Crédito: Luca Sartoni

 

1. Andar abrigada en casa para el invierno.

¡Así como lo oyes! No es que este loca ni nada, a lo que me refiero es que en México por ahí de diciembre y enero, aún estando en casa es necesario traer puesto suéter, chamarra ¡y hasta la cobija! Acá en Austria, gracias a la bendita calefacción, te puedes despreocupar de andar con tanta chunche encima. De lo único que debes preocuparte es de la cuenta del gas.

 

2. Andar en la casa con los zapatos puestos.

Aquí tu mamá jamás te regañaría por andar descalzo en la casa. La costumbre de quitarse los zapatos al llegar a una casa es muy común en Austria y muchas personas compran pantuflas hasta para las visitas. Así que vente prevenido y no traigas calcetines rotos o dispares, como tu servilleta. En México a nadie le importan tus calcetines, porque nunca los ven (a menos que vayas a clase de yoga), pero acá conoces hasta el color y la marca favorita de los demás.

 

3. Llegar media o una hora tarde a alguna comida o reunión familiar.

Sí, la puntualidad es lo más preciado en el mundo para muchos austríacos. La primera vez que fuimos a cenar con la familia de mi novio, llegamos en el tiempo exacto; sin embargo, su papá parecía un poco nervioso. La segunda ocasión, mi novio me explicó que era mejor llegar 5 minutos antes. ¿Por qué? Pues porque si te dicen que la comida es a las dos, significa que a esa hora ya todos deben estar sentados a la mesa. Y en lo que te quitas los zapatos y saludas…

 

4. Ir a comprar la despensa los domingos.

Los domingos en Austria todo, todo, ¡todo! está cerrado… excepto los restaurantes. Así es que si se te olvidó comprar la leche para tu cereal, no habrá forma de que la consigas en domingo. Ni modo, a desayunar cereal sin leche.

 

5. Tomar jugo fresco por las mañanas.

Sí, así de triste es esta realidad. Por acá no hay ambulantes vendiendo ricos y deliciosos jugos frescos de naranja o mandarina por las mañanas.

 

6. Parrandear jueves, viernes, sábado y domingo.

Irte a vivir a otro país implica muchas cosas; entre ellas, que muchos de tus mejores amigas y amigos de peda ya no estén contigo. Además, la gente acá no es tan prendida para salir de fiesta y sí lo hacen, lo hacen sólo un día. Aún recuerdo esos tiempos en que la fiesta arrancaba en jueves y no paraba hasta el domingo. Ya sabes, por aquello del juevebes, viernes de reven, sábado de gloria y domingo de resurrección.

 

7. Escuchar las cumbias y rancheras de mi vecino al despertar.

Acá la gente escucha música en un volumen moderado. Hoy en día, ya no despierto con el gusanito de alguna canción guapachosa en mi cabeza y entiendo perfectamente a qué se debía este fenómeno. En México, mientras dormía, el vecino ya había puesto su cumbia preferida al menos cinco veces. ¿Te ha pasado que te sabes la canción y no entiendes por qué?

 

8. Subirme al metro como si estuviera en un equipo de fútbol americano.

Lo admito, la primera vez que vi un número considerable de gente en el metro de Austria y escuche la alarma de las puertas, estuve a punto de entrar en modalidad de tackleador ofensivo. Pronto me di cuenta de que cuando la alarma suena, todavía tienes como dos minutos para subirte, sin prisas. Cuando vi que la gente no se estresaba tanto por estos motivos, espere y después comencé a hacer lo mismo. Hoy en día, me siento muy relajada cuando me subo al metro.

 

9. Llamar antes de llegar de visita.

Cuando voy a visitar a alguna persona -sobre todo si es de por aquí- tengo que programar una cita, así como si fuera a ir al doctor o a una reunión de negocios. Los austriacos se toman su tiempo muy en serio y no se puede aplicar la de “pues es mi amigo y le caigo de sorpresa…

 

10. Esperar pacientemente a que aparezca la luz verde del semáforo.

Un hábito que está cañón quitarse. Los mexicanos solemos aplicar la de “pues tengo prisa” o “me aviento, total no viene coche”. Cuando ves que tanta gente espera -como debería de ser- hasta que cambia la luz del semáforo y sin obstruir el paso peatonal, empiezas a sentirte muy raro, y hasta mal, por esas ansias de romper la ley. Esta es una buena forma de ejercitar la paciencia que aún sigo practicando.

 

11. Comer demasiada carne.

Ahora que ha pasado el tiempo me he dado cuenta que en México tenía un consumo excesivo de carne, un elemento común en al menos dos de mis comidas diarias. En la mañana, pues una tortita de chilaquiles con pollo; en la tarde, cualquier platillo con carne; y en la noche, ya para rematar, unos taquitos al pastor o de suadero. ¡Yumi! Aquí la carne es súper cara y uno la piensa dos veces para mantener esos ricos hábitos carnívoros.

 

12. Abrazar a la gente como parte del saludo.

Al principio, yo saludaba con el típico beso en una mejilla, sumándole un abrazo en el caso de familiares y amigos muy queridos. Aquí me tuve que acostumbrar a quitar el abrazo del saludo… eso sí, tuve que agregarle un beso a la mejilla contraria.

 

13. Decir sólo “gracias” para dar un “no”.

En México, cuándo me ofrecían algo que no quería, sólo daba las gracias y movía la cabeza diciendo no… lo que todo el mundo entendía cómo un “no, gracias”. Una vez hice lo mismo acá y me seguían dando las cosas. Tuve que acostumbrarme a decir “no” y quitarle ese estigma ofensivo que le solemos dar en México.