Foto: Nacho Pintos

1. Te obligará a hablar del tiempo.

Y hablar del tiempo con un gallego, descubrirás, no es ninguna tontería ni conversación banal. Requiere invertir tiempo en investigación -ningún gallego te mirará con respeto si descubre que basas tus expectativas meteorológicas en una única fuente -, rescatar de tu memoria cómo han sido los veranos e inviernos de los últimos años, compararlos con los de tu infancia, y ser capaz de mirar al cielo y decirle a tu invitado qué tiempo va a hacer mañana.

2. Provocará un conato de incendio en tu casa mientras recita versos satánicos.

Te dirá que es una queimada, que es tradicional y que se hace así, pero tú preferirías que tu casa no fuese el lugar escogido para echar aguardiente y especias en una olla y prenderle fuego. Manías tuyas.

3. Te pegará el acento.

Llegará con su sonrisa inocente y ese acentiño ante el que no puedes evitar sonreír y sentirte un poco superior, bajarás la guardia, y atacará sigilosamente sin que te des cuenta, metiéndose en tu cerebro y cambiando todos los cables en la zona neuronal que controla el lenguaje. Los tiempos compuestos tardarán en volver a tu discurso.

4. Sentirás que no quiere estar ahí.

Porque, maldita sea, utilizará cualquier excusa para hablar de lo bonita que es Galicia, para compararlo todo con cómo se hacen las cosas en su tierra (mejor, te dará a entender), y tendrás que estar atento para que no le eche pimentón a todos tus platos en cuanto te despistes. Después lo descubrirás mirando por la ventana y suspirando.

5. Aparecerá con mucha comida que tendrás que comerte.

Que si los grelos de la huerta de su abuela, que si la empanada de xoubiñas, que si el chorizo de la aldea, que si los pimientos de Padrón (“de los de verdad”),… Disfrutarás comiéndolo todo, sí, pero luego tendrás que pasar varios días a base de sopita y Almax.

6. Te darás cuenta de que vives en un lugar aburrido.

Porque te preguntará si no hay ninguna fiesta a la que ir en algún pueblo cercano y qué celebraciones gastronómicas tenéis ese fin de semana. De pronto tus queridos bares de tapas y copas te sabrán a poco.

7. Se te morirá de calor.

No literalmente (es de esperar), pero a no ser que hayas invitado a un nativo de Ourense, si vives en una zona con veranos de más de 30º y es esa la época en la que te visita, prepárate para un invitado que se arrastra por tu casa y tu ciudad, se pone rojo, suda, y pregunta si no va a llover nunca.

8. Te hará sacar las mantas en verano.

Porque una cosa no quita la otra, y en el universo mental del gallego por las noches refresca, razón por la que verás su sutil cara de pánico al descubrir que en su cama solo hay una sábana. Si lo ha pasado muy mal de día por el calor quizá se conforme con una colcha.

9. Tendrás la peor resaca de tu vida.

Aparecerá en tu casa con una botella de brebaje maléfico llamado licor café, posiblemente casero, y se empeñará en que toméis un chupito después de cenar. Te despertarás a la mañana siguiente sin recordar nada, con objetos extraños a tu alrededor y queriendo morir. Tu invitado te preguntará si esa noche repetís.

10. No sabrás qué quiere hacer.

Tú le preguntarás qué le apetece, le harás sugerencias y te contestará con otras preguntas o, peor, con una afirmación con el verbo que has usado para preguntar. “¿Te gustaría…?” “Me gustaría”. “¿Tienes ganas de…?” “Tengo”. “¿Vamos a…?” “Vamos.” En teoría es un sí, pero algo en su forma de decirlo te hará preguntarte si no es en realidad un “podemos hacer eso si es lo que te apetece, yo preferiría dedicarme a otras actividades, pero si a ti te parece bien, a mí me parece bien”. Te sentirás mala persona y egoísta.

11. Te hará replantearte toda tu vida.

Preguntas, más preguntas, afirmaciones que no lo son o que son todo lo contrario, silencios, miradas, frases misteriosas. El gallego se irá y te dejará en un mar de confusión, sin saber ya qué es cierto, en qué crees, en qué no, y mirando con ojos deseosos el fondo que queda de esa segunda botella de licor café que no sabes cómo ni cuándo tu invitado hizo aparecer en la nevera.

12. Querrás mudarte a Galicia.

Será lo único que saques en claro de su visita. Lo bueno es que, si lo haces, será la mejor decisión que tomes en la vida.