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1. ¿Por qué no quieres que te haga una visita en verano?

Es más barato, sí, pero ¡por algo será! Si no quieres llegar al hotel como si te hubieses dado un baño en el Guadalquivir, mejor vente en otra época del año.

2. ¿Me enseñas a bailar una sevillana?

¿Me enseñas tú? No todos los que vivimos en Sevilla sabemos bailar sevillanas, aunque con dos jarras de rebujito de más, la mayoría lo intentamos, mal que bien.

3. ¿Rebujito?

Sí, amigo. Es la bebida estrella de la feria, y si vienes la tienes que beber sí o sí. Se trata de una mezcla de fino con un refresco de gaseosa como el Sprite o el Seven Up, y es lo más refrescante que te puedes llevar al gaznate durante la Feria de Abril.

4. ¿Qué es ese olor delicioso que recorre la céntrica calle Tetuán?

Se trata de cazón en adobo, y es una de las delicias de la gastronomía andaluza. Se hace introduciendo el cazón en un caldo preparado con ajo, orégano, pimienta, sal y vinagre, denominado adobo, y tras ocho horas impregnándose de la mezcla, se extrae, se harina y se fríe. Todo un manjar.

5. Qué campanario más raro

Y tan raro. La Giralda era originalmente el alminar de la mezquita musulmana de Sevilla, que fue reutilizado para la posterior construcción de la catedral gótica que hoy puedes contemplar.

6. ¡Qué frío! ¿Aquí no hacía siempre calor?

Pues no. Los inviernos en Sevilla son bastante fríos, aunque puedas estar hasta noviembre paseando en camiseta de manga corta y bermudas. Cuando llega el frío, lo hace con fuerza.

7. ¿Y entonces este calor de repente en febrero?

En Sevilla el tiempo es imprevisible. Excepto en verano, nunca puedes estar seguro de qué temperatura hará la próxima semana. Aquí no se puede guardar la ropa de verano en todo el año y, si te descuidas, lo mismo te pilla un aguacero con las gafas de sol puestas.

8. ¿Eso que va delante del taxi, en mitad de la avenida, es un coche de caballos?

Sí, pero tranquilo, es sólo una atracción turística. El sevillano medio prefiere moverse en coche, metro o autobús; es mucho más cómodo y limpio.

9. ¿Me pone una caña?

¿El qué? Aquí no se pide una caña, ni siquiera una cerveza, sino una “cervecita”.

10. ¿Dónde está la gente vestida de flamenca?

Si vienes en abril, en la feria. Si no, en algún espectáculo de esa índole. Pero no, no vamos todo el día con esos aparatosos trajes a todos lados, ni improvisamos tablaos en mitad de la calle para goce y disfrute del turista ávido de tópicos andaluces.

11. ¿De verdad los bares venden la cerveza a 50 céntimos?

Por lo general no, aunque hay algunos locales que la venden por ese precio. Lo que sí es cierto es que Sevilla es una de las ciudades donde la cerveza es más barata, por lo general 1 euro el vaso de cerveza o el botellín.

12. Todavía no me has contado un chiste

Pese a que tengamos un gran sentido del humor y nos tomemos muchas cosas a broma, no todos somos unos humoristas en potencia ni estamos todo el día contando chistes.

13. No seseas ni ceceas, ¿de verdad eres de Sevilla?

De verdad. No todos los sevillanos tenemos un acento marcado, ni compartimos las mismas variantes a la hora de hablar.

14. Pero, ¡si son sólo figuras de madera!

Ya, y el Guernica es sólo óleo sobre un trozo de tela, ¡no te fastidia! Aparte de obras de arte, las imágenes de Semana Santa despiertan verdadera pasión entre parte de los sevillanos.

15. Entonces, ¿a todos los sevillanos os apasiona la Semana Santa?

Nada más lejos de la realidad. A una parte de la ciudad le apasiona, otra no la soporta, pero la gran mayoría nos movemos en el terreno de la indiferencia, aunque apreciamos el valor cultural y artístico de nuestra Semana Santa.

16. ¿No dijiste que sólo una cervecita y para casa?

¡Ay, amigo! Esto es lo que se conoce como “enreo”, y a los sevillanos nos encanta “enrearnos”. Una inocente cerveza se puede convertir en una noche memorable que acabe con unos churros en el puente de Triana mientras amanece.

17. Entonces, ¿estáis todo el día de fiesta?

¡Ya nos gustaría! Pero esta hermosa ciudad no se levanta sola. Los sevillanos, como cualquier otra persona del mundo, nos podemos permitir dos o tres “enreos” por semana, pero el resto del tiempo damos el callo tanto como el que más.