Autora de la imagen: Almendra Cohen

A primera vista, nadie te soporta.

Te das cuenta en cuanto hablás con alguien de otro lugar de Argentina o de Latinoamérica.

 

Y no entendés por qué. Si sos lo más seductor que hay…

Es que todos (y todas) quieren descubrir qué hay detrás de nuestra fama de ser soberbios y arrogantes y, al mismo tiempo, tremendamente seductores. Es esa mezcla, nuestro particular ying yang, lo que nos hace irresistibles.

 

Solés usar las palabras “Argentina” y “Buenos Aires” como si fueran lo mismo.

Los porteños oscilamos entre no sentirnos muy argentinos y sentir que somos los únicos argentinos.No en vano decimos que «la Argentina se termina en la General Paz».

 

Sentiste al menos una vez que pertenecías a otro lugar.

Es que nos tira la sangre europea de nuestros abuelos y siempre estamos mirando al puerto. Muchos incluso tenemos la doble nacionalidad italiana o española y, el que el que no la tiene, la desea con locura.

 

Para vos no hay grises.

Ya sea que estemos hablando de Messi o de Maradona, del Gobierno o del Papa, del laburo o del tiempo, los porteños opinamos siempre en blanco y negro. O algo es ”lo mejor que hay» o es «la peor mierda que puede existir».

 

Tenés fama de chanta (pero sos un dulce).

Hazte fama y échate a dormir, dice el dicho, y si bien no somos todos chantas, basta con tomarse un taxi en Buenos Aires para comprobar que algo de verdad hay. Sin embargo, la mayoría de los porteños somos (brutalmente) honestos. Siempre les recomiendo a mis amigos extranjeros que se tomen su tiempo para confiar en un porteño y descubrir si es un chanta. Pero que una vez que encuentran a uno del palo, se ganan un amigo de fierro para toda la vida.

 

Buenos Aires es tu Cielo y tu Infierno.

Cuando te vas de la ciudad te das cuenta de que no hay ningún lugar en el mundo que se pueda comparar con Buenos Aires. Ninguno tiene ese espíritu de paraíso perdido, de ser un pedazo de lo mejor de Europa plantado en América. Extrañás todo, desde la comida y la vida nocturna y lo mucho que te divertís, hasta a aquella ex novia que te dejó sin que te dieras cuenta.

Pero cuando vivís en Buenos Aires, la ves como un rincón del Tártaro puesto a orillas del Río de la Plata. El tráfico, la humedad, la cantidad de gente, la inseguridad, la histeria y el machismo te hacen hablar de Buenos Aires como si del mismísimo infierno se tratara.

 

Estás convencido de que hablás el castellano más lindo de todos.

¡Y lo es!

 

Te la bancás. Siempre.

Será que crecer en la calle nos hace guapos. O será que nuestra historia teñida de sangre nos marcó a fuego. Pero los porteños somos valientes y nos lanzamos al vacío. Y volvemos del vacío. O estamos a punto de saltar.

 

Sos especialista en todo.

Los porteños la tenemos re clara. Hemos sido bendecidos con la sabiduría de saber mucho sobre todos los temas. Hemos estado en todos lados y en todas las situaciones o tenemos un pariente, amigo o conocido que estuvo. Podemos resolver cualquier situación desde la mesa del bar y siempre (siempre) tenemos razón. Los demás «no entienden nada, ¿viste?».

 

Sos integracionista y racista al mismo tiempo.

Si sos porteño seguro sos tambień «open minded». Buenos Aires es la ciudad de la diversidad, la cosmopolita, la que tiene lugar para todos. Es la capital gay de Latinoamérica (no hay otra ciudad con más transexuales en el continente) y todas las religiones y etnias tienen sus representantes. Así somos, amables e integracionistas. Pero al mismo tiempo tenemos nuestro gran enano fascista, que aparece muy rápidamente  en cuanto nos calentamos o en esos chistes dolorosos como puñaladas. Las expresiones como negro de mierda, bolita, paragua, sudaca, brazuca, latinaje o son todos putos (¡o los chistes de gallegos!) nos delatan.

 

Nos besamos todo el tiempo.

No importa si somos todos hombres o si es un grupo de absolutos desconocidos: los porteños de ley saludamos siempre con un beso. Ahora que vivo fuera del país, siento que me falta algo cuando saludo y cuando me despido. ¡Qué frío me resulta el apretón de manos!  Nuestro beso en la mejilla acorta las distancias e invita a la amistad.