Crédito: Cristiano Betta

1. Sabes que siempre hay algo que hacer con las tortillas viejas.

Porque pasa todo el tiempo: en México no vas a comprar cinco o seis tortillas para la comida… compras un kilo completo, del cual te comes sólo cinco o seis tortillas. ¿Qué pasa con el sobrante? Fácil, termina transformado en sopa de tortilla, enchiladas, chilaquiles o huevos rancheros. Es por este proceso de continuo aprovechamiento de las varias etapas de la tortilla -que puede llegar hasta el menú de tu mascota- que, a pesar del superávit nixtamalesco de los hogares mexicanos, es rara la tortilla que termina siendo desechada.    

 

2. Sabes que el molcajete no es un simple adorno.

El molcajete es mucho más que estética y ganas de aportar un toque autóctono a la mesa. La piedra volcánica le impregna sabores únicos a las salsas que en ella se muelen. No importa si es una salsa de cacahuate con chile piquín o el típico guacamole para los tacos del domingo, el hecho de que sea una salsa molcajeteada, siempre garantizará su éxito a la hora de la comida.

 

3. Conoces el verdadero riesgo de dejar los frijoles en la lumbre.

Independientemente de que hayas usado o no este pretexto para huir de algún encuentro poco cordial, sabes que una olla de frijoles sin atender es un accidente esperando ocurrir… sobre todo si es una olla express.

 

4. Entre tus curiosidades, cuentas con un comal…

Y si no tienes un comal, tienes un sartén maltrecho que utilizas como comal. Y tienes la manía de meter la mano para manipular lo que sea que estés calentando… asombrosamente, nunca te quemas.

 

5. También, por ahí debes tener una ollita de barro…

Esa que le da el toque especial al arroz y a la que hay que curar con un menjurge que involucra agua con sal, ajo, vinagre, jabón o la combinación de todos estos ingredientes.  

 

6. Y algún jarrito de peltre.
Porque son tan bonitos y prácticos.

 

7. Hay patrones que se han vuelto claros en tu refri.

Como el hecho de que nunca falten la cebolla, el jitomate, el ajo y alguna ramita de cilantro o perejil. Y es que la mitad de los alimentos que preparas requieren de la combinación de al menos tres de esos elementos, ¿no es cierto?

 

8. Tu horno está perfectamente bien ordenado.

Está la sección de las ollas que jamás utilizas, la sección del Pirorey y la sección de las cosas que deberías tirar, pero por alguna razón no lo haces. Eso no quiere decir que nunca uses el horno, tienes la diligencia suficiente para sacar todo el desmadre, cocinar y volver a acomodar todo para que quede igualito.

 

9. Sabes que hacer tamales no es cosa de todos los días.

Preparar tamales es una empresa por demás laboriosa que no sólo requiere la cooperación de varios miembros de la familia, sino paciencia y destreza en el arte tamalero. Además, el proceso está lleno de curiosidades como la monedita en el fondo de la olla y los “aretes” en las asas. Si no quieres cumplir con todas estas tradiciones, puedes hacerlos como te de la gana… pero seguro no te saldrán a la primera.

 

10. Ubicas perfectamente tu recaudería más cercana.

Y obviamente… sabes lo que es una recaudería.

 

11. Utilizas chiles frescos para tus platillos…

Y sabes qué recetas se llevan con qué chiles. Usar chile en polvo para agregarle más sabor a lo que cocinas es algo que jamás te ha pasado por la mente.

 

12. Has preparado quesadillas para cenar en más de cien ocasiones…

Está bien, puede ser que en más de mil. Y es que son fáciles de preparar, ricas y baratas. A nadie le queda mal una quesadilla, nunca, ¡ni aunque se queme!

Amigos de latitudes más altas: pueden sustituir las quesadillas en este punto por burritos y funcionará exactamente igual.

 

13. Sabes lo que es desvenar y torear un chile.

Y las posibles consecuencias de torearlo más de la cuenta…

 

14. Y sabes que es mala idea utilizar chiles estando enojado.

Por si las dudas, mejor entrar a la cocina de buen humor. Recuerda que el chiste de que la comida pique, es que pique rico, no dejar a todos tus comensales sin papilas gustativas. ¡Provechito!