Crédito: Amaya Juan

 

1. La güerificación espontánea.

Empezamos con un superpoder pasivo más asociado con la Ciudad de México que con los propios chilangos. La güerificación permite al chilango transformarse en güero al momento de entrar en contacto con otros chilangos desconocidos. Ojo, los más morenos necesitarán de grandes multitudes para güerificarse (tianguis, mercados, festivales y eventos masivos son perfectos para este fin); por el contrario, un chilango con el pelo castaño (o con rayitos rubios), puede güerificarse incluso frente a sus propios familiares y amigos.

Nota: la güerificación es imposible de detectar por el sujeto en cuestión.

Nota 2: No tengo idea de qué fin práctico pueda tener este superpoder, pero eso de la metamorfosis tiene algo interesante.    

 

2. La súper contorsión subterránea.

Apenas baja las escaleras del Metro, el chilango comienza a notar una mayor soltura en sus articulaciones. Este poder le permite al usuario común del transporte público contorsionar su cuerpo hasta ocupar un espacio no mayor al de un paraguas grande o un par de escobas; esta habilidad es más efectiva alrededor de las 6:30 de la mañana y alrededor de las 7 de la tarde.      

 

3. El peinado inamovible.

La Ciudad de México es un escaparate de peinados dignos de una película de ciencia ficción setentera, de esas donde el futuro y la moda comparten un aire de surrealismo y distopía. Independientemente de lo que podamos pensar sobre los peinados relamidos en exceso, del copete de lata de Pepsi o del típico look de piquitos, y del tiempo que esa pobre gente le invierte a sus piquitos cada mañana, es digno de aplausos que el chilango haya refinado la técnica para que no se les mueva ni un pelo después de la jornada laboral y de sus correspondientes traslados.

 

4. El estómago blindado contra la venganza de Moctezuma.

No hay chilango que no haya emprendido una aventura culinaria de alto riesgo. Cuando el hambre aprieta en territorio desconocido y optamos por darle oportunidad a esa fondita que “no se ve tan mal” o al puestito que tiene más gente, siempre estamos en una ruleta rusa con la diarrea; sin embargo, son pocas las veces en las que no libramos la empresa de forma airosa y nos hacemos de un nuevo rinconcito de confianza… y de un nuevo kit de bacterias dispuestas a luchar futuras batallas en nuestro nombre.  

 

5. La caguamización de la reunión casual.

Uno de nuestros superpoderes más divertidos. Sólo necesitamos un amigo, un par de cascos de Victoria, una tiendita amiga y que el reloj aún no indique la media noche. Esta científicamente comprobado que cualquier reunión mejora de forma significativa cuando aparecen las primeras caguamas.

 

6. El cantinfleo desconcertante.

No hay mejor forma de confundir al fuereño (y a chilangos menos doctos) que con una buena dosis de hablar un chingo sin decir absolutamente nada. Los chilangos venimos manejando, eso que viene siendo, el cantinfleo a niveles bárbaros; una herramienta sumamente socorrida en discusiones acaloradas, mítines políticos y exámenes profesionales.

 

7. El pulso con estabilizador anti baches.

Son las siete de la mañana y el camión viene a reventar. El chofer va tendido como si el mundo se fuera a acabar en minutos, atinándole a todos los baches y con el corrido de novedad terminando de tronar la única bocina que aún tiene sonido decente. En este pequeño infierno de humanidad y movimientos bruscos, muchas chilangas entran en una especie de trance que les permite aislarse de la cinética del micro y delinearse el ojo de manera perfecta, desafiando el piquete de ojo y sus funestas consecuencias.

 

8. El pasito jiribilloso para bajar del micro.

Porque chilango que se respeta, no espera a que la unidad se detenga por completo para hacer su descenso.  

 

9. La voz de vendedor.

Aunque este poder parece un acto de magia, en realidad basta con observar al que lo pone en práctica para revelar algunos de sus secretos: se pega la barbilla al pecho sacando la papada todo lo posible, se abre ligeramente la boca -pero teniendo cuidado de hablar entre dientes-, y se suelta el grito con la voz más nasal y gangosa que nuestro ronco pecho nos permita. Aparentemente, todo este paripé es necesario para entrar al gremio del vendedor ambulante. Tal vez los decibeles que se alcanzan con esta técnica tienen poderes hipnóticos que obligan al público usuario a comprar el artículo de moda, el artículo de novedad.    

 

10. La sinestesia salsera.

Saber cuánto pica una salsa e inferir su sabor simplemente a partir de su color y textura es, aunque no lo crean, algo digno de mención. Se necesitan años de experiencia para poder decir de forma confiada: “Esa salsa se ve buena, ¡pero se ve que pica un chingo!”  

 

11. El interrogatorio amable e involuntario.

¿Quieren enterarse de todos los chismes de su colonia, cuadra o edificio? La receta es muy sencilla: basta con aplicar un gentil “buenos días” durante una semana a alguien con quien coincidan diariamente (puede ser el conserje, el de la tienda, la señora de la cocina económica…). Después de transcurrido este lapso, la habilidad se hará manifiesta de forma súbita y el sujeto al que hayan elegido les revelará de inmediato y sin mayores exigencias todos los pormenores de su vecindad.

 

12. El ahoritizador cuántico.

También conocido como el poder de los chilangos de dejar alguna empresa en pausa indefinida, mientras le hacen creer a los demás que están a punto de terminarla. ¡Chulada de estrategia!