En 1930 México se encontraba en la cumbre del Maximato y el país seguía los designios de Plutarco Elías Calles al pie de la letra. Fue un momento de grandes cambios y estos cambios se sentían con fuerza. Los conflictos revolucionarios parecían por fin haber quedado en el pasado, el partido oficial —fundado y liderado por el mismo Calles— acababa de tomar el poder, el presidente en turno, Pascual Ortiz Rubio, había sufrido un atentado el día de su toma de protesta y a México le urgía construir y fomentar una identidad que lo separara del estigma revolucionario. Era momento de buscar nuevos símbolos y de fomentar nuevas tradiciones, era momento de integrar lo prehispánico a la identidad mexicana. Esta es la historia de cómo celebramos una Navidad con Quetzalcóatl.  

 

México en búsqueda de identidad

Llegó el final de las luchas revolucionarias y México estaba en una severa crisis de identidad. Se negaba de todo aquello que remitiera al porfiriato y se buscaba apoyo en el pasado distante del país para construir una identidad nacional que mantuviera a raya toda influencia extranjera. A finales de la década de los veinte se impuso la figura del charro y la china poblana como símbolos de lo mexicano, el arte —incluyendo las obras de los grandes muralistas— se volvió nacionalista e incluso oficialista y festividades como la Semana Nacionalista se encargaban de celebrar todo lo mexicano, lo que sea que esto fuera. 

Es en este contexto en el que a Pascual Ortíz Rubio —segundo presidente de México impuesto por Plutarco Elías Calles durante el periodo conocido como el Maximato— se le ocurrió que sería buena idea liberarse de la influencias extranjeras encarnadas en los símbolos navideños. Santa Claus era el principal enemigo, pues no representaba ningún tipo de tradición y se le consideraba más bien una moda importada de Estados Unidos. Cabe mencionar que la popularidad de Santa no estalló sino hasta mediados de la década de los treinta cuando Coca Cola usó al personaje como parte de sus campañas navideñas. 

La solución del gobierno mexicano para erradicar a Santa Claus y su influencia yanqui fue sustituirlo por algo con lo que los mexicanos se sintieran identificados. Un símbolo cargado de historia e identidad. Un estandarte de buena voluntad y de todos lo que la Navidad representa. Un personaje mítico. Algo así como Quetzalcóatl.   

 

El anuncio oficial

Semanas antes de la Navidad de 1930, Carlos Trejo Lerdo de Tejada, Secretario de Educación Pública de México, giró una serie de instrucciones a las que nadie pudo mantenerse indiferente. Por mandato presidencial, Quetzalcóatl, la mismísima serpiente emplumada, sería adoptado como un símbolo representativo de la Navidad mexicana y se promovería su figura como la responsable de repartir los regalos navideños a los niños y niñas de México. Este designio fue apoyado por campañas de la Secretaría de Educación Pública en las que se sustituía a Santa Claus por el dios mexica. Era momento de apoyar lo hecho en México y ningún símbolo extranjero se adueñaría de una fecha tan importante como la Navidad.   

Ese año se hicieron concursos de dibujo en las primarias de todo el país para que que cada niño trabajara en su propia versión del dios mexica; se imprimieron afiches conmemorativos; la Lotería Nacional incluyó a la serpiente emplumada en su famoso sorteo de Navidad e incluso algunas marcas comerciales se subieron al tren del nacionalismo improvisado. Todo iba viento en popa y solo faltaba organizar el clásico evento oficial para mostrar a todo México la nueva cara de la Navidad. 

 

Navidad con Quetzalcóatl. El show en vivo 

El resurgimiento de Quetzalcóatl se vería consolidado con un gran evento organizado por el gobierno. Durante este evento, la encarnación de la serpiente emplumada se presentaría en vivo para hacer una repartición masiva de juguetes a los niños de la Ciudad de México. Todo el mundo pegó el grito en el cielo por los más diversos motivos; sin embargo, eran tiempos de oficialismo y las decisiones del gobierno, por extrañas que fueran, rara vez eran contrariadas. A pesar de las críticas, el plan se llevó a buen término el 23 de diciembre de 1930.

La repartición de juguetes durante la Navidad con Quetzalcóatl se llevó a cabo en el Estadio Nacional —el estadio más grande de la ciudad que se ubicaba en la colonia Roma y que más tarde sería sustituido por el Estadio Olímpico Universitario. Ahí se levantó un templete en forma de pirámide y un cosplayer de Quetzalcóatl se hizo presente para oficiar la regaliza. Claro que Quetzalcóatl no llegó en forma de serpiente emplumada. En favor de una transición más natural y de no generar traumas innecesarios en los niños de México, se optó por la figura antropogénica del dios mexica, un hombre barbado y de rasgos europeos que bien podría haber sido la representación de Jesús en cualquier pastorela o un Rey Mago de esos de la Alameda. 

Ese día se repartieron juguetes y ropa a cerca de quince mil niños. En el evento participó Pascual Ortíz Rubio, la ex primera dama, Josefina Ortiz y Ortiz, un vato ataviado como Quetzalcóatl, varios más ataviados como guerreros y sacerdotes mexica, los Reyes Magos —a los que no se les tenía tanta tirria pese a ser igual de extranjeros que el barbón de traje rojo—, una banda de guerra y varios danzantes que interpretaron distintas coreografías acordes a la ocasión. Todos los presentes aplaudieron la dirección en la que el gobierno llevaba los festejos navideños. El resto de México no estaba tan contento.  

 

La nueva partida de Quetzalcóatl

Llegó la Navidad de 1931 y nadie parecía recordar el intento de sincretismo forzado por el gobierno mexicano. Aunque todos los planes para establecer a Quetzalcóatl como el nuevo símbolo de la Navidad mexicana se llevaron a cabo de forma exitosa, el pueblo de México nunca estuvo de acuerdo con los designios oficiales. Los católicos veían esta imposición como una ofensa a su fé, los historiadores lo encontraban risible y a la mayoría de los mexicanos simplemente les parecía extraño adoptar a un hombre serpiente como parte de sus rituales navideños.

Quetzalcóatl se retiró nuevamente de la vida pública en México para regresar a los museos, a los libros de historia y a las tradiciones de los pueblos originarios; la influencia estadounidense siguió avanzando por nuestro país sin necesidad de nuevas confrontaciones; los niños de México continuaron dirigiendo sus cartas a Santa o a los Reyes; y, tal vez, el gobierno mexicano se dio cuenta en algún punto de que los cambios culturales no se dan de la misma forma que los cambios políticos. 

Hoy vemos esto como una simple curiosidad histórica, pero siempre nos quedará la duda de cómo sería la Navidad mexicana en el siglo XXI si la gran serpiente emplumada se hubiera impuesto exitosamente en las celebraciones decembrinas. Cómo sería ese mundo en el que los niños mexicanos iniciaran sus cartas de Navidad diciendo, “Querido Quetzalcóatl, como este año me he portado muy bien… ”