1. Hablar de placas tectónicas con cariño y orgullo.

¡Ay, esa chimenea! ¡Ay, ese estrato de lava solidificada! ¡Ay qué maravilla de depósitos piroclásticos! Nuestra orografía ha sido marcada por explosiones volcánicas y choques de placas continentales, todo bien dramático y misterioso.

2. Practicar deportes de agua.

Para qué negarlo, se nos da el tema marítimo. El surfero canario es una especie única y digna de contemplar, preferiblemente al atardecer, con una cervecita fría y un bocata de calamares. La vela, el windsurf y la natación sincronizada son hábitat natural para muchos canarios. (También hemos mandado grandes deportistas a jugar en la NBA y en la Premier League inglesa, así que los deportes de tierra tampoco se nos dan mal).

3. El clima. Qué más se puede decir.

Siempre en lo más alto de las listas que enumeran los lugares con mejor clima del mundo, ¡arriba d’ellos!

4. Hacer maravillas con un tuno.

¿Quieres una cremita hidratante? ¿Un zumito antioxidante? ¿Un helado? ¿Mermelada? ¡Toma tuno!

5. Dulcificar la lengua española.

El español peninsular toca tierra en Canarias y a base de platanito escachado, vientos alisios, sol, olas y azúcar de caña se transforma en una música que habla de otras islas, de temperaturas suaves, de cielos azules y de alegría.

6. Conservar la lengua aborigen a través de los nombres propios.

Los topónimos y antropónimos guanches son evocadores y únicos y es muy común en la actualidad conocer a canarios que se llaman Airam, Ayoze, Cathaysa, Dácil o Yaiza. Decenas de municipios y pueblos isleños conservan nombres de la pre-conquista – Tacoronte, Tegueste, Teguise, Telde, Teror, Tijarafe, Tuineje, Adeje, Agaete, Agüimes, Arafo, Arico, Arona, Artenara, Arucas, Fasnia, Gáldar, Güímar, Hermigua – nombres que, aunque hayan sido adaptados fonéticamente por los españoles, arrastran sonidos y combinaciones que hablan de otros tiempos y de otras lenguas.

7. Hacer de puente entre Europa, América y Africa.

Ya Cristóbal Colón se dio cuenta de que usar las islas como escala era una idea excelente y a lo largo de la historia los canarios han emigrado, han regresado, han vuelto a emigrar y le han sacado partido a esta única confluencia de pueblos y culturas. Muchísimos canarios emigraron a las Américas durante el siglo XV, principalmente a Cuba, Venezuela, Uruguay y la Republica Dominicana. Allá por el siglo XVIII se decía que había más canarios en América que en las propias islas. Familias de canarios se instalaron también en Tejas, Florida y Luisiana y fundaron la ciudad de Montevideo, señal de que al canario nunca le faltó sentido aventurero.

8. Cantarle a la tierra.

Ya sea en el folclore popular, las canciones infantiles, la música que suena hoy mismo en la radio o villancicos como el “Vamos cantemos, somos siete”, es fácil encontrar temas que le canten a las islas y hablen del ser canario y su relación con la tierra.

9. Time-lapses de paisajes espectaculares.

Nada grita time-lapse como el cielo canario, cuajado de estrellas, acolchado por mares de nubes, iluminado por los más increíbles atardeceres. Un tajinaste por aquí, un drago por allá, la silueta de un perenquén… Las opciones son infinitas y los resultados siempre dejan con la boca abierta.

10. Mirar p’arriba.

Lo dicho. La calidad astronómica del cielo canario es indiscutible (estamos cerca del Ecuador y lejos de las tormentas tropicales) y los canarios hemos desarrollado una fuerte musculatura en el cuello a raíz de tanta estrella y tanto pico alto que permite verlas mejor.

11. Aprovechar cualquier momento para hundir los pies en la arena o en el agua.

¿Tienes diez minutos entre actividades? ¿Quince entre clases? ¿Café de media mañana? Si la situación geográfica acompaña, siempre dará tiempo de sentir el frío del agua o el calor de la arena, rubia o negra. Después de este momento de regeneración, podemos continuar con nuestro día.

12. Hacer del gofio el rey de la versatilidad.

El gofio puede ser dulce o salado, puede ser plato único o acompañamiento, puede estar frío o caliente, puede traumatizar a los canarios o hacerlos sentirse nostálgicos. La harina tostada de millo es flexible, amigable y duradera, sobre todo cuando es imposible despegarla del paladar.

13. Promocionar las islas cual destacamento de oficina de turismo.

Algunos somos más autocríticos que otros, pero cuando se trata de promocionar (o en ocasiones defender) lo inigualables que son las siete estrellas verdes, nos convertimos todos en un Tripadvisor andante lleno de circulitos verdes. En la cola del vuelo de Ryanair, en el súper, en un bar, en el metro… Déjame que te ilumine y te cuente lo que te estás perdiendo cuando no vas o cuando vas al hotelito todo incluido y no asomas el hocico. Nos quedamos cortos con las cinco estrellas, así que nosotros usamos siete.

14. Proveer al personal de innumerables mitos y teorías.

Que si la Atlántida, el Jardín de las Hespérides, los Campos Elíseos, la isla de San Borondón… Mitos y leyendas hay para dar y regalar, pero todos tienen en común el halo de misterio, el miedo a lo desconocido y al fin del mundo y la convicción de que allí mismito estaba el paraíso donde vivían los dichosos y bienaventurados. Platón, Homero y más tarde muchos estudiosos franceses e ingleses se lo pasaron pipa imaginando, con más o menos rigor científico, cómo y cuándo había aparecido este archipiélago legendario. En cualquier caso, hoy en día muchos opinan como los antiguos griegos – ¡tierra de dichosos y bienaventurados!

Crédito foto: vals_travels