1. Que haya que pagar por ir al baño.

¿De verdad? Llegas al borde del colapso al baño de la estación y te encuentras con un torno, con que no tienes cambio y con que la máquina de cambio que hay al lado está fuera de servicio. Y, cuando por fin consigues entrar, ¡el baño ni siquiera está tan limpio! Si fuésemos más valientes protestaríamos haciendo nuestras necesidades en la puerta.

2. Que no existan las persianas.

A veces te intentan convencer de que esas cortinas gruesas o unos simples estores (déjame que me ría) consiguen que la habitación quede en la más completa oscuridad. Pero todos sabemos que no es cierto.

3. Ir al súper a las 7 de la tarde y que ya haya cerrado.

Esta situación solo es aceptable si sales de trabajar al menos dos horas antes de que cierren. ¡Hay lugares en los que a las 5 ya están bajando la persiana!

4. Que sientas que te atracan cada vez que compras aceite.

Porque no, no nos pasaremos a la mantequilla nunca. NUNCA.

5. Que el precio aparezca siempre sin impuestos.

Sí, estoy pensando en ti, Estados Unidos. El mundo es más fácil cuando sabes cuánto vas a pagar.

6. Todo el tema de las propinas.

No todos somos genios del cálculo mental como para poder estar calculando porcentajes todo el rato. Y, maldita sea, a veces simplemente no se han ganado esa propina.

7. Que no haya periódicos en los bares.

¿Qué se supone que vas a hacer mientras tomas el café? ¿Mirar el móvil?

8. Que confíen tanto en el usuario medio de transporte público.

Nosotros necesitamos o conductores que no te dejen entrar si no pagas o tornos que hagan imposible colarse en el metro por error. Porque sí, mucha gente se aprovecha para ir gratis —la multa aquí es merecida—, pero otros simplemente acabamos en el vagón empujados por la multitud y sin haber encontrado esa maldita máquina en la que ticar el billete.

9. Que no existan las croquetas.

Sí, siempre puedes hacerlas en casa y flipar a todos tus amigos, pero da un poco más de trabajo. Claro que con lo que cuesta el aceite quizá sea mejor optar por otro plato.

10. Que haya que especificar que queremos agua sin gas.

¡En algunos lugares hasta el vasito de agua del grifo que te ponen con el café es gaseoso!

11. Que las palomitas del cine sean dulces por defecto.

O con jarabe o caramelo o alguna guarrada así. Con lo perfectas que son saladas.

12. Que las compresas no sean finas y seguras.

Solo para chicas, claro, pero ¿quién no se ha llevado nunca un paquete de Evax o Ausonia de importación a ese país en el que todo lo que encuentras en el súper son esas compresas ultragruesas similares a las del ginecólogo de la Seguridad Social? Y eso sin hablar del tema de los tampones sin aplicador…

13. Que la tapa nunca sea gratis.

Te imaginas al camarero que te ha puesto esas aceitunas acechando a tu espalda y esperando el momento en el que te rindas y estires la mano para añadir la tapa a la cuenta.