Crédito de la foto: Jan

1. Esconder las chelas al ver a un poli.

Las primeras veces escondí mi cerveza, pero aquí, portar una cerveza alemana por las calles es prácticamente motivo de orgullo. Ahora cuando veo un poli, en vez de preocuparme, mejor digo «Prost!»


2. Tomarse una rica michelada con Clamato.

Me he resignado a probar cervezas sin ponerle ningún ingrediente «extraño». Aquí son muy puristas de la cerveza y no aceptan fácilmente nuestras extravagancias.

 

3. Ir a fiestas en donde todos bailan sin parar.

Los alemanes de fiesta no son tan bailadores como los mexicanos. Ellos prefieren una buena charla a raspar zapato toda la noche. Aunque me di cuenta de que, si toman clases, pueden llegar a bailar mejor que muchos mexicanos.

 

4. Hacer chistes a cada rato.

Mi cabecita mexicana piensa un sinfín de chistes, ocurrencias y albures, pero tuve que deshacerme de la costumbre de hacer una broma al final de cada frase. Me doy cuenta que es muy difícil explicar cada cosa que me resulta graciosa, así que he optado por reírme de mis chistes yo sola…

 

5. Esperar a que el semáforo cambie a verde.

Cualquier mexicano sabe lo IMPOSIBLE que es cruzar una calle sin tener que correr o sortear los carros a los que poco les importa tu vida. En Alemania el peatón es primero. Si el semáforo está en verde, puedes accionar un botón que avisa a los carros que deben detenerse y ellos te dejarán pasar tranquilamente.

 

6. ¡La impuntualidad!

Aquí o eres puntual o eres puntual. En la vida cotidiana se usa el transporte público o la bicicleta antes que un auto. El transporte tiene horarios establecidos y hasta existe una app para checar el tiempo en el que llegará el próximo metro. Por lo que los pretextos a la mexicana como “es que había mucho tráfico”, “mi camión nunca pasó” o el típico “¡Quién sabe qué pasó en el metro!” deben ser erradicados completamente.


7. Ir al súper en domingo.

Los domingos en Alemania son para pasear y disfrutar el día, no para ir al súper. ¡Los supermercados ni siquiera abren en domingo!

 

8. Ir al mercado de la colonia.

El supermercado es el único lugar en donde puedes comprar comida, productos de higiene o del hogar, porque en Alemania NO EXISTEN los mercados. Sí, los típicos mercados que en México tenemos por montones en todos lados, ¡olvídate de ellos!

 

9. Mucho menos ir al tianguis o al puestito de la esquina.

Cualquier tipo de comercio en Alemania es regulado por el gobierno, lo que contrasta con la oferta a la que estamos acostumbrados en México. A veces imagino que estoy en México y tengo antojo de unas ricas quesadillas, tacos, sopes, lo que sea, y quiero correr al puestito de la esquina a saciar mi antojo… pero lo tengo que olvidar, solo es mi imaginación, estoy en Alemania y esas cosas aquí no existen.

 

10. Comer tortillas de forma habitual.

Las puedes conseguir por internet o en tiendas especializadas en productos mexicanos, pero su precio es demasiado alto y la calidad no es tan buena. ¡Así que hay que buscar tortillas por internet, a qué extremos hemos llegado!.

 

11. Reconocer todos los productos que me gustan en el súper.

Es difícil diferenciar los empaques de muchos productos en los supermercados alemanes.  La salsa de tomate y la mayonesa no vienen en la típica cajita de cartón o frasco de vidrio. Aquí están empacados al estilo pasta de dientes y hay que saber leer alemán para no comprar gato por liebre o, mejor dicho, pasta de dientes por mayonesa.

 

12. Comprar botellas y garrafones de agua.

En Alemania es seguro tomar el agua directamente de la llave de las casas, así que me puedo evitar la pena de ir a comprar un garrafón cada vez que se acaba el agua para beber.

 

13. Comer mal y lo que sea.

En México estamos acostumbrados a comer muy mal y no nos preocupamos por el origen de nuestra comida. En Alemania es esencial comer saludable y los productos orgánicos y saludables se encuentran por todos lados.

 

14. Ponerle salsa y limón a toda la comida.

Los mexicanos le ponemos limón a todo, y tampoco nos puede faltar la típica salsa roja o verde. Desafortunadamente, todas esas cosas deliciosas para ponerle a la comida desaparecen estando del otro lado del mundo. ¡Sólo nos queda el consuelo de echarle sal a todo!