Quédate con esto: no estás solo. Este es un artículo para visibilizar esos momentos en los que tomamos decisiones estúpidas o apagamos el cerebro mientras hacemos cosas importantes como reservar un vuelo. El primer instinto es el de mirar de reojo a nuestro alrededor, comprobar que nadie se ha dado cuenta y hacernos la promesa de no contarlo nunca. Nadie tiene por qué saberlo. Pero no te preocupes, si no conoces a nadie a quien le haya pasado eso que te acaba de pasar a ti, es simplemente porque también lo ha ocultado.

Todos, hasta los viajeros más experimentados, tenemos esos momentos en los que pensamos que es un milagro que consigamos salir más o menos ilesos de nuestros viajes, sin acabar desnutridos, arruinados o sin saber cómo volver a casa. Aquí van algunos de los errores viajeros más comunes, todos ellos vividos en mis carnes, las de otros miembros de Matador en Español, las de nuestros lectores y las de amigos que prefieren permanecer en el anonimato.

1. Reservar vuelos con la fecha equivocada

Me pareció algo raro que Ryanair no me enviase el típico mail de haz check-in online ya, pero culpé a la máquina y no a la humana (yo). Cuando la mañanana de mi vuelo de Estrasburgo a Oporto me dispuse a hacer ese check-in y vi que no podía, me di cuenta de mi error: mi vuelo era para el 9 de marzo, no el 9 de febrero (viajar en febrero no bisiesto es peligroso porque los días de la semana coinciden con los del mes siguiente). Primero pensé en reservar rápido el vuelo de ese día y no contárselo a nadie, pero ese avión estaba ya lleno y tras mucho buscar acabé volando desde Frankfurt y pagando mucho más que los 19 euros que había costado el vuelo inicial. Todavía no he decidido si volver a Estrasburgo en una semana para aprovechar ese vuelo de vuelta.

Otro clásico (este no me pasó a mí, sino a una amiga y a alguno de nuestros lectores) es reservar un viaje de ida y vuelta con el orden al revés: destino-origen/origen-destino.

2. Presentarse en el aeropuerto con el documento de identidad caducado

Conozco dos casos y lo más sorprendente es que en ambos casos les permitieron subir al avión. ¡Y uno de los vuelos era internacional! Lo que no sé es cómo lograron disfrutar del viaje sin que les dijeran por escrito que a la vuelta les iban a dejar tomar el vuelo también.

3. Viajar con una sola tarjeta de crédito o débito

Llegué a Nueva York feliz y despreocupada, intenté sacar dinero en el aeropuerto y el cajero no reconoció mi tarjeta. Una vez más, culpé a la máquina y di por hecho que el cajero estaba estropeado. Me monté en un taxi sin dólares pero con mi tarjeta y cuando llegamos al destino e intenté pagar… ¡tampoco funcionaba! Afortunadamente, me quedaba en casa de una amiga y era donde estábamos. El taxista, muy amable, me dejó su teléfono para llamarla (yo iba a llamar con el mío, no es que además me hubiese quedado sin batería ni nada así) y ella bajó corriendo a pagar. Para mi estancia, hicimos un cálculo del dinero que necesitaría y me lo dio en metálico (yo le hice una transferencia). Lo que sigo sin saber es qué hubiera hecho si viajase totalmente sola y sin contactos allí.

(Y no fue por no avisar al banco: llamé varias veces y me dijeron que todo estaba bien. La factura del teléfono al volver reflejó esas llamadas que no sirvieron para nada).

4. Darse al alcohol antes de un vuelo

Una amiga me decía que, así como consejo general para evitar perder aviones, no volviese a casa de salir de marcha a las 6 de la mañana borracha si tenía un vuelo a las 9. Porque parece que es posible decidir dormir un poco y… ¿hace falta explicar cómo acabó la historia? Pero ella no es la única. Preguntamos en el Facebook de Matador en Español por errores viajeros de nuestros usuarios y, con diferencia, el tema de perder aviones o pasarlo mal en ellos por haber bebido demasiado fue el más comentado.

5. Ignorar que no todos los vagones de un tren van al mismo sitio

Diré en mi defensa que culpa de esto fue del revisor, que miró nuestros billetes y no dijo nada. El caso es que teníamos que llegar a las 9 AM a Praga y a las 8 AM el tren llegó a Viena… y nos dijeron que era el final del trayecto. Al menos el simpático revisor austríaco entendió nuestra triste situación y nos permitió ir gratis hasta Praga… en trenes regionales lentísimos y con mil transbordos, eso sí.

6. No consultar más de una fuente de información

Dice la persona a la que le pasó esto que no fue error suyo, sino que internet, la guía o Google Maps le mintieron (yo ya le dije que Google Maps no miente, pero sigue desentendiéndose de su parte de responsabilidad). El caso es que se subió a un autobús en Berlín que se suponía que pasaba por delante de un palacio que ella quería ver a las afueras, pero en realidad pasaba por detrás y había un bosque en el medio. Es decir, que no se enteró, llegó al final de la línea, en medio de la nada: «una parada de camiones, un taller y un extraño bar, muy extraño, como en una caseta de helados». Al señor de este bar le preguntó por el baño y la mandó a un «baño de obra que el paso del tiempo había convertido en una letrina medieval».

En ese extraño lugar (la parada, no la letrina) esperó hora y pico a que el autobús iniciase el recorrido de vuelta. Consiguió ver el palacio porque, a pesar de las barreras idiomáticas, el busero sintió piedad por ella, no le cobró el trayecto de vuelta, la avisó en la parada del palacio y le explicó cómo llegar.

7. No comprobar si caminas en la dirección adecuada

En aquel momento todavía no estaba de moda lo de que el móvil o un wearable contara tus pasos, pero creo que mis récords diarios están todas las veces que caminé varias manzanas en dirección contraria a la que quería buscando piso en Barcelona. No ayuda esa planificación urbanística en cuadrados perfectos del Eixample, claro.

8. No apuntar en un lugar físico la dirección del alojamiento

Confiar demasiado en la tecnología no suele ser buena idea, porque la tecnología a veces falla. Un clásico es no haber apuntado la dirección del lugar en el que vas a dormir y no poder comprobarlo. Les pasó a unas amigas en Bratislava: al final estudiaron el mapa y el nombre de una calle les resultó familiar… ¡y acertaron! Pero prueba esto en una ciudad algo más grande…

9. No saber cómo funciona tu tarjeta de débito

En concreto, no saber qué pasará si tu cuenta se queda en cero y dar por hecho que evitará que sigas pagando cosas. Así pasó una amiga mía un fin de semana maravillada en Madrid diciendo cada vez que pagaba algo y le aceptaban el pago que creía que tenía mucho menos dinero en su cuenta. Lo que se encontró a llegar a casa fue un descubierto de 200 euros.

10. No tener en cuenta los horarios locales

En este viaje reciente a Estrasburgo, mi amiga (no es siempre la misma, de verdad, y juro que somos un grupo de gente inteligente y preparada) que vive en Alemania me dijo que allí se puede comer a cualquier hora. Como Estrasburgo está en la frontera y es bastante alemana, creímos que sería así también. Error: a las 2 de la tarde nadie nos quería dar de comer. Acabamos en un lugar triste comiendo arroz blanco frío (era como un sitio de comida rápida japonesa muy mal hecho) mientras el camarero arreglaba una nevera a nuestro lado.

11. No llevar una muda y cosas básicas en el equipaje de mano

No es tan grave, pero sí es una pequeña tranquilidad si tu maleta no aparece en la cinta de equipajes. Me pasó en un vuelo de Berlín a Budapest, no recuperé la maleta hasta dos días después —y menos mal, porque iba a una boda y la ropa estaba ahí—, por lo que tuve que hacer me con elementos de vestimenta básicos como ropa interior. Todavía hablo a veces de mis bragas húngaras, enormes y llenas de encajes. En la maleta iba también la cámara de fotos, por lo que no tengo imágenes de ese primer viaje a Budapest, solo lo que recuerdo de forma algo borrosa (sí recuerdo de forma nítida el lugar en el que compré las bragas, claramente me marcó).

12. Pasarse de listo (o despistado) en el transporte público

Nos maravilla que en la Europa que empieza al norte de los Pirineos uno pueda entrar en el metro sin pasar un torno o subirse al autobús o tranvía por la puerta de atrás. Esa confianza ciega en que los pasajeros llevarán su billete hace que muchos viajeros del sur decidan arriesgar y no comprarlo. Puedes salirte con la tuya, sí, pero también toparte con un revisor y pagar una buena multa. Lo que más fastidia es cuando tú intentas hacer las cosas bien y te comes la multa igual por desconocimiento. Recuerda: NORMALMENTE HAY QUE VALIDAR EL BILLETE QUE HAS COMPRADO. (Admitiré también que yo en Viena vivía al límite de la ley y viajaba con un billete sin validar: el día que me pararon los revisores me hice la tonta y funcionó. Pero no lo hagáis, no siempre funciona y además está mal).

13. Todo por el ahorro

Nadie es libre de este tipo de errores, destinados normalmente a ahorrarnos unos céntimos que pueden ser muy necesarios. Explican rutas extrañísimas para ir a un sitio (mi gran ejemplo es ir de Viena a Galicia yendo en tren hasta Roma y volando desde ahí a Oporto, vía Palma de Mallorca), horas y horas de aeropuertos, malabarismos con el equipaje, noches compartiendo habitación con otras veinte personas, cruzar continentes en autobús… A veces vale la pena; otras, no tanto.

Mi periplo para volver a casa.

14. No planear bien el tema de las divisas

Estaba yo en un bonito viaje en autobús de 24 horas (véase punto anterior) entre Praga y Tallín cuando hicimos una de esas clásicas paradas para comer algo e ir al baño. En Polonia, donde la moneda oficial era y aún es el złoty. Moneda que yo no tenía y que tenía que introducir en la puerta del baño para poder entrar (en serio, mundo, hacer pagar por ir al baño es cruel). Afortunadamente, una buena señora se apiadó de mí cuando le dije en mi checo macarrónico, muy parecido al polaco macarrónico, que solo tenía coronas checas y me dejó unos złotys para poder hacer mis necesidades en un lugar cubierto.