1. Resigné el sabroso aroma de las panaderías argentinas invadiéndolo todo.    

No hay mayor nostalgia que ese olorcito a pan recién horneado de quién sabe dónde que impregnaba toda la zona por donde uno transitaba. Muero por una medialuna de manteca. Hay panaderías al estilo argentino, solo que están a grandes distancias y no abundan.

 

2. Ya no puedo decir “que amase tu vieja”…

Si había algo que precisamente no hacía en Argentina, era amasar. Bueno, acá la cosa cambia. Si me antojo de unas empanadas o una tarta, no hay buenas masas con las que hacerlas. Entonces aprendí a ser agradecida: digamos que Australia logró que puliera mis habilidades culinarias.

 

3. Dejé atrás el estereotipo del surfer de piel dorada en short de baño.

Mis amigas se desilusionaron cuando les conté. Esos están en otros lados (Australia es enorme y tiene muchísimos climas y paisajes distintos). En Melbourne hay hipsters de camisa leñadora de mangas largas a cuadros… y por una buena razón: el clima.

Cuando decidí mudarme de Rosario a Melbourne, me fijé la latitud y vi que igual había cuatro estaciones. Lo que no sabía era que las cuatro estaciones se podían dar un mismo día. En Melbourne, te la pasás saliendo con un ropero encima: remera, campera, guantes por si hace más frío y paraguas por si llega a llover.

 

4. Lo bueno del clima es que… ¡ya no tengo que plancharme el pelo!

En mi defensa, vale aclarar que no lo hacía por gusto, sino por la horrorosa humedad de muchos lugares de Argentina. En el clima seco de estas regiones, adoro poder decir “chau frizz” sin necesidad de productos especiales.

 

5. Tuve que redefinir lo que es el buen gusto por la comida.

Acá se puede probar comida de casi todos los países del mundo, pero para eso agarrá un mapa porque con la comida Aussie te morís de angustia. Hace unos días pasé por “Moroccan Soup Bar” y fue una de las cosas más ricas que probé en mi vida. Cambié los alfajores por los Tim Tam, que no serán Havannas… pero son deliciosos. Y si uno sabe dónde buscar, se encuentran buenas pizzas y pasta (que nunca serán como las argentinas), sabrosos gelatos Jaujay parrillas (en Melbourne o Sidney por ejemplo).

 

6. No va más el “ya vengo, voy a comprar al kiosko de enfrente”.

Si hubo algo que tuve que organizar cuando pisé suelo australiano, fueron las compras. Acá no hay vecino de la cuadra con almacén que te saca de apuros cuando te olvidaste de comprar y casi es medianoche. Los shoppings y las grandes cadenas de supermercados están por todos lados, pero te tenés que acostumbrar a que la mayoría cierra temprano. Lo único abierto siempre son los 7eleven, el tema es te sacan un ojo de la cara por un poco de pan y leche.

 

7. Ya no tengo vergüenza de pasar por una obra en construcción.

No solamente siento que puedo ponerme la pollera del largo que se me antoje, sino que acá podría salir disfrazada del dinosaurio Bernardo y nadie me diría ni una palabra. Eso sí, tampoco es cuestión de perder el decoro: la gente no es ciega.

 

8. Recuperé a la bicicleta como medio de transporte.

Dejé atrás el trauma de que invertir en una bici era invertir por y para los ladrones. Acá no son carmelitas descalzas, pero podés andar con total libertad. Solo no debés olvidarte de ponerle un buen candado cuando la dejes en algún lado.

 

9. Ya no hablo a diario con mis vecinos.

Ya sea saliendo de casa o en el ascensor de un edificio, los australianos no tienen arraigada la costumbre de saludar o charlar con quien no conocen. Si les hablás, te contestan… tampoco es que miran para otro lado. Haces unos días, una vecina me sorprendió al decirme “estudiás mucho, si yo fuera tu mamá, te obligaría a que vayas un poco al gimnasio”, y eso fue todo, después volvió a su vida y a su casa, sin preguntarme si tengo novio siquiera.

 

10. También tuve que dejar atrás eso de “venite a casa y tomamos unos mates”.

Si de juntarse se trata, los bares son el lugar de encuentro por excelencia, con cafés barista de 4 dólares y cerveza de 8 dólares como mínimo.

 

11. Se extraña el asadito o la raviolada de los domingos al mediodía.

Nada se compara con esa comida casera de mamá, de papá, de los suegros o quién se prestara a cocinar un día domingo. Como consuelo (y esto no es poco) siempre hay alguna carnicería argentina amiga… Con solo pedirle asado, el dueño ya te empieza a hablar en español.

 

12. Abandoné la paranoia de mirar para atrás cuando camino.

Y no solo eso, olvidé rápidamente lo que era tener miedo a sacar el celular en un lugar público. Por estos lados, la gente hasta usa su Mac arriba del tren. Más que fácil adaptarse a esta tranquilidad.

 

13. Olvidé con gusto el “vamo’, vayan pasando para atrás” del colectivero.

Acá es: “Ladies and gentlemen… please”. Cuando lo escuché por primera vez no lo podía creer. Incluso, más de una vez los conductores encienden los micrófonos y hacen alguna que otra broma. Del constante mal humor de muchos choferes en Argentina a los conductores bromistas y formales en Melbourne… creo que la elección está clara.

 

14. Y me acostumbré a la falta de “banda sonora” en el transporte público.

Perdí la insana costumbre de escuchar a todo volumen, arriba del colectivo, el “ruido” que salía de los teléfonos de última generación. Acá la gente lee mucho o va respetuosamente con sus auriculares puestos en el tram (una suerte de tranvía), trenes y buses.

 

15. Dejé de cruzar la calle a mitad de cuadra…

No solamente porque gran parte de la población cumple con esta regla de tránsito, sino especialmente porque cada paso es un dólar de multa. Es preferible perder 5 minutos en el semáforo que 135 dólares en 5 minutos.

 

16. Y olvidé lo que era la falta de respeto a los peatones.

Qué a nadie se le ocurra un ¡La C* de tu madre, p*! ¡Apurate, boludo! Si sos conductor, debés armarte de paciencia para esperar el paso de peatones a dos kilómetros por hora sin ningún apuro. Eso sí, cuando sos peatón amás ese cambio.