Momentos, recuerdos y sensaciones de haber crecido en una isla como Lanzarote enmarcados en cinco factores.

1. El espacio

Estirar los brazos sin alcanzar nada, tocando sólo rayos del sol. Contemplar lugares que están cerca y lejos en el mismo vistazo, rodeado de horizontes siempre a la vista. Una isla plana pero para nada aburrida en la que puedes caminar viendo a dónde te diriges sin alcanzarlo durante un buen rato. Sentirte insignificante y humilde en un páramo que te envuelve. Una tierra de contrastes, de vida y muerte, plagada de colores que asaltan tus sentidos. Disfrutar recordando cuánto te hacía falta tu espacio vital.

2. El cariño

Las gracias, el buenos días, el qué pasó. Sentarse en un bar que no conoces y que te traten como si te conocieran de toda la vida. Olvidarse de los complejos, aprender a sonreír por imitación. Que la vergüenza sea no estar a la altura del buen humor que te rodea, tener demasiada prisa. Ver que las casas están para dar la bienvenida y no para esconderse, que los follones son para y por pasarlo bien. Que aquí los nombres no se olvidan porque las personas tampoco. Comprender que en una isla, todos somos vecinos.

3. El tiempo

En Lanzarote uno entiende que el tiempo no es supremo. Que casi se puede tocar, que tenemos relojes con hora menos para vivir una hora más. Perder el miedo a llegar tarde porque aquí una sonrisa no se tuerce por tan poco. Vivir rodeado tanto de olas que aceleran el pulso y machacan las horas, como de desiertos de lava en los que el tiempo ni pasa ni se le espera. Visitantes que van y vienen se mezclan con los que siempre están aquí, disfrutando de un hogar dónde los cambios son constantes pero el lugar siempre es el mismo.

4. El silencio

Meditar sin proponérselo, sin saber lo que es eso. Descubrir que las piedras y las nubes hacen ruido. Caminar viendo que tus pasos destruyen la paz allá por donde pasan. Entender el sentido de un paseo, apreciar la soledad como un momento de aprendizaje y disfrutar del no tener que decir nada porque el entorno ya lo dice todo. Callarte. Disfrutar de miradas y gestos que merecen ser escuchados y momentos de silencio que siempre amenazan con romperse. Descubrirte olvidando pensar y dormir, madre mía, dormir de verdad.

5. El aire

Darte cuenta de que el vacío no existe. Que el espacio se mueve y tú con él. Que los olores viajan tanto como tú y te dan la bienvenida al poner pie en la isla. Aprender que peinarse es una pérdida de tiempo porque el viento siempre quiere ayudarnos con eso, aunque a nadie le convenzan los resultados. Estar a merced de la naturaleza, recordar quién manda en este planeta que nos hemos atribuido sin pedir permiso. Abrir la ventana y que se te meta el mar en casa, en los pulmones y en tu forma de vivir. Y por ese regalo, dar las gracias.

Créditos
Editor Ana Bulnes