Foto: Teejayy

La lengua es un organismo vivo. Con el paso del tiempo, algunas palabras cambiaron de significado por completo (en muchos casos llegando incluso a significar exactamente lo contrario); otras dejaron algunas de sus acepciones más comunes en el pasado olvidadas y otras, simplemente, afinaron y pulieron para adaptarse un poco a los tiempos.

1. Plaza significaba ‘fama’

Plaza significó lo mismo que ahora (‘lugar ancho y espacioso dentro de un poblado’) desde su origen griego, pero había otra acepción hasta el siglo XIX que ahora ni se nos ocurriría: ‘fama’. El ejemplo que aparece, por ejemplo, en el diccionario de 1780 es «fulano pasa plaza de valiente». Dan ganas de volver a utilizarlo…

2. La adolescencia duraba hasta los 25 años

¿Qué es un adolescente? Es difícil poner límites, pero diríamos que en general la adolescencia dura entre los 12 y los 18 años. Algunos empiezan antes, otros más tarde. En cuanto al final, hay quien se comporta como un adolescente toda su vida, pero digamos que a partir de los 18-20 años ya no es lo socialmente aceptado. Antes eran algo más permisivos: en 1817 (y antes) la adolescencia era «la edad desde catorce hasta veinte y cinco años». Explica muchas cosas. (Ahora la definición es más vaga y dice que es el «período de la vida humana que sigue a la niñez y precede a la juventud»).

3. Una nación era un extranjero

No vamos a entrar en polémicas sobre qué es y qué no es una nación ahora (pero el DRAE dice en su tercera acepción que es el «conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común», ahí lo dejo), retrocedamos unos siglos. En el XVIII, se usaba nación también para designar a cualquier extranjero. Eso sí, solo en el «estilo baxo», lo que ahora entenderíamos por coloquial o vulgar.

4. Jamás era siempre

Para entender este cambio hay que llegar hasta el latín, cuando se decía iam magis (literalmente ‘ya más’) para decir siempre. Pero como se usaba mucho para enfatizar semper y nunquam (‘siempre’ y ‘nunca’), acabó por convertirse también en sinónimo de la última. Aunque sigamos diciendo «por siempre jamás» sin despeinarnos ni preguntarnos si tiene sentido.

5. La siesta no tenía que ver con el sueño

O quizá sí, pero no de forma tan directa. Esta costumbre tan española empezó a tener nombre propio, si nos guiamos por los diccionarios, allá por 1817, cuando aparece el significado de ‘sueño que se toma después de comer’. Antes de eso, la siesta era simplemente el «tiempo después de mediodía, en que aprieta más el calor» (esta acepción existe todavía, pero es ya la tercera). Resulta que los extranjeros no van tan desencaminados cuando dicen que en España todo cierra dos o tres horas a mediodía por la siesta.

6. El retrete no era para hacer tus necesidades

Es decir, usar el retrete no significaba irse al «aposento dotado de las instalaciones necesarias para orinar y evacuar el vientre». Un retrete era solo un cuarto pequeño en la casa «destinado para retirarse». Eso en 1780. En 1817 ya era también el cuarto retirado «donde se tienen los vasos para exonerar el vientre».

7. Los asesinatos no siempre acababan con un muerto

A veces sí, claro. Asesinar ya era «matar alevosamente» en el siglo XVIII, pero había otra acepción —que, por otra parte, sigue vigente en la última edición del DRAE y ni siquiera dicen que esté en desuso— menos sangrienta: «engañar o hacer traición a alguna persona que se fiaba de quien la hace». Y, claro, podías llamar asesino a cualquiera que te hubiese traicionado.

8. La tolerancia no tenía que ver con el respeto

Tolerar tenía en 1739 dos únicas acepciones (todavía vigentes a su manera): «sufrir, llevar con paciencia» y «disimular o permitir algunas cosas, que no son lícitas, sin castigo del delincuente». ¡Vaya tolerancia! Lo del respeto hacia las opiniones y acciones de los demás y todo el tema religioso no aparecen en el diccionario hasta 1925.

9. Violar tenía sus niveles

Resulta que hasta 1992 las violaciones sexuales solo afectaban a las mujeres. Pero hay más chicha si retrocedemos un siglo más: en las ediciones de los siglos XVIII y XIX violar era «gozar [o corromper, según la edición] por fuerza a una mujer, especialmente doncella». Vaya, que si la mujer no era virgen era violación, sí, pero un poco menos.

10. Antes de Hitler, los dictadores eran buenos

Un dictador era en 1925 (y antes) simplemente el magistrado supremo y temporal de los romanos al que, en tiempos de peligro, se nombraba y se le otorgaban poderes extraordinarios. Es fácil ver de dónde sale llamar dictadores a lo que entendemos ahora por dictadores, pero las connotaciones son algo distintas: en general, ahora no están tan bien vistos.

11. El aborto era otra cosa

Todos coincidimos más o menos en la acepción actual de «interrupción del embarazo por causas naturales o provocadas» y todos sabemos que los abortos han existido siempre. No obstante, esa definición no aparece en el diccionario hasta 2001. Antes hay solo «partos fuera de tiempo» y «expulsiones del feto antes de que sea viable».

12. Calle era una interjección

Y no necesariamente una intersección (perdonad el chiste malo, era demasiado fácil). No es que no hubiera calles, existían y es como las llamábamos. Se usaba también como interjección para denotar extrañeza o armonía. «Calle que es bueno» dice el ejemplo y, aunque ahora lo entenderíamos como una invitación a que el interlocutor dejase de hablar, no era eso. Se trataba más o menos de un «pues sí que es bueno».

13. Un jardín era un sitio en el que había mujeres guapas

Que sí, que también era lo mismo que ahora con sus plantitas y flores, pero en 1780 se llamaba jardín también al «paraje donde hay abundancia de sujetos hermosos, especialmente mujeres […]». Aquellos tiempos en los que se iba al jardín a ligar… el huerto era para las palabras mayores.

14. Un gitano era básicamente el diablo

¿Exagero yo? Leed la definición entera de 1734, que no tiene desperdicio: «cierta clase de gentes, que afectando ser de Egipto, en ninguna parte tienen domicilio, y andan siempre vagueando. Engañan a los incautos, diciéndoles la buena ventura por las rayas de las manos y la fisionomía del rostro, haciéndoles creer mil patrañas y embustes. Su trato es vender y trocar borricos y otras bestias, y a vueltas de todo esto hurtar con grande arte y sutileza». ¡Se quedaron bien a gusto! Poco a poco la RAE ha ido puliendo esta definición (y otras) y ahora lo ofensivo está solo en las acepciones 5 («trapacero») y 6 («que tiene gracia y arte para ganarse las voluntades de otros»). Como siempre se defienden, ellos reflejan el uso que hace la gente de la lengua, sin entrar en si está bien o mal que se haga así.

15. Podías hacer deporte sin sudar

«Me gusta el deporte», podrías decir ahora. La gente te imagina saliendo a correr, jugando al baloncesto, yendo al gimnasio, siempre en forma. No obstante, esto es algo nuevo, muy del siglo XX. Antes, lo único que significaba deporte era ‘diversión, holgura, pasatiempo’. Vaya, que podías (y puedes, sigue siendo la segunda acepción) llamar deporte a salir por la noche o a pasarte el día en casa viendo Netflix.

16. La cena era la comida

En 1729 las cosas ya habían cambiado y se hacían eco de esto en la propia definición: «llamose así en la antigüedad la comida principal que se hacía, […] respecto de que a ella se juntaba toda la familia; pero hoy se ha quedado esta, que es al mediodía, con el nombre de comida, y llamamos cena a la nocturna».

17. Las mansiones no eran solo para los ricos

Más que nada porque una mansión era simplemente «la detención o parada que se hace en alguna parte» o «el aposento o pieza destinada de la casa, que sirve para habitar y descansar en ella». Mansión como lo entendemos hoy en día (casa suntuosa) no aparece hasta 1992. Es decir, si alguien te decía que te iba a enseñar su mansión se refería a su dormitorio. Está bien saberlo para evitar malentendidos en viajes en el tiempo.

Fuentes:
Mapa de diccionarios de la RAE, Diccionario de autoridades.