Crédito: Edgar Barrera

Recuerdas esa época en que el mezcal no era la gran cosa.

En ese entonces la única interacción entre el mezcal y tú estaba representada por el panalito de Tonayan. La mejor opción para tu sed de estudiante, pues el precio de un panalito era -y sigue siendo, a pesar de la inflación- apenas superior al del agua embotellada. Claro que nadie que no fuera un teporocho consagrado se atrevía a tomarlo solo. El sabor era normalmente diluido con el agua fresca de tu preferencia para crear las míticas, las únicas, las devastadoras… ¡aguas locas!

 

Chelear y caguamear son verbos bien integrados a tu vocabulario.

Los primeros bares a los que te volviste asiduo eran tugurios de Coapa, Satélite, el centro de Tlalpan o Coyoacán, en los que la cerveza se servía en tarro o en yarda. Mejor aún si se olvidaban de formalidades y te llevaban la caguama directamente a la mesa. Las caguamas se volvieron omnipresentes desde el momento en el que empezaste a beber y continúan siendo un elemento común de fiestas y reuniones con tus amigos. Tantas historias -y tanta saliva- han sido compartidas mientras rola la caguama…

 

Los gringos le dicen shotgunning, tú le dices…

¡Turbochela! Y no necesitas de un bong o de andarle haciendo hoyos a las latas. Sólo necesitas una botella de cerveza y la ayuda de un popote para llevar a cabo la hazaña. Alguna vez intentaste bajar toda una caguama en modalidad turbochela e independientemente del resultado… decidiste nunca volverlo a hacer.

 

Le echaste la culpa de tu primera pérdida de conciencia al alcohol adulterado…

Y todo el mundo te creyó porque las noticias hacían su Agosto con los hielos con éter, la cerveza pirata y el Jack Daniel’s de fabricación casera.

 

O al movimiento de una trajinera.

Tal vez sea el balanceo de la embarcación o el ambiente festivo de Xochimilco, pero la primera vez que te fuiste de fiesta en una trajinera probablemente coincide con tu primera gran intoxicación alcohólica. Tal vez los años han pasado y ya no eres la fiesta andando, pero sabes que a Xochimilco hay que tratarlo con respeto.

 

Aprendiste alguna estúpida canción para alentar un estúpido juego de ebrios.

Caricachupas presenta nombres de estupideces que uno hace en su juventud, por ejemplo… Cantar esa canción de que Chuchita no ha chupado nada y a la glu, a la glu glu glu glu… y aunque no sea requisito todos los que pierden acaban chingándose su trago de Hidalgo, y los que ganan también, y todos ríen y son felices hasta que alguien pierde contacto con la realidad y todos se preocupan por su vida y por cómo lo van a llevar en ese estado a su casa.

 

Basta que alguien la mencione para que se te antoje… esa michelada.

Bien sabes cual: la típica de pueblitos, ferias, tianguis y la de ley en cada visita a Tepoztlán. Una caguama de Corona en un vaso de unicel gigante, previamente preparado con cuanta salsa se puede encontrar en una cocina decente, un chingo de limón, sal y un poquito de azúcar. Además de ser lo más delicioso del planeta, es la perfecta solución para la cruda y, con suficientes elementos adicionales, puede convertirse en el más nutritivo de los desayunos. Y creo que voy a hacer una pequeña pausa para prepararme una…

 

Estás familiarizado con uno de los shots más extraños del planeta: el Nikolaschka.

Claro que tú no lo conoces por su nombre en ruso, pero recuerdas esa época en que ninguna reunión estaba completa sin una ronda de Astronautas. La receta es así: tomas medio limón, escarchas la mitad con azúcar y la otra mitad con café molido, lo exprimes en tu boca y después enjuagas todo con un shot del vodka de tu elección. El precursor de todos esos cocteles estimulantes basados en bebidas energéticas… que eventualmente fueron prohibidos.

 

Tienes recuerdos agridulces de aquella época en la que el tequila se puso de moda… y tú no sabías tomar tequila.

Probablemente odiaste el licor de agave azul por muchos años gracias a esa ocasión en la que decidiste ponerte hasta las manitas con un coctel tequilero. Ahora lo tomas solo o combinado con algo no demasiado dulce, aunque nunca será tu bebida favorita. Todavía no resistes el olor de un Tequila sunrise o cualquier mezcla que haya sido la responsable de tu infortunio

 

Comenzaste a beber antes de cumplir los dieciocho… en un antro.

Podríamos decir que las tardeadas eran un bonito concepto para que los menores de edad disfrutaran con gente de su edad de la diversión característica de un club nocturno, todo en un ambiente saludable, propicio para los adolescentes, libre de la influencia del alcohol, tabaco y otras drogas… pero estaríamos diciendo puras mentiras. Las tardeadas eran puro exceso y depravación. ¡En retrospectiva resulta tan extraño!

 

Recuerdas tu primer encuentro con una pulquería.

Seguramente actuaste con todo el temple del mundo, como si ese olor agrio del proceso de fermentación fuera de lo más común, o como si diario entraras a lugares con el piso lleno de aserrín y sin puertas en el baño. Como resultado de esta primera visita te volviste adicto a la experiencia o nunca volviste a pisar una pulquería en tu vida… y ahora odias el pulque.

 

Sabes que los lugares más interesantes no tienen letreros en la puerta.

Tarde o temprano acabaste visitando un bar clandestino a los alrededores de tu universidad o de la universidad de algún amigo. Cada uno de estos lugares tiene su magia, pero los mejores son esos en los que te piden contraseña para entrar. “Vengo a ver a… ”

 

Sabes lo que es una tienda de ventanita.

Y el concepto te remite inmediatamente a épocas más felices, lejos de las luces del minisúper y llenas de caguamas las veinticuatro horas…


Este artículo fue publicado en inglés el 23 de enero de 2015.