1. Descubre que su «portugués» no es tan bueno.

La fórmula que creemos infalible, un gallego modificado con el acento adecuado y la inserción de algunas palabras clave que conocemos, nunca cuela: los portugueses prefieren que nos comuniquemos en el español que ellos sí hablan y no en ese híbrido con el que llegamos creyendo eliminar toda barrera lingüística.

2. Quiere mucho más a los portugueses que cuando ellos visitan Galicia.

Los portugueses en Galicia son esos turistas que nos roban las playas en verano, que vienen a El Corte Inglés de Vigo si es festivo allí, que montan su mesita de pícnic en un arcén. Los portugueses en Portugal o en cualquier otro lugar del mundo son nuestros primos hermanos. Aunque normalmente el amor no sea correspondido y para ellos los gallegos no seamos más que unos españoles que intentan hablar portugués.

3. Odia que lo metan en el mismo saco que al resto de los españoles.

¡Somos gallegos! ¡Una vez fuimos el mismo país! ¡Somos como las familias que quedaron separadas por el muro de Berlín! De Oporto para abajo les da bastante igual.

4. Se siente superior a esos otros turistas españoles que no entienden el menú.

5. Tiene alguna experiencia traumática en una playa por culpa del viento.

Quizá en vez de sombrilla hubiese sido mejor traer un paravientos. Ya sabes, uno de esos que tienen TODOS los portugueses que toman el sol tranquilos mientras tú sufres el ataque directo de la arena.

6. Alguien comenta al entrar en la autopista que las multas no llegan.

A lo que otra persona le contesta que ya sí, que leyó una noticia, que conoce a una persona.

7. Alguien recuerda el nerviosismo de cruzar la frontera antes de Schengen y que te pararan en la aduana.

¿Contrabando de toallas?

8. De pronto, la SuperBock mola.

Ya no es esa cerveza chunga que bebías en el Maycar solo a partir de las 4 de la mañana. Ahora es la cerveza de los festivales portugueses y te parece mucho más cool.

9. Se empacha.

Quizá la francesinha de cena no fuese la mejor idea.

10. Comprueba esa máxima meteorológica: al otro lado del Miño hace mejor tiempo.

Que sí, que es ir hacia el sur y es lo normal, pero a veces es tan poca distancia que parece que tiene que ver con un pacto portugués con los dioses del tiempo.

11. Si va en tren, busca en Google cómo está el tema del AVE.

Imagina un AVE A Coruña-Algarve (¡y hacer el trayecto sin tener que cambiar de tren!). Imagina ir a Oporto en un tren que no parezca montado con piezas del desguace. Imagina una Eurorregión unida de verdad. You may say I’m a dreamer…

12. Alguien comenta que el gallo portugués existe gracias a un gallego.

Ah, ¿que no conoces la leyenda del gallo de Barcelos? Léela aquí y en tu próximo viaje serás tú quien quede de listillo. De nada.

13. Va con miedo a enfrentarse a los conductores portugueses.

Un temor algo exagerado. Cualquiera que haya conducido por Vigo sabe que las «portuguesadas» son más frecuentes a este lado de la frontera.

14. Se siente superior al saber que Portugal es mucho más que toallas.

Aunque puede que compre alguna, ya que está por ahí. Y un paño de cocina y un mantel de esos tan bonitos.

15. Hace la compra en un Pingo Doce.

Que sí, que los Gadis y los Froiz son fantásticos, pero, ay, los Pingo Doce.

16. Se plantea hacerse reintegracionista.

Empieza a tontear con el tema mientras degusta un bacalhau dourado y prueba el vinho verde da casa. Se lo toma más en serio al oír a nuestros vecinos hablar inglés. Se convence ante la prueba definitiva de civilización superior: hacen cola en la parada del autobús.

17. Confirma lo que ya sospechaba: Portugal es siempre una buena idea.

Está cerca, es bonito, se come bien y hace siempre bueno. ¿Nos mudamos a Oporto mientras esperamos AVE y reintegraciones?