Foto: Rude Mortensen

1. Te cansas de escuchar que “¡menudo acentiño tienes!” (por gente que intenta poner tu acento, claro).

Cada vez que alguien hace una broma con -iño, en el fondo del mar muere una futura mariscada.

2. O “¡no tienes nada de acento!”

Te quedas sin saber qué decir, miras a los lados y luego sonríes falsamente. ¿Se supone que tengo que tomármelo como un cumplido?

3. Descubres que el castellano es un idioma muy pobre.

¿Cómo puede vivir el resto de España sin pocillo, sin cucharón, sin colo y sin tantas palabras que tú siempre has creído que habían sido bendecidas por la RAE y que sirven para denominar tantas cosas?

4. Dejas de decir pota. ¿Para qué?

Tomas la decisión más o menos tras escuchar por vigésima vez a tus compañeros de piso tronchándose de risa cuando les invitas a comerse lo que queda en la pota… (Deberías dejar en realidad de invitarles a comer lo que sobra. No se lo merecen).

5. Descubres que hay una cocina gallega que no conoce ni tu abuela.

Sellarás el momento del descubrimiento algún día en algún bar, cuando llevado por la morriña pides algo que es “a la gallega” y descubres que “a la gallega” solo significa “algo que teníamos en la cocina bañado en kilos de pimentón”.

6. Y que las empanadas no son empanadas.

Al menos eso no es lo que tu abuela entiende por empanada…

7. Todo el mundo ha estado en un restaurante en algún lugar de Galicia en el que ha comido súper bien y súper barato.

Galicia tiene 29.575 km². Lamentablemente, querido interlocutor, es poco probable que uno haya estado en todos los restaurantes que hay.

8. Paco Martínez Soria se convierte en tu nuevo animal espiritual (no, no importa que él fuese aragonés).

Vale, no te traes a las gallinas contigo cuando vuelves de casa, pero de tu maleta empiezan a salir tuppers, huevos de la abuela, queso, un manojo de grelos, chorizos y todo lo que te ha dado tiempo a acumular durante un fin de semana.

9. Olvidas la buena vida que es en realidad ir de cañas.

Cuando vuelves a Galicia podrás sorprenderte y admirarte con que los bares compitan entre ellos por darte las mejores tapas con tus bebidas. ¡¡Gratis!!

10. Ganas alguna buena historia sobre el malvado transporte público que contar a tus amigos.

Es un hecho: cuando se reúnen unos cuantos gallegos que viven en Madrid acabarán comparando Renfe, Alsa y Auto-Res y luchando por ser el que peor lo ha pasado en algún infernal viaje de millones de horas.

11. Echas de menos que llueva.

Esto ocurre más o menos el primer verano que pasas entero en Madrid, cuando descubres que es posible vivir a más de 40 grados y que en otros lugares del mundo en verano pueden pasar semanas sin que caiga una gota.

12. Y cuando lo hace te sientes superior a los demás.

No puedes evitarlo. Mientras caminas por la calle y ves a los nativos armándose un lío con los paraguas y tropezando unos con otros solo tienes dos opciones: o enfadarte porque no son capaces de usarlos bien (al fin y al cabo, no solo tropiezan entre ellos, sino que también tropiezan contigo) o aceptar que con el talento para llevar paraguas los días de lluvia solo se nace en Galicia.

13. Y lo peor… vuelves hablando madrileño.

Algún amigo te lo dirá, posiblemente después de que tú le expliques que no hay cúbrase aquí con la categoría favorita de cada quien como los de Madrid, que has empezado a hablar con acento madrileño. Entrarás en estado de negación y no te sentirás tranquilo hasta que de vuelta a Madrid alguien te vuelva a hacer una gracieta con iño.