1. Juntarme en un café con mis amigos por la tarde.

En Nueva Zelanda existe una gran cultura del café, pero ésta es bastante tempranera. La mayoría de las cafeterías, comedores, restaurantes y demás lugares donde se vende café, cierran no después de las cinco de la tarde. ¡Sí, está gacho! De este lado del planeta se estila más ir al pub y echarse unas chelas que ir por un cafecito con los cuates en una tarde cualquiera.

2. Pararme en la esquina a esperar el próximo camión.

Mientras que en México puedes esperar que el próximo microbús llegue en cualquier momento y en casi cualquier lugar, en Nueva Zelanda los horarios para el transporte público están marcados en tablas y marquesinas electrónicas. Los horarios tiene todo un sistema que va desde el “sólo por la mañana”, hasta las rutas “express” que no siempre te sirven. Aún cuando cuentas con una app del transporte público para auxiliarte, existen ocasiones en que se extraña sólo esperar a que te sorprenda la llegada del micro.

3. Merendar con pan de dulce y café con leche.

¡Hacer de la cena la comida fuerte del día es una aberración! ¿Dónde queda la hora del pan y el café con leche si no es en la noche?

4. Andar penando por un baño público decente.

Uno de los grandes problemas de andar caminando en las calles de México es que cuando la naturaleza llama, a veces no hay a dónde ir. Cuando te encuentras en situaciones como ésta, tienes que comprar unos chicles o un dulce para poder acceder al baño de Sanborn’s o algo por el estilo. En Nueva Zelanda hay baños públicos por todos lados, ¡y hasta tienen papel y jabón!

5. Traer efectivo en el bolsillo…

Y aplicar la famosa frase “¿trae cambio?” o que te apliquen la de “uy jóven… ¿no trae un billete más chiquito?” Muchas de las transacciones que hacía en México solían requerir de ser precavido y traer cambio, pero en Nueva Zelanda sólo necesitas salir de casa con tu tarjeta. Las terminales electrónicas nunca se van a quejar por el tamaño de tus billetes.

6. Ir por tacos después de las chelas.

En México esta es una tradición obligada cada vez que sales en la noche. En Nueva Zelanda, a lo más que llegarás si te da el munchies a media madrugada, es a buscar un McDonald’s o un Burger King de veinticuatro horas. Siempre hamburguesas, a veces kebabs, pero casi siempre hamburguesas… ¡pobres tacos tan ausentes!

7. Subirle dos rayitas al estrés para manejar.

Dicen que si sabes manejar en la Ciudad de México puedes manejar en cualquier parte del mundo. No sé si esto sea cierto, pero definitivamente es una habilidad que requiere su buena dosis de tolerancia a la frustración. En Nueva Zelanda las reglas de tránsito y los límites de velocidad son respetados en todo momento. Aquí es raro escuchar a alguien tocar el claxon, ver cómo alguien pasa a exceso de velocidad o que un auto te corte el paso para dar vuelta… ¡ni siquiera te mientan la madre si se pone el siga y no avanzas rápido!

8. Cuidar el teléfono y la cartera en todo momento.

La verdad es que en la Ciudad de México uno entrena bastante bien su sentido de paranoia, lo que evita que regreses a casa sin tus preciadas posesiones. Mi papá me decía: “no saques el teléfono en la calle, te van a asaltar”. En Nueva Zelanda nadie te voltea a ver y muchos menos les interesa qué andes sacando de tus bolsillos. Verdad incómoda, pero al final verdad.

9. Filtrar el agua o comprar garrafones de Electropura.

Si pides agua en un restaurante de Nueva Zelanda, normalmente pensarán que estás pidiendo agua mineral, no agua simple. En casi todos lados tienen al menos una jarra y vasos sobre las barras para que la gente beba sin tener que ordenarla. Y en tu casa no necesitas más que abrir la llave… obviamente.

10. Hacer contorsiones durante los trayectos en transporte público.

En Nueva Zelanda no existe la noción mexicana de transporte público que indica que donde caben dos, caben diez. Si un camión está lleno, ¡está lleno! No se para por más pasaje y no hay gente colgando de las puertas. Lo que sí hay es un gran letrero que te dice que el camión está lleno y que vas a tener que esperar el siguiente. Unas cosas por otras.

11. Ir con el zapatero o el sastre de la cuadra para que te arregle algo.

En México es común ir con alguien que haga este tipo de “chambitas” para arreglar tu mochila rota o los pantalones que no te quedaron. En Nueva Zelanda las cosas son un poco diferentes. Todo oficio requiere de una certificación y esto hace que el precio de estos trabajos se eleve demasiado, y tampoco es que haya muchas personas que se dediquen a esto. Para mi, resultó mejor aprender a resolver estos asuntos por cuenta propia.

12. Guardar los abrigos y chamarras para la época de invierno.

En Nueva Zelanda el clima puede cambiar de un momento a otro y es bueno estar preparado contra todas las eventualidades que estos cambios pueden traer. Las tardes pueden llegar a ser bastante frías aún en épocas “cálidas”. Adiós a esos días de andar sólo con la playera. ¡Cómo se extraña el clima de México!

13. Sentirme incómodo en presencia de la policía.

Siendo honestos, jamás pensé que me sentiría tan seguro estando rodeado de policías. En Nueva Zelanda los policías son amables, tienen modales, se saben las leyes al derecho y al revés y -lo más importante- no tratan de asustarte. En México, el sentimiento de seguridad puede no ser muy proporcional a la cantidad de tira que hay alrededor tuyo y es extraño encontrar un policía que te ayude desinteresadamente (los hay, pero no son la regla). ¡Esta es una costumbre que perdí con mucho gusto!

 

Crédito de la foto de portada: Rulo Luna