Crédito: Claudio Cap

1. Dejas de asociar ser valiente con ser “macho”.

Quizás te sucedió que al ver a un niño caerse y empezar a llorar, te escuchaste a ti misma diciendo frases como “macho, ¡no llores!”, o “levántate como macho”. Entonces no lograste siquiera finalizar la oración, abriste los ojos, y regresaste a ver alrededor tuyo con la esperanza que nadie te haya escuchado. Luego reflexionaste sobre la sandez que habías dicho. Sabes bien que en ningún diccionario de sinónimos encuentras que ser macho es igual a ser valiente o a no llorar.

Desde entonces ya casi ni utilizas “macho” dentro de tu vocabulario cotidiano, excepto cuando quieres dar cuenta de una actitud retrógrada y misógina.

 

2. Ya no le cantas la canción “arroz con leche” a los niños de la familia.

Hay letras de canciones cuyos mensajes vienen del más allá… del siglo pasado. Un ejemplo es la famosa “Arroz con leche”. El cantante se quiere casar con una señorita que sepa cocer, que sepa planchar, etc., como si se tratara de llenar un checklist de quehaceres domésticos para ser candidata para el matrimonio.

Otras canciones con roles estereotipados, tipo “Te compro a tu novia” porque no cela, no habla con la vecina, economiza y sabe hacerlo todo en la casa, te generan repulsión. Así y todo, haces tu mayor esfuerzo por respetar a las mujeres que aún quieren casarse, tener hijos, bordar y cocinar. La libertad es libre.

 

3. Cada vez estás más convencida de que el estereotipo del hombre protector que nunca llora es tan irreal como los unicornios o la pareja perfecta.

Alguno de los hombres de tu vida -padre, pareja, hermano o abuelo- no aguantó más y rompió en llanto frente a ti. En ese momento secaste sus lágrimas y valoraste aquel acto de profunda sensibilidad, brindando tu hombro sin juzgar. Comprendes que los hombres son seres humanos con emociones, que necesitan poder desahogarse y que el peso de siempre mostrarse invulnerables debe ser difícil de cargar.

 

4. Tu sentido del humor se está volviendo selectivo: ya no admite chistes machistas.

Si escuchas un chiste como “mujer que no jode es hombre” o “-¿Cómo darle más libertad a una mujer? –Ampliando la cocina”, no te causa ni un gramo de gracia. No puedes evitar levantar la ceja, mirar fijamente al promotor del chiste y como mínimo hacer uso de un largo silencio incómodo.

Los chistes racistas / homofóbicos / xenófobos también han dejado de ser graciosos…

 

5. Insultas al televisor con más frecuencia.

Especialmente cuando pasan esas telenovelas en las que la protagonista es la pobre, ignorante y abandonada mujer que sale del hueco en el que estaba gracias a que un hombre de mejor posición que ella ha aparecido en su vida. Esos galanes de telenovela te han ayudado a darte cuenta del tipo de relación que NO quieres en tu vida. Y cuando alguno viene con aire de galán tele-novelesco, empiezas a sentir en tu cuerpo un extraño escozor… por la alergia que ahora les tienes.

 

6. Empiezas a dividir la cuenta en tus citas.

O por lo menos negocias que hoy paga uno y mañana paga el otro. Al buscar una pareja tienes que saber que es alguien con quién puedes compartir y tener una relación de equidad y reciprocidad.

 

7. Dejas de clasificar al mundo en rosado y celeste, y empiezas a apreciar el hermoso y colorido arcoíris.

Hay muchas cosas en la vida que no caben en una dicotomía. Una de ellas es el género. El amor y la familia no tiene por qué tener un formato único y establecido. Y así entra tu vida gente con diferentes preferencias sexuales a la tuya, rompiendo tus esquemas y mostrándote un hermoso y colorido arcoíris. Participas en debates formales o informales, y te informes sobre luchas de género, derechos de las mujeres y avances de la comunidad LGBT que se dan en tu país y en otras partes del mundo, como el matrimonio igualitario.

Ahora sabes que los juguetes no tienen género: niñas con pelotas y patinetas, y niños con muñecas y ollitas son combinaciones que ya no espantan.

 

8. Te ves obligada a admitir que ser machista no es un problema solo de los hombres.

Creciste escuchando a personajes femeninos (madres, abuelas, vecinas, tenderas, amigas) decir comentarios con alto contenido sexista como “como buena mujercita debe saber cocinar”, “ella tiene la culpa, no ves la minifalda y el escote con el anda”, o “bien machona ha sido, juega fútbol como los varones”.

Quizás fue mamá la que no te dejo salir o te exigió llegar temprano “porque una mujercita no puede andar solita por ahí”, mientras tu hermano Dios sabe dónde andará. Y ahí mismo empezó la pelea acerca de que no es justo que por ser mujer tengas un trato diferente. Desde entonces el trato igualitario y la igualdad de oportunidades se han convertido en una filosofía de vida. Estás convencida de que exigir equidad no es irreverencia, incluso si se lo exiges a otra mujer o a tu misma madre.

 

9. Sabes quiénes son Frida Kahlo, Gabriela Mistral, Manuela Sáenz y el personaje de Eva Luna.

Al menos reconoces a una de ellas. Y si no, ya mismo las estás googleando.

 

10. Ya descubriste cómo ser más bella.

Alejándote a pasos agigantados de estereotipos de belleza como la rubia delgada de ojos claros o la voluptuosa chica hot del video de reggeatón, has descubierto el gran secreto de la belleza. No hay nada, absolutamente nada, que pueda competir con la sonrisa de una mujer que se siente feliz con ella misma, que se acepta como es y que no teme dejar ver la luz que lleva por dentro al sonreír. Con una sonrisa de esas es imposible no sentirse bella e irresistible.

 

11. Estás más conectada con tu cuerpo (incluyendo a tus hormonas).

De un tiempo acá eres más receptiva a los cambios en tu cuerpo y a tus emociones. Das más rienda suelta a lo que tu cuerpo te pide: si quieres llorar, lloras; si quieres reír, ríes; si no te sientes a gusto con algo o alguien, te vas. Te das cuenta de que conocerte, escucharte y entenderte es muy importante.

El término “hormonal”, que suele ser usado para hacer sentir a las mujeres como locas e insensatas, ya no es un insulto. Ahora comprendes que un millón de cosas están pasando en tu cuerpo y que tienes el derecho a expresarlas. Al igual que sucede con la tierra y el mar, estás empezando a creer que la luna también tiene efectos sobre ti.

 

12. Los términos “equidad”, “solidaridad”, “derechos”, “empoderamiento” y “justicia” son más frecuentes en tu léxico.

Empiezas a cambiar tu manera de hablar, y a veces te escuchas argumentar con tal pasión que sientes que la fuerza de feministas que te antecedieron invade con emoción tu discurso.

 

13. Sabes que no estás sola.

Sin importar si eres hombre o mujer, o si te defines o no como feminista, si te has identificado con estas señales, siéntete feliz. Formas parte de ese grupo de personas que sueña con un mundo más equitativo y justo, con menos etiquetas, en el que cada vez más personas comprendemos que somos diferentes pero que compartimos los mismos derechos.