Foto: Dolapo Falola

1. El debate existencial sobre la importancia de la ropa y la de los libros.

Es el gran drama que todo lector tiene que afrontar cuando hace la maleta y se da cuenta de la ha llenado solo con los libros que va a leer. Siempre se repite que ya lavará la ropa en el hotel…

2. El odio (secreto) a los compromisos de puntualidad de las aerolíneas.

¿Por qué se empeñan en llegar a tiempo y en acabar con los retrasos inesperados? Todos sabemos que que te dejen tirado en un aeropuerto es un sueño: ¡son horas que ganas para la lectura!

3. Y el juramento de odio eterno a su poca coordinación con la lectura.

Sí, las aerolíneas son enemigas de la lectura. Al menos ahora ya no se empeñan en hacerte apagar el ereader al aterrizar, pero siguen conspirando para hacerlo en el momento más interesante de la novela…

4. La terrible posibilidad del vacío literario.

O lo que es lo mismo: tienes pesadillas pensando que quizás los libros que llevas no son suficientes y que estás condenado a que se te acaben a mitad de las vacaciones o antes de que el avión aterrice.
Si se viaja a un país cuya lengua uno no lee, el miedo se hace más profundo.

5. El síndrome de un libro más.

Es lo que hace que no puedas pasar por un aeropuerto sin entrar en la librería y que seas de las pocas personas que creen que las tiendas de libros de las estaciones son templos.

6. Y la pulsión de entrar en todas las librerías.

Muy similar al síndrome de un libro más, es el que hace que no puedas pasar por delante de una librería sin entrar y casi seguro sin comprarte un libro. Da igual que estés en un país que ni siquiera usa el mismo alfabeto que tú.

7. La inclinación a viajar en tren.

Tienes muchos argumentos, pero la verdad es que si viajas en tren y haces en 6 horas lo que en avión podrías hacer en una es simplemente porque así tienes tiempo para leer.

8. La culpabilidad del tiempo (supuestamente) perdido.

Ataca directamente cuando te das cuenta de que llevas toda la tarde en la playa (posiblemente en la misma posición) leyendo o cuando te quedas un ratito más en el hotel para leer un capítulo más en vez de salir a explorar.

9. El efecto cegador del libro.

Te molestará que la gente te hable (¡pero si son locales queriendo entablar conversación contigo!) y pasarás de mirar el bello paisaje por la ventana del tren (¡pero si es a lo que has venido!) por leer una página más. Cuando te pregunten cómo es la gente y cómo son los paisajes, ya les contarás lo que han escrito en la guía de viaje.

10. La necesidad del peregrinaje literario.

No solo te lleva a ir a la casa museo de tu escritor favorito o a recorrer una ciudad siguiendo las huellas de una novela, sino también hace que seas la única persona que visita la casa museo de ese escritor minoritario que nadie conoce y que te mencionaron en la oficina de turismo. Sabes que tienes que ir y sabes que acabarás leyendo sus libros.

11. El descubrimiento del lado oscuro de las amistades por culpa de los libros.

Es lo que ocurre cuando viajas con alguien y descubres de pronto que esa persona no lee, que se empeña en hablar contigo en las horas de espera en aeropuertos (cuando tú quieres leer) o, mucho peor, que no está dispuesta a aceptar todas tus peregrinaciones por lugares literarios. Seguís siendo amigos, claro, pero sabes que te costará olvidar semejante afrenta.

12. Los dolores de espalda tras un día de turismo.

Sabes que tendrías que haber llevado solo la guía (de papel, claro) pero no puedes dejar el libro que estás leyendo en el hotel, porque siempre ¡siempre! sabes que encontrarás un momento para leer.

13. La necesidad de lecciones de contorsionismo para ir a la playa.

El resto del mundo solo necesita crema solar, pero cuando se va a la playa a leer es necesario saber cómo encontrar la posición perfecta y, sobre todo, la que permite evitar las arenas que vuelan.

14. La desesperación del libro perdido.

Suele estar asociada a tener que dejar el alojamiento en el último momento: cuando vas a sacar tu libro te das cuenta que quedó atrás. Y lloras, claro, sumiéndote en la tristeza absoluta (y sí, tienes una excusa para entrar en otra librería).

15. El posterior efecto maratón de lectura.

Los problemas vitales del viajero lector no acaban cuando vuelve a casa. Ahí solo empieza la segunda parte. Durante las siguientes semanas, no se puede evitar acabar en un maratón de lectura de literatura del lugar visitado.