Foto: Javier Morales

 

1. Entrar con zapatos a las casas.

Confieso que una de las cosas que más me generaba conflicto al principio, era vivir en un lugar alfombrado. Como buena mexicana tenía la absoluta creencia de que si un piso no puede trapearse, nunca estará verdaderamente limpio. Pues acá es casi misión imposible encontrar un departamento sin alfombra y te terminas acostumbrando a la regla general de cortesía: quitarte los zapatos en la entrada de tu casa o la de cualquier conocido. El closet en la entrada no está pintado y su objetivo primario es guardar ahí los zapatos y abrigos de los habitantes del hogar y las visitas.

 

2. Comer a las dos de la tarde.

Quizás las once de la mañana te suena a desayuno de crudos, pero acá el oficinista o godinez come a más tardar las mediodía. La cena es normalmente a las seis de la tarde, y después de las nueve treinta de la noche es poco probable que encuentres algún restaurante abierto. El hermoso y fragante trompo de tacos al pastor que te esperaba amablemente al salir del antro, es sólo un bello, nostálgico y lejano recuerdo.

 

3. Comprar tacones.

Me encantan, pero acá los uso muy poco. En invierno, con temperaturas de muchos grados bajo cero y hielo en las banquetas, usar tacones es un suicidio con dos opciones: que pierdas uno o varios dedos congelados, o que te des el trancazo de tu vida resbalando en el black ice. ¿Llevarlos en la bolsa y ponértelos al llegar al lugar en cuestión? No después del día en que perdí veinte minutos de mi tiempo tratando de decidir qué par de tacones usar, para acabar quitándomelos apenas llegué a casa de mis anfitriones.

 

4. Dar por hecho el buen clima.

En México podía pasar una tarde completa (con noche incluida) viendo un maratón de series como si no hubiera un mañana y sin importarme si afuera llovía o brillaba el sol. Acá las series son para el invierno, cuando el frío extremo no deja otra que encerrarte en casa. El verano se valora como pocas cosas, y la tremenda oferta de actividades al aire libre lo comprueban.

 

5. Usar limón en todo.

En un lugar donde los limones los venden a tres por un dólar, reservas el preciado ingrediente para el aguachile que te estabas muriendo por comerte, y cuando haces tacos, divides cada limón en ocho rebanadas. Pa’ que rinda, pues.

 

6. Cambié la palabra gringo por americanos, americans, people from the US.

Hasta hablando en español. Aunque en México sea un término de uso común, nada peyorativo y a nuestros ojos inofensivo, para muchos de los nacidos en estas tierras la palabra gringo es una falta de respeto y se considera hasta racista; así que si estás en un café con tu grupo de amigos mexicanos, mejor evitarla, siempre hay alguien que puede salir ofendido.

 

7. Cuidarme las espaldas.

México es un país maravilloso, pero tristemente, si se trata de seguridad, las precauciones nunca son demasiadas. Al salir a la calle solía cuidarme las espaldas, estar al pendiente de mis pertenencias y nunca dejar mi bolso descuidado en ningún lado. Acá, viviendo en un suburbio en el que ni siquiera hay alumbrado público en las banquetas porque no pasa nada, solté el cuerpo.

 

8. “Ya está cerrada con tres candados… y remachada la puerta negra”.

En relación con el punto anterior, en México no había una noche que me olvidara de corroborar que mi puerta estuviera cerrada y con sus varios seguros puestos. Acá, en un lugar donde el mayor peligro que corre el paquete de Amazon que te dejan en la entrada de tu casa, es que se congele y quede sepultado en la nieve, confieso que ha habido noches en las que he dormido con la puerta abierta y las llaves pegadas por fuera.

 

9. ¡Barrer!

Incluso en la cocina o en los baños, donde hay piso en lugar de alfombra, nada más fácil que pasar la aspiradora y olvidarte del pleito eterno con el recogedor y la irritante rayita de polvo que deja en el suelo.

 

10. Pedir más de un plato en un restaurante.

En México empezar con una entradita, después pasar a la ensalada, plato fuerte y hasta postre, era una idea razonable. Acá las porciones son descomunales y casi siempre te llevarás algo de comida a casa.

 

11. Recibos de servicios impresos.

Ante las toneladas de publicidad que llega sin ser solicitada a mi buzón, las cajas de envío de los productos comprados por internet, la enorme cantidad de papel que se usa en este país, y ante el riesgo de que el recibo del gas se fuera a la basura traspapelado y yo me quedara sin calefacción en invierno, nada mejor que pedirle a todas las compañías de servicios que mandaran sus recibos y solicitudes de pago a mi correo electrónico. Si bien acá no parece que falten árboles, generar desperdicios inútiles es una tontería. Nadie quiere dar vueltas extras al contenedor de reciclaje.

 

12. Saludar de beso y abrazo.

Al principio pasé varios momentos incómodos al intentar saludar a desconocidos “a la mexicana” o sea de beso y mini abrazo, hasta que entendí que la forma más segura de ser cortés, sin transgredir los límites y el espacio personal del estadounidense, es saludando solo de mano. Inocentemente creí que pisaba terreno seguro con esta estrategia, hasta que me presentaron a un grupo de personas de medio oriente, con ellos en particular, hasta la mano extendida resultó ser too much. La población del estado es muy diversa, así que nunca puedes estar cien por ciento seguro con el tema del saludo.

 

13. El concepto de “mucho frío”.

En México, cuando bajaba la temperatura a 10º C no podía desear otra cosa que quedarme en casa con un buen libro, una cobija de tigre y una taza de café. En Míchigan, la temperatura en invierno puede bajar hasta a -35 Cº (aunque usted no lo crea), lo que hace que un día soleado a 0 Cº parezca primaveral y sientas el impulso de salir a correr en el bosque nevado, ir a patinar, o deslizarte en las colinas cubiertas de nieve. Lo que antes parecía un disparate, se convierte en una experiencia bastante interesante y disfrutable.

 

14. Pagar estacionamiento en el súper o los malls.

Parece que aquí tienen claro que, si vas a sacrificar tus quincenas por ese nuevo sweater y par de zapatos que no necesitas, lo mínimo que pueden hacer por ti, es brindarte estacionamiento gratuito.