Crédito: Dan Cox

1. Empecemos con lo obvio…

Tenemos la mejor y más variada oferta culinaria del planeta y nadie lo puede negar. Si le repartieran trabajos a cada uno de los países del mundo, seguro que a México le tocaría ser el chef, pero no cualquier chef. México sería un cocinero versátil que igual atiende en un changarro de la esquina que en un restaurante de fama internacional y no tendría problemas con memorizar docenas de ingredientes para preparar un solo platillo o experimentar con nuevas creaciones. Eso sí, tendría una severa adicción a las tortillas.

2. ¡Regatear!

¿Cuánto es lo menos?, ya para que me anime, ¿y si me llevo otros dos? Este juego de estrategia verbal se puede prolongar todo lo que uno quiera hasta obtener un precio que “suene justo”. Muchos pensarán que somos unos miserables por estar peleándole un peso a la señora de las cebollas, pero es una tradición de cientos y cientos de años que no va a desaparecer ni por todo el poder del libre mercado. Y sí, si pudiéramos, le regatearíamos al cajero del súper… lástima que él no pone los precios.

3. Andar cacheteando la banqueta por cualquier desventura amorosa.

¡Ay dolor, ya me volviste a dar! Las entradas más populares del cancionero mexicano tienen algo en común: su único propósito es echarle limón a la herida. ¿Masoquistas? ¡Para nada!

4. Dar las respuestas más confusas para evitar una negativa.

¿Falta de contundencia o exceso de cortesía? ¿Quién sabe? El punto es que a los mexicanos se nos dificulta enfrentarnos con situaciones en las que tengamos que brindar una negativa rotunda. El lado jocoso de esto es que hemos desarrollado una cantidad de artimañas lingüisticas que dejan a cualquier extranjero pasmado con nuestras ambigüedad. Ahí tienen el famosísimo ahorita, cuya traducción más apropiada sería “ahora no y después quién sabe” o ese sutil gracias que entre nosotros es un simple y sencillo ¡no!

5. Dar las gracias.

No sé quién tenga el récord de decir “gracias” más veces en la menor cantidad de tiempo, pero meto las manos al fuego si no es mexicano. Y sí, aquí también se incluyen todas las veces que decimos “gracias” para decir que “no”.

6. Llenar nuestro entorno de colores.

Uno no sabe lo que tiene hasta que se va de México y se da cuenta que la gama de colores de una ciudad mexicana está muy, pero muy por encima de las ciudades extranjeras. Y no es sólo “cosa de pueblitos”, por algo Luis Barragán y Ricardo Legorreta son dos de los arquitectos más reconocidos internacionalmente. Pero no sólo hablemos de la arquitectura, dense una vuelta por su parque más cercano y vean los colores con los que se viste la gente, los colores de la comida, los dulces, las flores, las artesanías o el impacto visual que provoca un sólo globero. ¡Está cabrón que incluso seamos la cuna de la tele a color!

7. Recordar a nuestros muertos.

Nuestra tradición más conocida a nivel internacional es un simple reconocimiento a nuestra mortalidad y un homenaje a todos los que pasaron por esta vida antes que nosotros. ¿En dónde más se van a encontrar un despliegue de tradición más fuerte que el Día de Muertos?

8. Festejar todo como si no hubiera mañana.

La “típica boda de pueblo” existe, está ahí afuera y en verdad dura todo el fin de semana. Pero no nos vayamos con lo más extremo de nuestro repertorio fiestero. En México cualquier cosa es buen pretexto para reunir quórum y entrar en un frenesí festivo. Ver un partido de fútbol, la obligada reunión del viernes con los amigos de siempre, los domingos familiares, los cumpleaños de toda la parentela, el bautizo del sobrino, la titulación de Luis, que ya tronaste con tu novia, que ya regresaste con tu güey… Eso sí, no importa a qué hora comiencen las celebraciones, sabes que van a terminar muy tarde. Somos de carrera larga y los horarios de todos los establecimientos a tu alrededor lo comprueban.

9. Ir muy arregladitos al trabajo.

No importa la desvelada de la noche anterior, hay que levantarse temprano para ponerse al tiro e ir a trabajar. Ya habrá tiempo para dormir en el metro o en el camión, una vez que vayan todos perfumados y con peinados que requirieron sus buenos trescientos mililitros de gel. Claro, a menos que hayas considerado el tiempo en el transporte para acabar de enchinarte la pestaña mientras los tubos le dan a tu copete ese toque tan altivo.

10. Correr largas distancias.

Me refiero a un grupo de mexicanos en particular: el pueblo rarámuri. En más de una ocasión, han dado cátedra a corredores internacionales de lo que significa resistencia física… y no necesitan traer el último modelo de Nike ni usar suplementos alimenticios de última generación para hacerlo.

11. ¡Preocuparnos por la chamba!

Según la Organización Mundial de la Salud, el estrés laboral es un problema muy fuerte en México y estamos por encima de países que tiene el estigma de estar muy afectados en este mismo sentido (entiéndase China y Estados Unidos). El estrés tiene repercusiones físicas importantes y las afecciones cardiacas son una de las principales consecuencias. Si a eso le sumamos que también somos los mejores entrándole a las garnachas y a la Coca… pues tampoco nos estamos ayudando mucho.

12. Cruzar palabras casuales con desconocidos.

Eso de andarle diciendo buenos días, buenas tardes y buen provecho a todo el mundo no es normal fuera de México, aunque nos cueste creerlo. Más curioso en nuestro trato con las personas que nos rodean, es lo rápido que pasamos del cotidiano “buenos días” a establecer pláticas casuales. No me digan que nunca han chismeado con el señor de la tienda o han echado el cotorreo con la señora de las tortillas. ¡Si somos bien confianzudos!