1. Vas a romper la dieta.

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Es más que obvio. Con una panadería en una esquina, el puesto de garnachas afuera del Oxxo y los tamales oaxaqueños llevándote serenata a las ocho de la mañana, no hay mucho que puedas hacer contra el regreso de esa pancita.

 

2. Te vas a empezar a quejar hasta del clima más perfecto.

Porque hoy en la mañana hacía un frío (14ºC)… ¡y después el calorón a mediodía! (25ºC). Estos son los problemas de una ciudad en la que el guardarropa de invierno es exactamente igual al de verano, pero con suetercitos.  

 

3. Vas a querer ir caminando a todos lados.

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Porque si algo hay aquí, son calles que se prestan para pasear.

 

4. Se te van a subir los humos.

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Porque pasear por un mercado es como ser una estrella de cine. Medio mundo te habla, te chulea y hasta te regala cosas. Y eso es cuando no te conocen. Una vez que te haces marchante de un vendedor, verás lo que es el verdadero trato VIP.

 

5. Te vas a acostumbrar a comer en lugares con las tres bes…

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Bueno, bonito y barato son adjetivos que acompañan a la gran mayoría de las fonditas que se encuentran regadas por toda la ciudad. Una vez que encuentres tu comida corrida favorita, va a estar difícil que regreses a cocinar en casa.

 

6. Te vas a volver adicto al limón.

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¿Y cómo le vas a hacer para calmar tus ansias cuando regreses a casa? Esa jarra de agüita de limón que te regalaban en la fonda no es un vicio sustentable lejos de estas tierras.

 

7. Te vas a perder en la ambigüedad del tiempo local.

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Ahorita te quejas de la falta de puntualidad de los chilangos, pero a fuerza de convivencia y de siempre ser el primero que llega a las reuniones entenderás que “a las ocho” es en realidad “antes de las nueve”, que “llego en cinco minutos” es “si voy a llegar” y que “ahorita” no tiene interpretación posible.

 

8. ¡Te vas a enchilar!

Dos consejos: Pregunta qué es “con todo” antes de aventarte como el Borras y no confíes ciegamente en el chile que no pica.

 

9. Vas a querer recorrer todos sus museos…

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¡Y no te va a dar tiempo! Con más de 170 sitios registrados como museos (y otras tantas galerías), la Ciudad de México es una de los lugares con más museos en el mundo. Y no comprometemos la calidad por la cantidad, muchos de estos sitios tienen renombre internacional por sus exposiciones permanentes, pero también por su belleza arquitectónica.

 

10. Vas a acostumbrarte a ver flores todos los días…

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¿Y qué vas a hacer cuándo vuelvas a tu casa y te encuentre ese paisaje gris que solo te regala flores unos dos o tres meses al año?

 

11. Vas a convertirte en un ser muy malcriado que no come más de dos veces un platillo, excepto cuando quiere…

Es que la gastronomía mexicana es tan rica (recordemos que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad), que tendrás la mayor variedad de comida del mundo, desde platillos de origen prehispánico hasta recetas de fusión. ¡Y todo riquísimo!

 

12. Vas a sonreir demasiado…

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Y es posible que hasta te conviertas en una persona más simpática y tus amigos no te reconozcan cuando vuelvas a casa. La gente es amabilísima y el sentido del humor mexicano, simplemente, no tiene parangón. Es que amigos, como México… ¡no hay dos!