Foto: Natalia Lobato

1.

Buscar y buscar (y apenas encontrar) sardinas en los mercados. Hay boquerones grandes, jureles pequeños, pescados plateados que se le parecen… pero ¡quiero un espeto ya!

2.

Aterrorizarnos por esos gazpachos andaluces que sirven tan felizmente por el mundo y que tienen de todo, pero nada de gazpacho y menos de andaluz. Y peor aún cuando hablan de porra antequerana o salmorejo. Miedito.

3.

Añorar la brisa del mar, salada, que sopla en cualquier momento del año y te reconcilia contigo mismo y con el mundo. Y si hace para tener un poquito falta echar sal en la piscina, pues ve trayendo el tractor.

4.

Llorar cuando nos preguntan por qué hemos dejado el sol y el clima calentito de Málaga por esos fríos polares que hace de Despeñaperros para arriba y que se vuelven aún peor desde los Pirineos al norte

5.

Repetir frente al espejo palabras que nos recuerdan la tierra: biznaga, Malagueta, espeto, pitufo, nube, El Pimpi, Pedregalejo, Gibralfaro…

6.

Probar todo tipo de vinos del mundo: fríos, calientes, templados, rojos, azules, amarillos… Siempre con la intención de dar con algo similar a un buen vino dulce de Málaga o un sencillo Moscatel. ¡Pero qué difícil es encontrarlo!

7.

Ante la pregunta de cómo sobrevivimos sin siesta, devolver una mirada entre amenazadora y triste: no es que sea una obligación diaria, ni sea algo que hagamos siempre, pero quién pudiera recuperarla algún que otro día…

8.

Comparar productos con los de Málaga: que si estos aguacates saben peor que los de la Axarquía o los tomates no saben como los de Almayate, que si nuestra zanahoria morá es más molona, que mucho muesli pero nada comparado con nuestro pan de higo de Coín…

9.

Poner cara de circunstancias cuando haces una broma citando a Chiquito de la Calzada o Dani Rovira y nadie la entiende porque nadie en la sala ha oído hablar lo más mínimo de ellos.

10.

Pedir a nuestros padres que nos envíen productos y platos españoles. Si son de Málaga mejor, pero a estas alturas, cualquier cosa vale.

11.

Buscar a alguien que sea de Málaga para preguntarle de qué barrio es para descubrir amistades compartidas, bares frecuentados, calles preferidas y así pasar horas hablando de Málaga.

12.

Despertar en mitad de la noche gritando ‘terral, terral’ cuando te has acostado con el pijama de franela bajo cinco mantas y dos nórdicos.

13.

Enfadarte una mijita cuando tus amigos extranjeros no te entienden al hablar castellanomalagueño y mosquearte una pechá cuando los españoles tampoco te entienden.

14.

Viajar a pueblos cercanos buscando restaurantes caseros donde comer cantidades ingentes a un precio muy barato. ¿Pero es que sólo hay ventas en Málaga?

15.

Soltar dos lagrimones cuando en la tele hablan de la Cousta del Sol in Malaga, llena de turistas en la playa mientras tú aún vas con bufanda.

16.

Buscar el hashtag #Malaga en Instagram para darle a me gusta a todas las fotos que muestren la ciudad y enseñárselas una y otra vez a tus nuevos amigos: ¡Mira, ahí vivo yo!

17.

Sonreír orgulloso cada vez que ponen una peli de Antonio Banderas en la tele o el cine. ¡Mira, ese es paisano mío!

18.

Recordar de vez en cuando que, a estas alturas, en Málaga seguro que brilla el sol y la gente pasea en manga corta por la calle mientras tú llevas el polar, la bufanda y los calcetines más gruesos que encontraste y, aun así, tienes frío.

19.

Descubrir que medio mundo ha pasado por Málaga en algún momento de su vida. Hasta los abuelos de tu nuevo colega neozelandés.

20.

Entender por qué toda esa gente ha estado en Málaga: igual no te has dado cuenta, pero las playas, las montañas, el clima, la buena gastronomía y los precios, quizás, tengan algo que ver.

21.

Hablando de precios: lamentarte cada vez que pagas una cerveza al precio en el que Málaga hubieras decidido invitar a toda La Rosaleda después de un gol ante el Madrid.Pero ¿por qué es tan cara?

22.

Descubrir que desde el aeropuerto de Málaga se puede volar a medio planeta. Y que es desde allí de donde salieron los vuelos de todos tus amigos andaluces en el extranjero.