1. Beber los vientos por alguien

Ah, el amor. Nos arrebata la poca cordura que teníamos y nos obliga a acciones tan extrañas como beber el viento. Bebemos los vientos por alguien cuando estamos enamoradísimos de esa persona, aunque el origen de la expresión es algo menos romántico. Según la Historia de la lengua y literatura castellana de Julio Cejador y Frauca, todo viene de los perros de caza venteadores que parecían beber el aire cuando lo olfateaban. La explicación sabe a poco, ¿no? Para que no te vayas con esta sensación de insatisfacción, una curiosidad extra: antes los amantes eran más pasionales y la expresión completa era beber los vientos y los elementos por alguien.

2. Caerse el alma a los pies

Esperamos que no se te cayese el alma a los pies al leer que beber los vientos por alguien tiene que ver con el mundo de la caza. Con esta expresión tan clara y hasta visual, aprendemos cosas como que el alma no se aloja en los pies, sino en lugares más elevados y peligrosos de los que se puede caer. Podría estar en el pecho, ¡podría estar incluso en la cabeza! La caída ante una decepción es siempre dura y dolorosa.

3. Bailarle el agua a alguien

Es lo que hacemos por esa persona por la que bebemos los vientos (o por alguien de quien queremos algo, porque es un acto casi siempre interesado): le bailamos el agua. ¿Nos ponemos a balancear un vaso de agua delante de sus narices? ¿Realizamos una danza ancestral que hemos desarrollado en nuestra habitación y que imita el movimiento de nuestro preciado tesoro líquido? No, claro. Nos limitamos a sonreírle, darle la razón, y hacer un poco todo lo que quiera que hagamos. Covarrubias dice que la expresión viene de lo que hacían las criadas por sus señores: cuando hacía calor, echaban agua en el suelo exterior de la casa para refrescar el ambiente.

4. Vivir en las nubes

Hay gente que tiene la cabeza en las nubes y gente que, directamente, vive ahí. No físicamente, claro. Los verás por aquí, mirando el vacío mientras les hablan y sobresaltándose cuando les llaman la atención; cruzando semáforos en rojo no por temeridad o poco respeto a las normas, sino por despiste; buscando esas gafas que tienen puestas. No te enfades con ellos, sube a las nubes también y seguro que os encontráis allí.

5. Poner la mano en el fuego

Hay expresiones poéticas y expresiones de poetas algo fantasmas. ¿Cuántas de esas personas que aseguran poner la mano en el fuego por ti lo harían —en un plano literal— llegado el momento? Menos mal que vivimos en pleno siglo XXI, cuando todo es metafórico y posmoderno, porque el origen de la expresión sí es literal. Se refiere a lo que hizo el joven romano Mucio para demostrarle al etrusco Porsenna, que estaba asediando Roma y a quien quería matar, que los romanos eran gente dura y valiente. Puso la mano en el fuego y dejó que se quemara sin emitir ni un gemido. Porsenna, claro, carraspeó y dijo a sus tropas: «pues casi mejor nos vamos, ¿no?».

6. Ver las estrellas

Podría ser algo muy romántico, pero ya sabemos que no. Vemos las estrellas de forma figurada cuando nos damos un golpe o cuando algo nos duele mucho. Y todos sabemos de dónde viene la expresión si lo hemos vivido alguna vez en nuestras propias carnes: vemos de verdad estrellitas si nos damos un golpe fuerte. No son las del cielo, no hay constelaciones y lo último que queremos es sacar el telescopio, pero las estrellas están ahí.

7. Echar flores

Aquí pasa algo muy curioso: esta expresión puede significar una cosa y lo contrario, dependiendo de dónde estés cuando la digas. El significado más extendido es el de halagar o piropear a alguien (o, según la RAE, ‘requebrar’, que en su segunda acepción es «halagar a alguien, especialmente a una mujer, con piropos o palabras que destaquen sus atractivos», que es algo que diría un señor de 80 años seguidor de Arturo Fernández). En Cuba, no obstante, echar flores a alguien significa ‘decir maldiciones o palabras groseras y vulgares’. Ya sabes, cuando el piropo se pasa un poquito de la raya de lo aceptable.

8. Con el corazón en un puño

«Me tuviste todo el día con el corazón en un puño», le decimos a esa persona que no nos ha contestado a nuestro atento Whatsapp que decía «hey». ¿Exagerados? ¡Claro que no! Se lo decimos de verdad, con toda la sinceridad del mundo, con el corazón en la mano. Pobre corazón al que no dejamos de manipular.

9. Deshacerse en lágrimas

Otra de esas expresiones que no necesitan explicación ni investigaciones para hallar sus orígenes. ¿Qué otra cosa vas a decir cuando alguien llora de forma desconsolada? Se está deshaciendo en lágrimas de forma tan clara y directa que hasta parece que cada vez es un poco más pequeñita.

10. No tener sangre en las venas

Dirán los biólogos, médicos y demás gente de ciencia que esto es técnicamente imposible, pero todos hemos conocido a alguna de estas personas, por mucho que nos duela admitirlo. Tan tranquilas, tan calmadas, que nada, absolutamente nada las altera. Si no tienes sangre en las venas o la tienes de horchata (un poco lo mismo), es evidente que tampoco eres de los que se pasan el día con el corazón en un puño o te lo dicen todo con el corazón en la mano.

11. Poner el grito en el cielo

Solo para gente con sangre en las venas que además es un poco susceptible y fácil de indignar. Es también bastante expresiva: si ponemos el grito en el cielo no nos enfadamos sin más, sino que hacemos que todo el mundo lo sepa. Nos han ofendido, maldita sea. Tal afrenta no puede pasar desapercibida. Nuestra protesta, nuestro grito, llegará al cielo si hace falta.

12. Vender humo

Está claro, ¿no? Los vendehúmos no son magos: su producto es tan volátil como las promesas que te hacen. No te fíes y no te dejes llevar por la poesía de la expresión. Lo que venden no es un humo mágico ni milagroso digno de taza de Mr. Wonderful, no son algo que puedas cazar ni atrapar como los sueños (que, ejem, ¿no son un poco humo también?). El humo es humo y si alguien te lo vende te está engañando. Vender humos, nos cuenta la RAE, es «aparentar valimiento y privanza con un poderoso para sacar utilidad de los pretendientes». No compres.