Tenemos muchos problemas, sí: paro, precariedad laboral, políticos corruptos, una (nueva) burbuja inmobiliaria… Pero algo estaremos haciendo bien también, porque pese a todo lo malo somos el segundo país con mayor esperanza de vida de la OCDE, por detrás solo de Japón. Entre las razones, los expertos citan una calidad de vida lograda por una combinación de buena dieta (mediterránea o atlántica), un buen sistema público de salud (pese a todo), baja criminalidad y un gran sentimiento de apoyo social y comunidad que absorbe y reduce el impacto de las tensiones y problemas personales. Y todas estas costumbres quizá tengan también algo que ver:

1. La siesta

La de verdad, claro, no esa leyenda urbana creada por los extranjeros que creen que todo cierra entre 2 y 4 porque estamos durmiendo. Hablamos de lo que sí hemos hecho todos: ya sea esa cabezadita después de comer en el sofá o la siestaca de domingo si hemos salido el sábado. Poder recurrir a la siesta en esos momentos de necesidad y que nadie nos mire mal o raro cuando hablamos sobre ella.

2. La sobremesa

Esto es tan de aquí que «sobremesa» es una de esas palabras que no tienen traducción. Y, por alguna extraña razón (¿quizá porque es más difícil de pronunciar?), es mucho menos conocida en el extranjero que la siesta, cuando explica también en cierto modo esas dos o tres horas de comercios cerrados a mediodía. Se trata, en definitiva, de hacer las cosas con calma, de no dejar que se nos indigeste la comida por ingerirla rápida y no permitir que repose un poco. Las mejores sobremesas son las de fin de semana o vacaciones, esas que se alargan hasta la merienda y casi la cena.

3. Las cinco comidas al día

Lo dicen nuestros nutricionistas desde siempre, pero, como lo de lavarse los dientes después de cada comida (en muchos países los dentistas recomiendan lavárselos antes), no es algo en lo que coincidan todos los científicos del mundo. Nuestras cinco comidas tienen sentido por los horarios raros que tenemos: porque desayunamos como todo el mundo, pero comemos dos horas más tarde de lo habitual, lo que introduce la necesidad de un café y tentempié de media mañana; y después cenamos también tardísimo, por lo que la merienda se hace casi imprescindible. Pero imagina un mundo sin merienda. Es mucho peor.

4. Comemos en condiciones

(No, no todas las costumbres tienen que ver con la comida, de verdad). Esto es algo que en lugares como las grandes ciudades se está perdiendo. Y en muchos trabajos las pausas para comer son cada vez más cortas. Es cierto que a cambio conseguimos salir a una hora decente del trabajo, pero quizá habría que encontrar el equilibrio entre parar tres horas a mediodía y comer un triste sandwich delante del ordenador. Que en muchas partes de España todavía sea normal ir a casa a comer, cocinar y tomarnos nuestro tiempo tiene en realidad muchos beneficios: comemos más sano y, en muchos casos, en familia. Y, sí, eso nos hace estar un poco más felices.

5. Las persianas

¿Somos los raros nosotros por querer dormir a oscuras? Como hemos comprobado todos los que hemos salido de España alguna vez, sí, resulta que somos raros, y ni siquiera la siesta lo explica: en el norte de Europa también duermen con luz en verano y no tienen. Según parece, nuestra obsesión persianil no solo tiene que ver con querer deshacernos de la luz por la mañana, sino tambien con no querer exponer nuestra intimidad a los viandantes (algo heredado de nuestro pasado andalusí).

6. La vida en la calle

Ese mantener nuestra vida privada así, privada, hace que sea mucho más habitual quedar con nuestros amigos en la calle: vamos de bares, a cenar o comer fuera, a tomar cafés… A casa solo invitamos a los más íntimos. Todo esto se traduce en plazas siempre llenas de vida y terrazas repletas en cuanto empieza a hacer bueno. ¿Por qué esto es mejor que quedar en la intimidad de nuestros hogares? Todos lo hemos comprobado: facilita encuentros espontáneos y aporta tema de conversación (mirar a la gente, deporte nacional) cuando este falla. E impulsa también ese «no iba a salir, pero me lié» que es mucho más difícil de lograr si no salimos de casa.

7. La puntualidad flexible

No somos puntuales, pero tampoco nos hemos pasado al otro extremo en el que la hora y el reloj son algo relativo. Aceptamos retrasos de 10 minutos sin problema, pero la media hora sin avisar nos parece ya inaceptable. Es decir, flexibles, sí, pero no tontos. Una actitud de equilibrio perfecta para casi todo en la vida.

8. La tapa gratis

¿Por qué? ¿Por qué nos ponen algo que no hemos pedido en un bar o un restaurante al pedir la comida si no es un regalo de la casa? Todos hemos vivido esta triste situación en el extranjero, tener que bebernos la cerveza a pelo porque no nos han puesto nada o caer en la tentación de comer un trocito de pan sabiendo que nos lo van a cobrar. Y, amigos hosteleros de fuera, lo de la tapa gratis española no es un acto altruista de vuestros colegas de aquí: comer algo, especialmente si se trataa de algo salado, suele dar más sed y a veces incluso abrir el apetito. Las cuentas salen: consumimos más si nos dan ese pequeño (o no tan pequeño, depende de dónde estés) regalo con la bebida. Y es más probable que volvamos.

9. La importancia de la familia

Quizá lo de vivir con papá y mamá hasta pasados los 30 no sea lo más recomendable, pero sí está bien contar siempre con esa red de seguridad y apoyo: saber que la familia siempre estará ahí para recogernos cuando caigamos, no tener que enfrentarnos a esos primeros años de vida adulta en completa soledad. Todo esto tiene además otro efecto positivo que pocas veces destacamos: relaciones intergeneracionales, mucho más difíciles de crear fuera del núcleo familiar (tendemos a hacer amigos de nuesta edad), y cierto sentimiento de comunidad y pertenencia (siempre que las relaciones sean buenas, claro) a un grupo que nos conoce bien.

10. Sabemos beber

No todos, claro. Pero en general las escenas de más vergüenza ajena las provocan los turistas ingleses, y no solo porque estén de vacaciones: salir de noche por las islas británicas permite ver muchos de estos espectáculos de gente borracha a un nivel poco habitual por aquí por el sur. Y es cierto que aquí hacemos cosas como beber alcohol antes de comer (¡el vermú!), algo que en muchos países se considera que roza el alcoholismo, pero se ve que lo hacemos bien. Las borracheras vergonzosas y preocupantes se quedan en la adolescencia.

11. Saludamos a todo el mundo

Resulta que hay países en los que te miran raro por decir «hola» (en el idioma apropiado) al entrar en un ascensor y «hasta luego» al salir. Pf.

12. Nuestra obsesión con la limpieza

Según parece, los españoles limpiamos demasiado nuestras casas en comparación con otros lugares del mundo. Además, tenemos la rara costumbre de abrir las ventanas por las mañanas para ventilar. ¡Locos!

13. Lo de las fiestas

Fiesta y siesta, fiesta y siesta. Hay mucho de tópico y estereotipo, sí, pero también cierto poso de verdad en el fondo. No nos pasamos todo el día de fiesta porque, bueno, algunos trabajamos o no llevamos ya tan bien las resacas, pero negar que nos gusta celebrarlo todo un poquito a lo grande sería mentir. Fiesta, además, tiene muchos significados: podemos referirnos a una típica noche de marcha o a las fiestas de nuestro pueblo (de estas hacemos bastantes) o a un simple festivo. Y, maldita sea, todos estamos de mejor humor si hay alguna fiesta de por medio.

14. No nos volvemos locos con las propinas

Sin calculadora ni cálculos mentales ni obligación: la propina es un extra que dejamos si creemos que el servicio ha sido bueno, no algo a lo que estamos prácticamente obligados porque resulta que esos camareros cobran por debajo del salario mínimo. (La hostelería está muy mal, sí, y muchas veces la situación es esa, pero al menos no hemos diseñado un sistema según el cual el sueldo son las propinas y liberado a los empleadores de cualquier responsabilidad moral: son ellos quienes tienen que pagar más).