparar algo muy elaborado, pero en general el queso, el jamón o el huevo siempre estaban presentes en mis desayunos. En España, en cambio, aprendí que los muffins (magdalenas) y los pastelitos dulces (bollería) no son solo postre, sino que sirven para romper el ayuno matutino.

4. Comprar algo de tomar o de picar una vez dentro del autobús al viajar hacia el interior del país dejó de ser una opción.

En mi bello istmo tropical es muy común que justo antes de que un autobús de ruta interurbana parta, suba alguien vendiendo refrescos, botellas de agua, chicle o bolsitas de papas para amenizar el viaje a los pasajeros. En España, como no me aprovisione antes de salir a la zona de embarque, paso hambre durante el viaje.

5. Lo de “pedir parada” en el bus de ruta quedó en el olvido.

Todos los autobuses en España vienen equipados con botones para solicitar la parada, así es que eso de gritar “parada” desde el último asiento confiando en que mi tono de voz fuese lo suficientemente alto como para que el conductor me escuchase se convirtió en una anécdota. Ah, y ningún bus abre sus puertas fuera de las paradas establecidas, así es que más me vale estar bien atenta si no quiero bajarme más lejos de la cuenta.

6. Dije adiós a la tranquilidad de hacer súper a las 3 de la mañana.

Seguro que cualquier español pensaría que hacer la compra a las 3 de la mañana es una locura, pero los panameños diríamos: “¡qué va!” En Panamá muchos supermercados abren 24 horas, por lo que para evitar los tranques, la pesadilla de buscar estacionamiento y las filas kilométricas para pagar, el hacer la compra en horas de la madrugada es una opción que muchos aprovechan. Eso sí, a esas horas mis compañeros de compras eran los fiesteros de turno.

7. Comencé a prestarle atención al pronóstico del tiempo.

En Panamá llueve, escampa, se nubla, sale el sol, chispea y así se repite día tras día, semana a semana durante toda la temporada lluviosa, es decir, durante casi todo el año y como es de esperar, el pronóstico del tiempo anuncia lluvias sempiternamente. No miento cuando digo que mi método para “predecir” si en la siguiente media hora iba a llover o seguiría soleado era simplemente mirar al cielo. Así es el tiempo en el trópico. En España, en cambio, aprendí a ver la predicción del tiempo antes de salir de casa para no pasar el día “sobre vestida” o tiritando de frío.

8. Me despedí de mi fruta favorita, el mango.

El trópico ofrece un gran número de frutas exóticas y deliciosas, pero sin lugar a duda de la que más me costó despedirme fue del mango. Cuando es temporada en Panamá, aprovechaba los mangos en todas sus formas: verdes para comerlos con sal, pimienta y vinagre; maduros para disfrutar sacando hasta el último trocito de pulpa de la semilla; y pasados, que sirven perfectamente para un buen batido. La única forma de tirarlos es si tienen gusanos, y a veces ni así. Gracias a la globalización, a España llegan los mangos de diferentes partes del mundo, pero son caros y la mayoría madurados “a la fuerza”, así es que para evitar una decepción que apachurre mi corazoncito mejor me abstengo de comprarlos.

9. Llevar a planchar la ropa a la lavandería.

En cuanto al cuidado de la ropa, no hay nada más sabroso que que alguien más se encargue de la tediosa tarea de planchar. En Panamá, gracias al bajo costo del planchado por pieza, podía darme el lujo de llevar las prendas que así lo ameritasen a la lavandería; en España este servicio es tan caro que tengo dos opciones: o compro ropa que no necesite plancharse o perfecciono mi técnica de planchado.

10. La visita semanal al salón de belleza.

Que si retocar las mechas, que si el corte de pelo, que si el manicure, que si tengo una fiesta y quiero ir guapa… en Panamá siempre hay una razón para visitar el salón de belleza. Al salir de Panamá no solo le dije adiós a mi estilista de confianza, sino también a la costumbre de visitar cada semana el salón, porque en España esta tradición puede romperle el bolsillo a cualquiera. Eso sí, el clima seco de Madrid ayuda a que el cabello se porte mucho mejor que si lo dejo libre en mi húmedo terruño tropical.

11. Las largas filas en los bancos cada quincena.

En Panamá muchos empleadores pagan a sus colaboradores a través de cheque y por si fuera poco la norma es que dicho pago se haga de forma quincenal, por lo que semana sí, semana no, hacer cualquier trámite en un banco es una verdadera pesadilla. Por fortuna, aquí me liberé de ese estrés, simplemente le di mi número de cuenta bancaria al encargado de recursos humanos y una vez al mes recibo mi dinero sin filas y sin demoras.

12. El año termina en noviembre.

Los próceres de la patria planificaron muy bien los hitos de la historia panameña, pues todos se desarrollan muy cerquita los unos de otros en el mes de noviembre: el 3 conmemoramos la separación de Colombia, el 5 el movimiento de separación en la provincia de Colón, el 10 el grito de independencia de La Villa de los Santos, el 28 la independencia de España, y todos son feriados nacionales. Y termina noviembre y el 8 de diciembre tenemos el día de la madre y luego el resto de fiestas y el ambiente decembrino. Es por eso que cuando veía a la gente por la calle desplegando banderas o vistiendo atuendos típicos me decía ‘uff, ya se acabó el año’. En cambio en España debo esperar hasta mediados de diciembre para que me embargue esa sensación.